“Segunda entrevista imaginaria con El Libertador VI” por Jimeno Hernández

¿Anhela usted que le revele a sus lectores los pecados que no quise confesarle aquella tarde al sacerdote en Santa Marta?… Por favor… No sea iluso.

Lo único que le apetece es que derrame un par de lágrimas, me revuelva en la mierda de mis errores y asuma la culpa de toda esta catástrofe… Que le diga que la Primera República cayó porque salí del Castillo San Felipe para asistir a un baile en Puerto Cabello y perdí la plaza más importante de los patriotas por pendejo… Que admita la envidia que le tenía al Generalísimo Francisco de Miranda y la vergüenza que ahora siento por haberlo entregado en cadenas al Capitán Domingo de Monteverde a cambio de un pasaporte en 1812… Que le diga que pávido abandoné Caracas y lideré una penosa marcha a Oriente en vez de confrontar las hordas salvajes de José Tomás Boves en 1814… O quizás que por miedo y rabia ordené el fusilamiento del General Manuel Piar en 1817.

Estoy seguro que nada le gustaría más que me hiciera la victima y le revelara esa sarta de estupideces. Ahora dígame ¿Vale la pena confesar todos los que usted cree ser mis pecados si no tengo propósito de enmienda?… Poco puedo hacer al respecto… Mi tiempo ha llegado a su fin.

-Poco sé de historia, me disgustan los temas de la política y no soy juez Su Excelencia. No es a mí a quien tendrá usted que rendirle argumentos o excusas dentro de poco. En un par de horas, cuando se agote el tiempo de ésta entrevista imaginaria, volverá usted a encontrarse rodeado de unos pocos, apretando las pepas del rosario entre sus manos, viendo como el sacerdote se acerca al catre y le brinda el sacramento de la unción de los enfermos en la cama de San Pedro Alejandrino.-

Mientras el cura alzaba la mano a su frente para iniciar la señal de la cruz yo lo miré a los ojos… No me arrepiento de nada… Entregué a Miranda en 1812 porqué capituló con los realistas y planeaba fugarse a bordo del “Sapphire” con el tesoro de los patriotas… Temía que jamás regresara y Monteverde nos pasara a todos por las armas… Si me quedaba en Caracas en 1814 esperando las huestes de Boves nos masacraba al ritmo del “piquirico” al igual que hizo con los notables de Valencia, mejor quedar en manos de los elementos y las enfermedades en una penosa marcha a Oriente que sucumbir en las garras de aquel demonio asturiano… Bendita sea la lanza de Pedro Zaraza que acabó con la vida de ese monstruo en Urica… Y en 1817 ordené el fusilamiento del General Manuel Piar en la Plaza Mayor de Angostura por insurrecto y para enseñarle al mundo lo que hacía con los traidores… Él se atrevió a cuestionar mi autoridad y formó una conjuración destructora del sistema de igualdad, libertad e independencia, por ello debía ser castigado y convertido en ejemplo.

De no haber escapado en 1812 y 1814, no hubiese burlado la muerte en Jamaica en 1816, en el Rincón de los Toros en 1818, o en el Palacio San Carlos en 1827… Y, tal vez, de no haber ejecutado a Manuel Piar en Angostura, el llanero José Antonio Páez no hubiese sido tan fácil de convencer al momento de aceptar mi autoridad cuando me vi obligado a unir fuerzas con su Ejército del Casanare… Fusilar a Piar y unir mis tropas con las huestes de Páez fueron las mejores decisiones que pude tomar en aquel momento… Más nadie cuestionó el mando en el Ejército Libertador y los llaneros resultaron ser unos intrépidos… Aquella unión y el respeto a la jerarquía en el mando marcaron un cambio en el ritmo de la guerra y nos llevó a sellar la independencia de Venezuela en los campos de Carabobo el 24 de junio de 1821.

No me arrepiento de ninguna de mis retiradas por no considerar que el instinto de sobrevivir sea pecado… Cada escape me guió a tomar otro camino e idear nuevos y brillantes planes en aras de alcanzar el sagrado objetivo de la libertad… Tampoco me carcome la conciencia el hecho de haber firmado la sentencia que llevó al paredón un hombre que hacía peligrar lo que habíamos logrado en casi una década de trabajo por la causa republicana.

Tampoco me doy golpes de pecho por mis derrotas… Salí fuerte de los campos de batalla en los resulté vencido pues no quedó otra opción que levantarme, sacudir el polvo de mis ropas y continuar el camino con más convicción… Las victorias del Ejército Libertador dieron fama a mi nombre pero prefiero no jactarme de éstas… Cada vez que dejaban de sonar los tiros y se escuchaban los gritos de ¡Viva el Libertador! era como una gota que iba alimentando mi ego, hacía sentir la grandeza de mi ser y me seducía con la idea que había visto luz en este mundo para dejar una huella indeleble.

Estoy seguro que algún día mis errores se verán opacados por mis laureles… Ni yo mismo puedo creer ahora la suerte y la buena estrella que me acompañó desde la victoria de Boyacá en 1819 hasta el año 1828, cuando se disolvió la Convención de Ocaña y comenzó el final de mis días.

-¿Cómo fue su ascenso a la gloria Libertador?

Siguió a Boyacá una cadena logros importantes. Luego de la victoria en Carabobo para liberar Venezuela en 1821 decidí emprender con la Campaña del Sur, esa que comenzó con el triunfo en Bomboná para la liberación de Pasto y Quito… Aquel fue uno de los enfrentamientos más sangrientos de la Guerra de Independencia pues Pasto era un sepulcro nato para todas nuestras tropas… Los afamados héroes que alguna vez se atrevieron a atacar Pasto terminaron derrotados en el intento, quienes no pudieron huir con el rabo entre las piernas fueron ajusticiados en la Plaza Mayor… Yo lo logré en sitio de Pichincha en 1822… Envié un contingente al mando del General José Antonio Sucre por mar hasta Guayaquil mientras yo marchaba desde Popayán al mando de 2.400 hombres para atacar ambas provincias por dos frentes y aplastar a los realistas con una tenaza.

Desde allí nos dirigimos al Perú y terminamos de expulsar a los españoles del último bastión que poseían en la América del Sur cuando vencimos las fuerzas del Mariscal José de Canterac en la pampa del lago Junín y las faldas de la cordillera en Ayacucho en 1824… Después de aquello todo fue miel, flores y zalamerías.

-¿Como así Su Excelencia?-

Continuará…