“Segunda entrevista imaginaria con el Libertador V” por Jimeno Hernández.

-Tres veces logró escapar de la muerte. La primera por confusión de identidad por parte del asesino, la segunda por la mala puntería de los españoles y la tercera gracias al sabio consejo de Manuela Sáenz. El 17 de diciembre de 1830 no hubo manera de evitar el destino pues, al fin y al cabo, lo único seguro en esta vida es que algún día moriremos y aquella tarde, tal día como hoy hace 187 años, le tocó a usted irse al otro mundo.-

Yo me fui a la tumba mucho antes de expirar mi último aliento en Santa Marta.

-¿A que se refiere usted con eso Libertador?-

Supe que era hombre muerto tras el fracaso de la Convención de Ocaña, leer la siniestra estrofa de Vargas Tejada, verme obligado a saltar del segundo piso del Palacio San Carlos a causa de la conspiración septembrina y, después de eso, tomar la decisión de asumir poderes dictatoriales con el fin de sofocar los ímpetus del separatismo y salvar la integridad de la República… Craso error… Craso error… Ya todo estaba perdido y no había nada más que hacer… Cuando a uno lo tildan de tirano y opta por asumir poderes dictatoriales termina por firmar la sentencia de muerte política… Las dictaduras se convierten en autocracias y el régimen de uno solo destruye los principios de la República… Un país donde una sola persona ejerce todos los poderes no es más que un territorio de esclavos.

El castigo más justo es el que uno mismo se impone y por eso tomé la decisión de renunciar a la Presidencia de Colombia el 27 de abril de 1830, delegar los problemas en el Gobierno de turno y abordar un barco para marcharme al exilio. Ya no me importaba nada, solo quería irme lejos pues aquí ya no tenía amigos y si acaso me quedaban algunos no sería por mucho tiempo.

Me di cuenta de lo mucho que me odiaban cuando salí por última vez de Bogotá. Iba con cobija, sombrero de paja, montado sobre una mula y escoltado por una diminuta comitiva en un intento de pasar por desapercibido… Eso no evitó que alguien me reconociera y pronto cayera sobre nosotros una lluvia de insultos y estiércol… Todos esperaban que picara la mula pero no les di el placer. Mantuve silencio, talante serio y mirada distante procurando no exasperarme ni darle rienda a la bestia… Aquel día entendí que del fuego en el que se soldaron el nombre del Libertador, sus hazañas y glorias se apagaba rápidamente y pronto de este solo quedarían las cenizas… No era más que un cadáver insepulto… Había muerto políticamente y de allí en adelante solo me quedaba la triste realidad de fallecer de verdad.

Supe que había llegado el final de mis días cuando dejaron entrar a la habitación un cura que cargaba un inmenso cristo dorado guindando del cuello. El padre venía a untar mi frente con los santos óleos y los pocos presentes se persignaron apenas al verlo.

-¿Y se confesó usted con aquel sacerdote antes de morir?-

 Las únicas dos veces que recuerdo haberme confesado fueron al momento de recibir la primera comunión y antes de contraer matrimonio con María Teresa… No iba a confesar mis pecados una tercera y última vez frente a testigos que luego pudieran exagerar mis últimas palabras o lo sucedido aquella tarde en la recámara de la Quinta San Pedro Alejandrino.

-¿No tuvo usted miedo al riesgo que su alma ardiera y penara en las profundidades del averno por el resto de la eternidad?-

Lo que es el pueblo, su credulidad e ignorancia hace de nosotros los cristianos una secta de idolatras; echamos contra los paganos porque adoran estatuas… ¿Y nosotros qué hacemos?… ¿No adoramos igualmente trozos de piedra o madera groseramente esculpidos, o retazos de lienzo muy mal embadurnados de colores como las reputadas vírgenes de la Chiquinquirá y la Divina Pastora, que son las pinturas más feas sobre las que he posado mi vista y las imágenes más reverenciadas y que más dinero generan en sus procesiones?… ¡Sacerdotes hipócritas o ignorantes!… En estas dos clases los pongo a todos… Si están en la primera ¿Por qué el pueblo se deja dirigir por unos embusteros? Y si están en la segunda ¿Por qué se deja conducir por unas bestias?

Conozco a muchos hombres de sotana y crucifijo que alguna vez me dieron la misma excusa para terminar una conversación: “Yo soy filosofo para mi solo o para unos pocos amigos y sacerdote para el vulgo”… Profesando tales máximas dejan de ser filósofos y se convierten en charlatanes ¡Que imprudencia todavía por parte de nuestros sagrados imprudentes!

No puedo acordarme sin deseos de reír o mostrar mi desprecio ante el edicto con que me excomulgaron a mí y a todos los soldados del Ejército Libertador los gobernadores del arzobispado de Bogotá, Pey y Duquesne, publicado el día 3 de diciembre del año 1814… Tomaron por pretexto que yo venía a saquear las iglesias, perseguir a los curas, destruir la religión, violar las vírgenes y degollar hombres, mujeres y niños. Inventaron toda clase de patrañas y estupideces tan solo para retractarse públicamente con otro edicto, en el cual en lugar de pintarme como un impío y hereje, como lo hicieron en el primero, declaraban que yo era persona grata y el más fiel de los católicos… ¡Que farsa tan ridícula y que lecciones las que la Iglesia a los pueblos!

Tan solo hubo nueve o diez días de intervalo entre aquellos dos malditos edictos: El primero se dio cuando las autoridades eclesiásticas escucharon que marchaba sobre Bogotá por orden del Congreso General y el segundo tras enterarse que habíamos entrado victoriosos y sin resistencia a la ciudad… ¡Hipócritas!

-Entiendo la decisión de no haberse confesado aquella tarde Su Excelencia. Lo que no cabe en mi mente es la razón de cargar contra la Iglesia y sus caballeros consagrados en los últimos instantes de su existencia. Más aún cuando el párroco de Santa Marta tuvo la cortesía presentarse y servirle con el sacramento de la unción de los enfermos. Tengo entendido que desde 1825 en adelante no era extraño que se le viera sentado frente al altar los domingos en la misa del mediodía.-

Le daré el mismo argumento que solía darme el clérigo. Hablo tales cosas en este momento de arrebato desde un punto de vista filosófico y las anteriores ideas son mis sentires como individuo sobre Nuestra Santa Madre Iglesia Católica… Jamás me atreví a decir lo anterior en público pues como ciudadano notorio, responsable de mis actos y consiente que mi palabra era ley, siempre pensé que respetar las opiniones recibidas por parte de mis contemporáneos así como también las costumbres e instituciones de mi tiempo era tarea ineludible… Como Jefe de Estado protegí la religión católica, que era, puede decirse, no solo dominante sino universal en Colombia, o lo que ahora queda de lo que alguna vez llamé Patria.

¿No quería usted confesiones?

Continuará…