“Segunda entrevista imaginaria con el Libertador IV” por Jimeno Hernández

Ruego a su Excelencia no eleve su tono de voz o gaste sus energías poniéndose furioso o exclamando improperios. No vaya a ser que le dé un síncope en mi casa antes que lo alcance la muerte allá en la quinta San Pedro Alejandrino frente a las costas de Santa Marta. Por favor intente calmarse.

Le recuerdo al Libertador y más ilustre ciudadano de la América entera que tan solo nos restan cuatro horas para que termine de relatarnos las pasiones de sus últimos días y debemos cumplir con esta misión a la brevedad posible pues el tiempo apremia. Usted mismo lo ha dicho al momento que lo sorprendí aquí esta madrugada, justo cuando interrumpí el afligido soliloquio que ha dado principio a esta segunda entrevista imaginaria.

Tiene usted razón ciudadano. Debemos apresurarnos pues ya me quedan pocas horas para explicar todo lo sucedido durante mis últimos días. Ruego disculpe la erupción de mi carácter y me recuerde lo que le estaba narrando pues la furia ha hecho que perdiera el hilo de la conversación.

Nos relataba sobre las tres ocasiones en las cuales pudo escapar el destino de la sepultura de milagro. La primera en una posada del puerto jamaiquino de Kingston en 1816, cuando el traidor del negro Pío apuñaló al comerciante Amestoy pensando que se trataba de usted en la hamaca; la segunda en los llanos a principios de 1818, la noche que un par de balas atravesaron los hilos de su chinchorro antes de salir corriendo despavorido y poner la cagada en el Rincón de los Toros por el capricho de cambiar su mula malamañosa por el corcel de su Edecán Diego Ibarra.

Ya nos ha contado dos pero aún se calla la tercera.

Cierto. La tercera y última vez que pude escaparme de la muerte sucedió la noche del 25 de septiembre del año 1828. Verá usted, eran aquellos los tiempos del principio del fin. Apenas comenzaban las traiciones y empezaba a asomarse en el horizonte la posibilidad de la disolución de la República de Colombia después del fracaso de la Gran Convención de Ocaña.

Dos semanas antes del atentado, la tarde del 10 de septiembre para ser preciso, hice mi entrada en la ciudad de Bogotá, donde se me recibió con una frialdad digna de malos presagios y que anunciaba peores tempestades que las que se dibujaron en mi mente al momento de zarpar del puerto de La Guaria el 5 de julio de 1827 en un bergantín perteneciente a la casa comercial británica “Ackers Company and Quil & Mc Whirter”.

Tras una protocolaria y casi hostil audiencia con el General Francisco de Paula Santander, tomé posesión de la Presidencia de la República y le di un parado a las desfachateces del cucuteño. Con regodeo vi como el Congreso aprobó, por efecto de mi sola presencia, todos mis actos durante mi visita a Venezuela para extinguir los fuegos del movimiento separatista del General José Antonio Páez y el círculo valenciano.

En Santa Fe me esperaba mi amante Manuela Sáenz y junto a ella comenzó una corta y última etapa de felicidad en mi vida. Me deleité largas horas en la exaltación de los sentidos experimentados en el lecho y la hamaca sudando entre sus brazos. Esas férvidas sesiones me brindaron la calma necesaria para enfrentar lo que se me venía encima desde aquel momento en adelante, una serie de acontecimientos superiores a mi voluntad y la rápida decadencia de mi organismo que terminarían por hundir todas mis esperanzas en esta injusta existencia.

Sabía que la muerte me seguía los pasos de cerca pero jamás pensé que esta intentaría buscarme en el Palacio de Gobierno, custodiado por mis centinelas, en la intimidad de mi recámara, mientras me encontraba sin camisa o pantalones en una de mis fogosas reuniones con Manuelita. Ella se quedaba en una casa frente a la Iglesia de San Carlos, muy cercana del Palacio, así que nos “reuníamos” de hasta dos o tres veces al día.

¿Y como era Manuelita Sáenz Libertador? Según lo que tengo entendido era una dama bastante pintoresca.

¿Pintoresca? No me haga usted reír por favor que me da uno de esos benditos ataques de tos con flema tinta de sangre. La palabra pintoresca se queda corta a la hora de describir a esa mujer. Manuelita tenía una personalidad demasiado avanzada para nuestro tiempo y tal vez yo era el único hombre que parecía comprenderla. Era imposible no fijarse en ella y el solo recuerdo de su rostro, el fulgor de sus ojos y su aroma parecen ser las únicas memorias que me hacen sonreír en este apenado momento. Tan solo le bastaron dos semanas a mi adorable loca para causar un escandalo en la sociedad puritana de Bogotá.

¿Más bullicio que el causado por vuestro romance en Lima Su Excelencia? Ya todos sabían que usted se acostaba con ella y que Manuelita estaba casada con una acaudalado inglés llamado James Thorne. Me resulta difícil imaginar un jaleo más grave que el que su amorío ocasionó en el Perú.

Le aseguro que lo acontecido en Bogotá fue escandalo de inmenso calibre y peor que el de Lima pues se le podía ver a toda hora paseándose por los pasillos del Palacio de San Carlos… En las mañanas llevaba una bata a la que no le faltaban atractivos y exhibía sus brazos completamente desnudos mientras se sentaba a bordar mostrando los mas bellos y finos dedos. Hablaba poco y fumaba con gracia mientras yo la observaba cuando levantaba la mirada de las epístolas que redactaba en mi escritorio y pensaba con que oración comenzar el próximo párrafo… Durante la tarde salía vestida de General del Ejercito Libertador y dedicaba horas a dar y recibir noticias en audiencia con distintos personajes de relevancia… Una vez caído el oscuro manto de la noche se metamorfoseaba para embrujarme con sus hechizos, adornándose las mejillas y parpados con colorete, peinándose artísticamente el cabello y luciendo un precioso vestido… Entonces nos olvidábamos de la política y los asuntos de Estado… Tenía mucha animación, era bastante alegre y perspicaz, eso me encantaba… Su complacencia y su generosidad conmigo eran ilimitadas.

Mientras yo pasaba las horas plácidamente junto a Manuelita, ciertas organizaciones subversivas denominadas “Sociedades de Salud Pública”, al mejor estilo de las surgidas en Francia durante la época de la Revolución y “El Terror”, ponían manos a la obra en Colombia. En sus asambleas, poco a poco, se iba gestando la idea de asesinarme para, según sus palabras: “librar la República de un tirano abominable”… Que arrojos y atrevimientos los de semejantes desvergonzados e ingratos. Con esa moneda me pagaron después de todo lo que me atreví a hacer por ellos… Malditos sean todos…

El reloj marcó la hora de la traición cuando el poeta Vargas Tejada recitó un infame verso ante su auditorio en una de las reuniones de alguna de estas nefastas, insidiosas y pávidas entidades clandestinas.

“Si de Bolívar la letra con que empieza

Y aquella con que termina le quitamos,

“Oliva”, de la paz símbolo, hallamos.

Esto quiere decir que la cabeza

Al tirano y los pies cortar debemos

Si es que una paz durable apetecemos”.

Ese condenado poemita fue la chispa que encendió la conspiración y terminó con el fallido atentado del 25 de septiembre de 1828. A la medianoche una docena de civiles y una cuadrilla de soldados liderados por el infame Pedro Carujo forzaron la Puerta del Palacio de San Carlos, degollaron a la guardia y se regaron por los pasillos del recinto buscando en que alcoba o salón me encontraba para acabarme a cuchilladas como hicieron los senadores de Roma con Julio César.

No le pregunto que estaba haciendo con Manuela a esas horas porqué tengo una vaga idea de lo que puede haber sido, pero me gustaría saber donde se encontraban los tórtolos al momento en que los conjurados violaron las puertas del Palacio San Carlos y cómo logró usted escapar al puñal del verdugo aquella noche.

 No se las dé usted del gracioso conmigo y desista de añadirle picante al relato que, cuando todo esto sucedía, tanto Manuela como yo nos encontrábamos disfrutando del más profundo sueño. Y en respuesta a su pregunta descansábamos en la recámara más grande del Palacio, una ubicada en la segunda planta del edificio… Ella se levantó cuando mis perros comenzaron a ladrar y luego escuchó un ruido que se le pareció al chocar de los aceros. Me sacudió por los hombros para despertarme en el acto y con tan solo ver el fulgor de sus ojos supe que algo estaba mal, que me había arrancado de los brazos de Morfeo para que saliera corriendo de allí cuanto antes… Entonces pegué un brinco de la cama, empuñé mi espada y agarré las pistolas para enfilarme hacia la puerta, pero ella me detuvo. Me obligó a vestirme rápidamente y cuando estaba listo le repliqué en tono amargado: Bravo Manuela, ya estoy vestido joder ¿Y ahora qué cojones hacemos? ¿Hacernos fuertes?… En lo que pronuncié aquellas palabras le di la espalda y volví a enfilarme hacia la puerta pero me agarró por la manga de la camisa, jaló mi cuerpo en dirección al suyo y plantó sus labios contra los míos en un cálido y jugoso beso, luego me dio una dura cachetada para despertarme del letargo y me dijo: “No seas tonto Simón, estás buscando la puerta cuando tienes que escaparte por la ventana.” Así que seguí su consejo y me armé de valor para saltar del segundo piso del Palacio mientras podía escuchar como forzaban la cerradura de la puerta de mis aposentos.

Un refrán popular reza que a la tercera va la vencida, pero la tercera y última vez que me le escapé a la muerte no fue por cuestión de suerte u obra y gracia de Dios Nuestro Señor como sucedió en Jamaica o en los llanos. Fue Manuelita Sáenz quien me salvó de las garras de la sayona aquella noche en Bogotá. Además la muy avispada logró hacer tiempo para que yo tuviera oportunidad de escapar dejándose interrogar por Carujo y sus esbirros. Tuvo la audacia de entretenerlos inventando el cuento que me encontraba en Consejo de Ministros y me estaba esperando en la cama para darme un baño, complacerme y saciar mis apetencias después de una larga y tediosa jornada… Pobres diablos… Todos han debido quedar cohibidos y sonrojados.

¿Y que hizo usted luego de saltar por la ventana? ¿Dónde se refugió?

Mientras Manuela se inventaba historias yo emprendí veloz carrera en dirección al río y logré guarecer por unas cuantas horas bajo las arcadas del Puente del Carmen. Antes que se asomara el sol ya me encontraba en el cuartel del batallón Vargas, el comandado por mi Edecán Diego Ibarra y único cuerpo en el cual podía confiar en aquel momento de asechanza. Ante esa fracasada intentona decidí, a primeras horas de la mañana, presentarme sobre mi caballo y escoltado por mi tropa en la Plaza frente a la Catedral. Allí me deje ver sucio, enlodado y desaliñado, para que la gente viera por lo que me habían hecho pasar los desleales… No tardó en congregarse la multitud en el sitio y cuando finalmente llegó el General Santander para estrechar mi mano esta reventó en aplausos. Que vergonzoso espectáculo, quienes la noche antes me querían ajusticiado a la mañana siguiente coreaban mi nombre y me regalaban vivas… ¡Hipócritas!… ¡Hipócritas!… ¡Los colombianos son todos unos malditos hipócritas!…

Créame usted lo que hoy le digo. Yo sé que el burro es negro porque le agarré el rabo y aún tengo los pelos en la mano para demostrarle que así es la cosa, en estas tierras sobran los farsantes y zalameros. Esa fue la lección más cruel de todas y la entendí al instante de la escena de la plaza el día después del atentado. Me fue triste observar como aquellos que tan solo horas antes me deseaban pálido y tieso en un ataúd, antes del mediodía se habían presentado en fila para quitarse el sombrero, hacer una reverencia, extenderme su mano, darme un abrazo y decirme que habían escuchado con gozo la noticia que había logrado escapar al sable criminal… Malditos hipócritas… El Generalísimo Francisco de Miranda tenía razón cuando me dijo al momento de arrestarlo que aquí somos todos unos comemierda.

¿Tuvo Su Excelencia la oportunidad de agradecerle a Manuelita el hecho de haberlo salvado en aquella ocasión de la muerte?-

Si claro. Después de asquearme con el circo de la doblez colombiana mostrada frente a la Catedral, le dirigí una mirada al General Ibarra quien inmediatamente entendió el gesto asentando la cabeza una vez. Entonces piqué mi bestia y me enfilé hasta el Palacio de San Carlos para encontrarme con ella.

Al entrar al patio descendí de mi corcel y ni me preocupé por amarrarlo a un botalón. La nueva guardia me saludó con formalidad y una disciplina intachable, pero hice caso omiso a la bienvenida. Ignorando al nuevo cuerpo de guardia agilicé el ritmo del andar hasta que se convirtió en un trote con el fin de coger impulso para subir las escaleras que conducen hasta el segundo piso. Me encaminé por el pasillo hacia el cuarto donde la había dejado al instante de saltar por la ventana, abrí la puerta de un golpe y allí me la encontré. Estaba en la cama, vestida con su bata de brazos desnudos, perfectamente crinada, el rostro retocado con maquillaje, un collar dorado, los zarcillos y pulseras incrustadas de gemas… Al verme se llevó el tabaco que tenía en su mano a la boca, tomó galantemente una larga bocanada y exhaló una inmensa nube de humo… Aunque detestaba el olor de sus apestosos cigarros, verla recostada en la cama y con una pícara sonrisa me fue imposible contener las ganas de agradecerle aquel gesto con pasión.

¿Y que le dijo al momento de tan romántico encuentro?

 Lo único que me cruzó por la cabeza… ¡Manuela!…¡Mi amor!… ¡Eres la Libertadora del Libertador!