“Segunda entrevista imaginaria con el Libertador III” por Jimeno Hernández.

A finales del año 1817, tras embarcar las tropas rebeldes en unas cuantas goletas rentadas en las Antillas a cuenta de mi cartera, los patriotas logramos introducir nuestras fuerzas en territorio venezolano por la isla de Margarita. Desde allí pasamos a Barcelona y establecí en esa ciudad mi cuartel general, planeaba caer sobre Caracas pero una serie de inconvenientes me convencieron de abandonar tan ilusa empresa y dirigirme en vez hacia la Guayana para tomar el mando de las acciones contra los realistas en aquella región.

La campaña de 1818 fue, al igual que la del año 1814, una mezcla seguida de victorias y reveses, pero esta no tuvo los infaustos resultados de aquella. Más bien trajo consecuencias favorables para mi Ejército Libertador y la causa republicana. La primera semana de enero salí de San José de Tiznados, con más o menos 600 infantes y 800 hombres de caballería. La misión era unir mis fuerzas con las tropas del General José Antonio Páez, el máximo e indiscutible líder del Ejército del Casanare.

Ordené que mi división acampara en una sabana del Rincón de los Toros, adonde llegaron los soldados a eso de las cinco de la tarde. Yo alcancé el sitio en horas de la noche y fui derecho a situarme junto a mis Edecanes y el Secretario Briceño Méndez bajo una mata. Entonces colgué mi chinchorro y luego de saciar el hambre y la sed me acosté a dormir.

Apenas tenía dos horas de haber conciliado el sueño cuando mi mayordomo, José Palacios, me despertó porqué un llanero llegó al campamento y quería hablar conmigo. Le concedí audiencia y éste me avisó que los españoles habían llegado a su vega, distante a dos leguas de nuestro campamento, que eran numerosos y allí los había dejado pernoctando. Por mis indagaciones percibí que no se trataba del Ejército del General Pablo Morillo, pero si de una división más poderosa que la mía. Entonces, inmediatamente tras conocer la noticia, me invadió el terror al contemplar la posibilidad que nos podían atacar por la noche. Así que ordené se cargasen las municiones, todo el parque de armas y se levantara el campamento entero con el objetivo de mudarnos de sabana para así engañar al enemigo.

Dos de mis edecanes fueron a comunicar las órdenes y activar el movimiento de la tropa, debiéndome avisar cuando todo estuviera listo para la partida. Volví a recostarme en el chinchorro a ver si podía dormir un rato, pero en ese instante se aproximó el edecán Diego Ibarra y le dije que fuera a decirle al General Santander, Jefe de mi Estado Mayor, que apurara el movimiento de la tropa. No podía reposar tranquilo sabiendo que teníamos a los españoles pisándonos los talones, había que escapar de allí a la brevedad posible.

Ibarra se fue a pie a cumplir mi disposición y a mitad de camino se cruzó con el General Santander. Este último le preguntó donde me encontraba yo e Ibarra le contestó que a poca distancia se toparía conmigo debajo de la mata, así que picando su mula el cucuteño se dirigió en mi dirección para darme parte que todo estaba listo para la movilización.

Charlaba con Santander y llegaba de nuevo Ibarra hasta la mata donde tenía colgado el chinchorro. Fue cuando nos saludó a los tres el Secretario Briceño Méndez que los cuatro nos vimos sorprendidos por el sonido de una descarga. La oscuridad impidió darnos cuenta de donde salieron los disparos. Lo cierto del asunto es que el zumbido de las balas, así como los impactos en el suelo y el tronco de la mata, nos advirtieron que los tiros eran contra nosotros.

Entonces Santander gritó: -¡El enemigo!- Todavía no había pasado un segundo cuando los cuatro emprendimos veloz carrera en distintas direcciones olvidando nuestras bestias y todo cuanto teníamos debajo de aquella mata.

-¿Quienes dispararon contra ustedes?…¿Que pasó al día siguiente?-

La partida que nos saludó con sus fuegos era española. Se trataba de un pequeño contingente que se adelantó al resto de los suyos en aras de dar una vuelta de reconocimiento. La patrulla se topó con el asistente del Padre Prado, capellán de mi Ejército, que llevaba unos caballos a beber agua al caño. Lo amarraron, lo golpearon y le extrajeron información sobre quienes estábamos en el campamento. El sacristán no aguantó la pela, reveló nuestra posición y, a punta de trancazos, fue obligado a guiar a los realistas hasta la mata donde tenía el chinchorro para poner punto y final a mi vida.

Tres balas atravesaron el tejido de la hamaca y otras cinco impactaron contra el árbol a distintas alturas de su tronco. Esa noche veraniega de enero la oscuridad de la luna nueva nos salvó la vida a Santander, Ibarra, Briceño Méndez y a mí. El diminuto cuerpo español fue aniquilado a punta de tiros y machetazos en poco tiempo, pero tuve que marchar a pie hasta que mi mayordomo, José Palacios, me consiguió una mula gorda, floja y mañosa. Cuando vi a Ibarra sobre su caballo se lo solicité y le hice un trueque por la mula, lo cual resultó ser una pésima decisión.

-¿Y Porqué dice usted eso Libertador?-  

Aquella mañana, cuando el sol apenas se asomaba en el horizonte y adornaba de color la dorada planicie apureña, pudimos ver la nube de polvo que levantaba la marcha de la división realista que pasó la noche en la población de San José de Tiznados. El ataque fue despiadado y nuestras fuerzas resultaron derrotadas. Al parecer el cuerpo de caballería, que estaba al mando de Ibarra, quien perdió más tiempo tirando del freno de la mula malamañosa que comandando la refriega, al no ver a su General sobre un corcel se retiró cobardemente del campo de batalla.

¡Maldito sea el reino de España!… ¡Malditas sean las malas decisiones!… Imagine usted poner semejante cagada por un capricho.

Continuará…