“Segunda entrevista imaginaria con el Libertador II” por Jimeno Hernández.

Algunos días antes de mi salida de Kingston en Jamaica para la isla de Haití en el año 1816, supe que la dueña de la posada en la que estaba alojado con el General Briceño Méndez y mis edecanes Rafael Antonio Páez y Ramón Chipia, había maltratado e insultado a este último, faltando así a la consideración y educación debida. Tal conducta me hizo reconvenirla fuertemente y mudar mi alojamiento. Sin participar a nadie sobre mi proyecto salí con mi negro Andrés con el objeto de buscar otra casa y al momento de hallar la que buscaba, me resolví a dormir en ella aquella misma noche, encargando al negro Andrés para que llevara allí una hamaca, mis pistolas y mi espada.

Una vez asegurado mi nuevo albergue, tomé un coche y me fui a comer en una casa de campo de un negociante que me había convidado. Eran las doce de la noche cuando decidí retirarme y fui directamente hasta mi nueva posada. El señor Amestoy, antiguo proveedor de mi ejercito, debía salir de Kingston para los Cayos al día siguiente a una comisión que le había encargado y vino aquella misma noche a mi antigua posada a fin de verme y recibir mis últimas instrucciones. No hallándome en el recinto, aguardó pensando que llegaría de un momento a otro.

Aquella noche mi edecán Páez se retiró tarde para acostarse y antes de eso quiso beber agua pero encontró la tinaja vacía. Entonces reconvino a mi negro Pío, el segundo de mis esclavos, y éste cogió el recipiente para ir a llenarlo. Mientras tanto el cansancio se apoderaba de Amestoy quien, como le dije antes, aguardaba mi presencia y, vencido por el sueño, optó por echarse en la hamaca tendida. A causa de mi apuro por mudarme de recinto el negro Andrés optó por llevarme una hamaca limpia de mis baúles dejando aquella otra colgada.

El negro Piíto, así era como yo lo llamaba con cariño, regresó con la tinaja, vio al edecán Páez roncando en su habitación y optó por asomarse después en la mía. Al ver la hamaca ocupada intuyó que era su amo quien allí reposaba. Se aproximó en silencio, sacó un cuchillo y le propinó un par de puñaladas al infeliz Amestoy dejándolo muerto en el sitio.

-¿Y luego que sucedió Su Excelencia?-

Al recibir el primer golpe de daga la pobre victima echó un grito moribundo que despertó al negro Andrés. Este inmediatamente salió a la calle y corrió hacia mi nuevo alojamiento que únicamente él conocía. Jadeante intentaba relatarme lo sucedido cuando entró Pío a la posada diciendo que había seguido a Andrés tras escuchar el zaperoco.

La turbación de Pío me hizo entrar en sospechas. Tras realizarle unas dos o tres preguntas quedé convencido que él era el asesino sin saber todavía quien era la víctima del crimen. Empuñé una de mis pistolas y al apuntársela contra la frente, aquel negro traidor se arrodilló y le ordené a Andrés que lo amarrara de las muñecas a los tobillos como a un becerro. El sol aún no se había asomado en la bahía de Kingston cuando ya Piíto había confesado su delito. Declaró haber sido seducido por un español que le prometió una fortuna por quitarme la vida…. Mire usted, por una casualidad salí yo con vida y la perdió el pobre Amestoy por no saber donde acostarse.

-¿Y que pasó con Pío el negrito traidor y el español que lo sedujo?-

El negrito Pío apenas contaba con diecinueve años de edad cuando intentó cortar el hilo de mi vida con el filo de la navaja y mató al hombre equivocado. Era uno de los varios retoños de mi costurera que al momento de cumplir a edad de diez me superaba en estatura. Entonces la confianza y el afecto que le tenía a la esclava me llevaron a adoptarlo como criado, educarlo y cargarlo a mi lado hasta que me traicionó. Le tenía inmenso cariño, pero aquel día se lo entregué a las autoridades de la isla y estas lo montaron en una carreta para llevárselo preso.

Al día siguiente me citaron para informarme sobre el cruel destino de mi antiguo esclavo. El atentado le valió la pena de muerte y fui testigo de cómo recibió su castigo en un cadalso. Le amarraron las manos atrás de la espalda y le colocaron otro mecate alrededor de los tobillos. Luego le pusieron un saco sobre el rostro para taparlo, le ajustaron el nudo al cuello y el verdugo pateó el taburete para colgarlo. Recuerdo que se sacudió como un pescado por un largo minuto pues la caída no era suficiente para que su peso le quebrara el cuello. Debo confesar que disfruté ver como sus pies se balanceaban como un péndulo a pocos centímetros del piso y la vida se le iba escapando del cuerpo.

En cuanto al español que aquel miserable negro acusó como de haberle seducido fue expulsado del la isla de Jamaica y nada más, porqué nunca se pudo probar que estaba directamente involucrado en el crimen.

-Tengo entendido que también pasó usted un susto cuando un par de tiros rozaron su chinchorro en otra ocasión.-

Continuará…