“Segunda entrevista Imaginaria con el Libertador” por Jimeno Hernández.

17 de diciembre de 2017.

Yo, Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios, Libertador y padre de la República de Colombia, natural de la ciudad de Caracas del Departamento de Venezuela, hijo legítimo de los difuntos señores Juan Vicente Bolívar y María Concepción Palacios, hallándome gravemente enfermo, pero en mi entero y cabal juicio, memoria y entendimiento, hoy les confieso a ustedes que vivo libre y en un mundo donde la ley ya no me alcanza.

A primeras horas de la madrugada de hoy 17 de diciembre de 1830 colgaron en la recámara de la quinta San Pedro Alejandrino, encima de la cómoda y a cambio de un gran espejo, el retrato que me hizo el pintor José Gil Castro en Lima hace 5 años, el más semejante y casi exacto a mi persona, una imagen de cuando me encontraba en el pico de la gloria. En aquella época el nombre de Dios no volaba tan alto en las catedrales de América como el del Libertador. Cuando cruzaba los umbrales de la iglesia todos posaban sus miradas en mi figura mientras me enfilaba por el pasillo central hasta llegar al primer asiento frente al altar.

Poco tiempo falta para que un sacerdote haga su entrada en la habitación. Esta vez seré yo quien delate una sonrisa elevando la comisura de mis labios al ver la sombra de su silueta acercarse a este lecho. Con aquel gesto agradezco su presencia, pero cuando intento saludarlo de mi garganta solo escapa una tos carrasposa y flema tinta de sangre. Ha llegado el momento de los santos óleos, persignarme por última vez y estrechar el rosario con las pocas fuerzas que aún me quedan en las manos. La muerte ha venido a buscarme, así lo saben los pocos que aún me acompañan y escuchan mis delirios al lado de la cama: He arado en el mar… ¿Cuándo podré salir yo de este laberinto?… ¿Por qué me arrebatan mi gloria?… Así morirá el Libertador, odiado por todos, con una corte de menos de doce apóstoles, en cama ajena, con camisa prestada y desvariando.

Ahora sé que no volveré a levantarme de la cama para contemplar otro atardecer en Santa Marta. Jamás ensillaré una bestia, dirigiré batallas o posaré mi vista sobre nuevos horizontes. Más nunca podré embriagarme con los aplausos al entrar a un salón o deleitarme con las zalamerías de todos aquellos que me extasiaban con las mieles de su adulancia. Mi hora se agotó y no volveré a mecerme en el chinchorro, leer mis libros o dictar a mis secretarios las cartas dirigidas a los tantos amigos y enemigos que alguna vez orbitaron mi existencia. Todo ha terminado para mí… Ya no hay nada más que hacer pues no se puede evitar lo inevitable.

Hoy será el último día de mi existencia. Así lo espero y le ruego a Dios nuestro señor. Si pudiera pedir un último deseo antes de abandonar esta vida sería que la muerte me lleve de una vez por todas para más nunca regresar del mundo de los muertos, tan solo anhelo descansar en paz. Esta vida ya no me pertenece y no me avergüenza que vean en mí cadáver la imagen de un hombre arruinado.

Después de hoy no recordaran el espectro de carne y hueso que claudicará en este camastro. De aquí en adelante y por siempre recordarán al Libertador que inmortalizó sobre el lienzo el peruano José Gil Castro. El coloso americano en el pico de su gloria con una ceja alzada, vestido de General con charreteras doradas, pantalones blancos, botas negras, espada al cinto y parado sobre un piso de mármol que asemeja un tablero de ajedrez. Esta será la imagen de mi persona que les quedará grabada en la mente y servirá de advertencia para quien se vea tentado a lanzar la primera piedra.

Mañana en mi velorio colocaran frente a mi ataúd el mismo cuadro que han colgado hoy sobre mi lecho de muerte y todos me verán en el apogeo de mi tiempo dorado en Lima. Ellos percibirán la imagen del gigante que liberó pueblos y creó naciones. No tardarán en borrar de sus memorias los recuerdos que yo jamás pude dejar de lado. Olvidarán los eventos del fatídico 1812, año de mi peor fracaso militar y la mayor de mis vergüenzas. A principios de julio perdí la plaza del Castillo de San Felipe de Puerto Cabello contra los fuerzas realistas. A los pocos días hice preso al Generalísimo Francisco Miranda y lo entregué al Capitán Domingo de Monteverde a cambio de un pasaporte para marcharme al exilio.

-Le recuerdo a Su Excelencia que ya nos contó esa historia la última vez que vino a visitarme.-

Hombre… Al fin se digna usted a aparecer. ¿Como se atreve hacer esperar al Libertador en una cita que hemos pactado con seis meses de anticipación? Ya había comenzado su entrevista imaginaria con un triste monologo.

-Ruego disculpe mi retraso Libertador pero no lo esperaba tan temprano.-

Yo pensaba que usted sabía que exhalé mi último aliento a la una y tres minutos de la tarde, es por ello que hoy me he aparecido a estas horas de la mañana. Tenemos poco tiempo para hablar así que tome asiento de una buena vez y póngase a escribir… ¿Se puede saber qué estaba haciendo usted que era más importante que reunirse conmigo al momento y hora pactada?

-Con todos mis respetos y sin ganas de ofenderlo en el día de su muerte… pero… ¿Vino usted a entrevistarme a mí o a que yo lo entrevistara a usted?… Le imploro abandone las inquisiciones que el tiempo apremia. Por favor continué con el relato Su Excelencia, intentaré interrumpir lo menos posible y prometo que mis preguntas o comentarios serán breves-

Ahora que estoy seguro que esta alocada carrera entre mis males, sueños y laureles ha llegado a su final, comprendo que olvidé la lección más simple de la vida. Dios puede ser hombre pero un hombre jamás podrá ser Dios. Ni las palmas del Ejército Patriota, ni la libertad que les conseguí a costas de mi tiempo, mi bolsillo y las llagas que me salieron en las nalgas, pudieron evitar que me dejaran sin hogar o me llamaran el tirano longanizo bajo una lluvia de estiércol cuando salí por última vez de Bogotá sobre el lomo de una mula.

Más pronto que tarde me darán el reconocimiento que merezco y entenderán mi lucha e ideales. Cuando cierre los ojos viviré como el Cid Campeador que continúa ganando batallas después de muerto. En esta vida degusté el descrédito y entendí la frase de Moliere que dice que el desprecio es una píldora que intentamos saborear con una sonrisa y al final tragamos haciendo una mueca. Mi ademán para engullir la humillación será un modesto funeral y sepelio al que solo atenderán los hombres que me fueron fieles hasta el final, esos que hoy me acompañan en esta habitación.

-¿Qué más pensaba usted en aquel momento que dedujo que la muerte vendría en cualquier momento a cobrar su alma?-

Vagas olas del recuerdo inundaban mi mente en los ensueños, pero los más vívidos de todos aquellos fueron las ocasiones en las cuales pude burlar a la sayona de milagro cuando mi destino parecía sentenciado.

-¿Cómo cuales?-

Continuará…