“Elogio del vino y cuan dañosa es la mantequilla” por Jimeno Hernández.

El “Diario de Bucaramanga” escrito por el Coronel Luis Perú de la Croix ofrece, sin lugar a dudas, una de las visiones más puras e inquietantes sobre la personalidad de Simón Bolívar. Se trata de una crónica redactada durante los meses de marzo y junio del año 1828, cuando el autor disfrutó de la compañía del Libertador en aquella ciudad mientras la Gran Convención se reunía en Ocaña para decidir sobre los destinos de Colombia.

Esta obra literaria no se limita a ser una simple narración de los pormenores de la vida cotidiana de tan célebre y legendario caraqueño. También contiene una descripción física; retrato moral; información sobre su rutina diaria; trato con otras personas; conversaciones; opiniones; pasatiempos; hábitos alimenticios; y un detallado análisis psicológico, filosófico y político del Libertador. Toda esta información va trazando pinceladas sobre el lienzo de la mente del lector y esbozando una impresión viva del hombre más grande de América, todo esto mientras transcurren los días más cruciales de la República de Colombia.

En la página 267, el índice de los apuntes del día 16 de mayo contiene lo siguientes subtítulos: Motivos de la variedad de humor del Libertador, Elogio del vino y cuan dañina es la mantequilla…

Cuenta el Coronel De la Croix en esta entrada de su diario que la noche anterior el Libertador se había mostrado contento jugando a los naipes junto a Soublette, Herrera y él. Los cuatro jugaron una partida de “ropilla” desde las ocho hasta las once y media de la noche, siendo la suerte favorable a Su Excelencia, quien se mostraba sonriente y presto a la chanza. Sin embargo, aquella mañana Bolívar no salió de su cuarto sino en horas del mediodía para tomar el almuerzo y no habló con casi nadie antes de sentarse en la mesa.

Esta variedad de humor de Su Excelencia podría atribuirse a una desigualdad e inconstancia en su carácter, si el motor principal de ella no fuera únicamente la diversidad de los negocios políticos que continuamente ocupan su imaginación y le ponen el espíritu triste o alegre. Su Excelencia siempre está nadando en medio de temores y esperanzas; los que nos rodean y los que le escriben lo mantienen, los unos en los primeros y los otros en las segundas, y por bueno que sea el juicio, por pronto que sepa formarlo, siempre queda un sedimento de molestias ideas que alteran el humor: porque de suyo el Libertador lo tiene bueno y jovial.

Inmediatamente después de mencionar su opinión sobre los cambios de humor del Libertador, el cronista francés procede a relatar un hecho bastante curioso acontecido durante el almuerzo de aquel día.

Después del mediodía el Libertador estaba ya contento y en la comida se habían disipado todas las nubes melancólicas de su espíritu. Hizo durante ella un elogio al vino, diciendo que es una de las producciones de la naturaleza más útiles de para el hombre; que tomado con moderación fortifica el estómago y toda la maquina; que es un néctar sabroso y su más preciosa virtud es la de alegrar al hombre, aliviar sus pesares y aumentar su valor.

Luego Su Excelencia, como por casualidad, pasó a hablar de la mantequilla, y dijo que era un manjar apetecible para muchos; que a él le gustaba bastante, pero que es muy biliosa, muy dañina, que se necesita muy robusto estómago para digerirla y que produce flema y bilis. Pero, cosa notable, Su Excelencia estaba comiendo en aquel momento mucha mantequilla, o para probar que lo que decían de ella era falso o para demostrar que él tenía buen estomago, y en cambio tomaba muy poco vino después de haber ponderado sus virtudes y su bondad.

 Refiero este hecho por que lo he hallado singular.