“La muerte de un hijo” por Jimeno Hernández.

Nadie queda exento del dolor o las pasiones de sufrir la muerte en vida. Sucumbir es parte natural de la existencia y debemos comprender que al instante de nacer damos un salto hacia una muerte segura sin saber cuando nos llegará el momento de ver la luz o finalmente descansar en paz.

Todos y cada uno de nosotros ha sufrido la pérdida de un ser amado. La primera vez que aquello sucede la experiencia queda grabada en la memoria con tinta indeleble. Ver el cuerpo inerte, su rostro pálido y sin expresión exhibiéndose con la tapa del ataúd abierta durante el velorio; la gente acercándose a dar el pésame y decir que comparte el dolor por tan sensible pérdida; el llanto entre sonrisas al recordar los momentos felices vividos con el finado. Lo más doloroso es observar como desciende el féretro hasta alcanzar el fondo de la fosa y lo empiezan a cubrir de tierra. La muerte es parte de la vida y hay que aprender a vivir con ella porqué a todos nos llegará tarde o temprano.

Así lo entendió el General Juan Vicente Gómez cuando en noviembre de 1918 le tocó ver como el tercer fruto de su relación con Doña Dionisia Bello, Augusto Alí, el hijo que más se parecía a él en físico y personalidad, su favorito, murió violentamente contagiado de una extraña enfermedad cuando aún no había cumplido los 30 años de edad.

En el Boletín del Archivo Histórico de Miraflores, Nº 75, se encuentra el mensaje que envió el “Benemérito” aquel día al Dr. Victorino Márquez Bustillos, Presidente Provisional para informarle sobre este devastador acontecimiento.

Con el corazón partido de dolor, tengo la pena de participarle que hemos tenido la inmensa desgracia de perder a mi hijo Alí, que murió a la una de la mañana victima de la terrible epidemia. En mi honda aflicción de padre, me lleno de resignación cristiana y pienso que Dios me consolará en estos momentos tremendos.

Sus detractores lo acusaron de no haber querido verlo en los días de su enfermedad y agonía por temor al contagio. No era secreto para nadie que el General Gómez le temía seriamente a las enfermedades infecto-contagiosas. Por eso siempre llevaba guantes, se bañaba en agua de colonia, se mudaba en caso de viruelas y fue un eterno preocupado por el tema de la salud pública hasta el punto de utilizar las fuerzas policiales para la aplicación de medidas sanitarias.

A mediados de octubre de aquel año la gripe española llegó al Puerto de La Guaira y enseguida el Gobierno pudo advertir la trascendencia del problema. El Dr. Márquez Bustillos y el Jefe de la Oficina de Sanidad Nacional, Dr. José A. Tagliaferro, tomaron en sus manos las labores de planificar, dirigir y hacer ejecutar todas las medidas sanitarias para evitar que se propagara el contagio. En pocos días pudieron saber que el crecimiento de la enfermedad sería rápido y alarmante.

Gómez era informado a diario por telegrama sobre las noticias. El miércoles 16 habían más de 40 enfermos en la Guarnición Militar del Puerto; el jueves 17 los casos habían aumentado a 500 en La Guaira; el viernes 18 apareció la enfermedad en Caracas. El sábado 19 Gómez ordenó desde Maracay que se dictaran las medidas eficaces respecto a pasajeros o mercancías destinados por tren, camiones o automóviles para los pueblos del centro. Se instaló entonces un servicio preventivo de fumigación y control sanitario en Antímano para cualquier pasajero, mercancía o vehículo que saliese de Caracas.

En dos semanas la epidemia se regó por todo el país. El 3 de noviembre se enteró que en Trinidad habían enfermos y que la gripe española había llegado a Puerto Cabello, Duaca, La Victoria, San Mateo, la Victoria, el Consejo, Tejerías y Los Teques. El saldo de fallecidos aquella jornada en Caracas fue de 104 personas. El 4 cayó en cama contagiado Alí Gómez Bello en Maracay. El 5 se enteró que existían casos en Maracaibo y le llegó el mensaje que más temía: No existía vacuna o antídoto para el virus.

El día 7, en horas de la madrugada, tan dolo tres días después de manifestar los primeros síntomas de la enfermedad, murió Alí Gómez Bello en su residencia en Maracay. Para el momento de su muerte, ostentaba el grado de Coronel, desempeñaba la Jefatura del Regimiento “Sucre Nº 2” y Vicepresidente del Estado Aragua.

Los sentimientos del padre ante la pérdida del hijo predilecto se revelan en un manuscrito firmado con fecha 7 de noviembre de 1918.

Allí está en esa tumba reciente mi hijo Alí que ha descendido a ella. Era la promesa de un gran hombre, un carácter, un temple romano, sus caminos fueron rectos, sus aspiraciones grandes, no conoció el miedo. Era mi persona con la misma grandeza de alma y temple de honor, ese quien su padre esperaba un timbre para su nombre y gloria para la Patria… Cual será el dolor que ha atravesado mi pecho abierto… Con el único hijo que he dormido; por él pensé no venir a la guerra del 23 de mayo. Era el único que entraba a mi cuarto a toda hora. Cuando había peligro él iba adelante; cuando tenía que montar una bestia la montaba él primero; cuando andábamos caminando me llevaba recostado para que yo no me cansara… Tenía las mismas costumbres mías, montar caballos bravos, torear reses bravas, cazar, pescar, andar de noche, ir a todos los peligros con la confianza que nada le pasaba, trabajar sin flojera y con mucha voluntad…

Yo veía en él a mi persona.