“La venganza de Dos Caminos” por Jimeno Hernández

La crónica de los últimos días de la Guerra Federal es singularmente cruel y sangrienta. Cinco largos años de enfrentamiento sin cuartel, saqueos, incendios, escaramuzas, asaltos, violaciones y asesinatos tienen a Venezuela y su pueblo hundidos en un estado de ruina y barbarie.

A mediados del mes de junio de 1862 la situación de la dictadura y tercer gobierno del General José Antonio Páez se torna insostenible. Las fuerzas del gobierno no se dan abasto con las guerrillas que surgen por todos lados y el General Federalista Luciano Mendoza se acerca a la Capital y amenaza con invadir la cuna del Gobierno.

Las andanzas de Mendoza causan alarma y revuelo en Caracas. Se dice que éste se encuentra listo para liderar un ataque sobre Petare, pero en vez decide dirigirse a Dos Caminos, aldea que no espera el asalto y resulta salvajemente agredida por las fuerzas del bando federal.

Entonces, al surgir las primeras luces del 19, el General Páez se ve obligado a expedir una proclama en la que convoca a la milicia conformada por un centenar de soldados a mando del comandante Nicolás Veloz. Junto a estos hombres y su cuerpo de caballería emprende marcha en dirección al Este. El llanero tiene previsto verificar los daños causados por el ataque a Dos Caminos y dirigirse posteriormente a Petare para organizar la defensa del sitio.

El paso por Dos Caminos, población atacada por Mendoza la noche anterior, se presenta como un espectáculo dantesco. Se puede ver los cadáveres tirados por doquier y todos se encuentran horriblemente mutilados. Los muertos guindan por el cuello de sogas amarradas a las ramas de los arboles; sus ojos han sido sacados de la cara; sus abdómenes mutilados y los intestinos se asoman por las heridas; y los genitales han sido seccionados e introducidos en sus bocas.

Las noticias que recibe el Presidente al llegar a Dos Caminos resultan peores que la experiencia de posar la mirada sobre aquel infernal escenario. Los sobrevivientes a la masacre le informan que el Comandante José Antonio Pulido, el Capitán Ignacio Díaz y el Teniente Andrés Leal, una vez heridos y capturados, fueron degollados y rematados a estocadas.

Apenas empieza a ponerse el sol al Oeste del valle de Caracas cuando el General José Antonio Páez hace su entrada a Caracas a eso de las cinco de la tarde. Su rostro refleja seriedad y pesadumbre hasta que llega a la Plaza Mayor, invadida por la multitud y húmeda aún por el aguacero caído en horas del mediodía. Al verlo entrar con su séquito al lugar la gente estalla en aplausos y él levanta su mano derecha para solicitar silencio. Una vez callada la masa, desnuda el Dictador su espada y arrojando la vaina con las fuerzas que todavía le restan a su cano cuerpo. Entonces exclama para oído de todos que no volverá a guardar su acero de Libertador hasta ver exterminados a todos y cada uno de sus enemigos.

Para demostrar que habla en serio ordena a sus soldados que vayan a la prisión y saquen de sus calabozos a los generales federalistas Guillermo Paredes y Juan Herrera, quienes se encuentran sometidos a juicio ordinario por crímenes comunes y esperando sentencia de los tribunales. Rompiendo con todo trámite legal y por órdenes directas del dictador, ambos son conducidos en cadenas hasta la Plaza Mayor, donde les espera el General Páez y un pelotón de fusilamiento.

Serán los aspirantes de la Escuela Militar de matemáticas que se encuentran de guardia en la Casa de Gobierno, bajo las ordenes del Comandante de Ingenieros Juan José Aguerrevere, los encargados de jalar el gatillo de los fusiles y echar los cuerpos de los condenados por tierra.

Poco menos de una semana ha pasado de estos fusilamientos en la Plaza Mayor cuando sucede lo inesperado. El General Luciano Mendoza decide enviar a Caracas a todos los prisioneros capturados en el combate de Dos Caminos. Hace la entrega sin condiciones y junto a una misiva en la que explica que las mutilaciones a los soldados del gobierno fueron realizadas por una facción extraña que se unió a las fuerzas de la Federación a mitad del combate.

La razón del comportamiento de Mendoza es simple y se puede justificar en una carta que escribe aquel mes Juan Crisóstomo Falcón al General Antonio Mendoza, familiar de Luciano, antes del enfrentamiento en Maparari. En esta epístola dice el jefe del bando federal lo siguiente:

-No se preocupe usted por lo que hacen los enemigos. Esa sangre que derraman caerá siempre sobre ellos. Cuídese usted solo de no imitarlos, y págueles con generosidad su alevosía; ponga inmediatamente en libertad sus prisioneros. El perdón de los liberales a sus enemigos, está dando y dará siempre frutos muy sazonados. No se salga usted de esa regla que le doy: guerra al soberbio y perdón al rendido.-

@jjmhd