“El enajenamiento del Presidente” por Jimeno Hernández.

La huida del Presidente Ignacio Andrade a Las Antillas, las traiciones de los generales del gobierno e intrigas de los políticos caraqueños le han abierto al General Cipriano Castro las soñadas puertas de la Casa Amarilla.

El domingo 22 de octubre de 1899, con las últimas luces de la tarde y bajo un aguacero, entra triunfal a Caracas el caudillo tachirense. Llega sin caballo, sin uniforme militar y no se hace escoltar por sus huestes andinas. Viene en tren, vestido de camisa azul, pantalones blancos y sombrero de jipijapa. Tan solo se encuentra acompañado por los generales Manuel Antonio Matos y Luciano Mendoza.

El cabecilla del alzamiento victorioso es recibido por una masa de caraqueños que corea su nombre en la estación de Caño Amarillo. Mientras todo esto sucede en la capital su compadre Juan Vicente Gómez y el resto del clan montañés se queda ocupando la ciudad de Valencia.

La campaña de su “Revolución Liberal Restauradora” dura 153 días en los que su ejército recorre más de 850 kilómetros desde la Hacienda los Vados en Cúcuta hasta Valencia. En su alocada marcha desde las cumbres de los andes colombianos a los valles del centro de Venezuela disputa y gana decenas de escaramuzas en las cuales pierden la vida más de 3.500 personas.

Esa misma noche se congrega una multitud en la Plaza Bolívar. Todos observan como las ventanas de la Casa Amarilla se iluminan y se abren sus inmensas puertas de madera para recibir con alfombra escarlata al General Castro. Poco a poco van llegando al lugar las más altas personalidades civiles y militares del Liberalismo para pagar sus respetos y extenderle felicitaciones al nuevo Presidente de la República.

Castro, hiperactivo, elocuente, arrogante, impredecible y licencioso, irrumpe en la política nacional prácticamente salido de la nada para impresionar a todos con su conducta. Casi una década después del derrocamiento de Raimundo Andueza Palacio apenas puede recordar la gente a quien fuera uno de los célebres compañeros de parranda del Presidente guanareño, fiel partidario de su continuismo en 1892 y oscuro diputado de aquel entonces cuyas intervenciones en el hemiciclo del Congreso producían caras largas o una que otra risa entre los colegas gracias a su marcado acento provinciano.

Él mismo se encarga de recordarle a la ciudadanía, todos los días y a cada rato, sobre el largo, difícil y glorioso camino de la “Restauradora” que lo ha traído al poder. Disfruta de ello publicando proclamas y tomando la palabra al momento en que cualquier persona pueda escuchar lo que tiene que decir.

A Don Cipriano le encantan los discursos y su imaginación no conoce límite a la hora de utilizar metáforas o adulterar la historia nacional. Parece que habla un ebrio cuando alega que el Partido Liberal fue fundado por el hijo un carpintero en Nazaret por allá en los lejanos valles de Palestina hace casi dos mil años, o cuando confiesa, desde el púlpito del Congreso Nacional, que a veces el fantasma del Libertador Simón Bolívar le susurra al oído todo lo que debe hacer cuando se encuentra solo con sus pensamientos.

Dentro de sí se halla oculto un poeta y en sus ratos de vagancia se permite discreteos con las musas para estructurar rimas y así tenerlas preparadas a la hora de pronunciar un brindis o dedicarle algunos versos a una de sus tantas amantes, caprichitos o enamoradas. Muchos aprovechan la revelación de este dato para la guasa y sugieren que el General siempre recita a sus conquistas la misma estrofa justo antes de plantarles el primer beso:

A estos bigotes que veis,

Mucho la Patria les debe,

Los ha chamuscado el fuego,

Y los ha cubierto la nieve.

Los zalameros y oportunistas de la capital se calan sus monótonos e interminables arengas. Al mismo tiempo aprovechan cada una de sus pausas para aplaudirle cualquier clase de ocurrencias, disparates, improvisaciones o bufonerías. Lo adulan bautizándolo el “Siempre Vencedor, Jamás Vencido”; lo agasajan organizando suculentos banquetes o suntuosos bailes en su honor; lo embriagan con el más fino aguardiente y hasta le ofrecen el favor de las más bellas señoritas porque saben que al hombre le gusta la guachafita y su esposa Doña Zoila se hace la pendeja. Todas estas y muchas otras cosas más le dan carta blanca o rienda suelta a la bestia de la enajenación y el desenfreno del “Cabito”.

El país entero parece bailar al son de la música que ahora impone la banda andina del General Cipriano Castro. Y si hay algo que le encanta hacer al nuevo líder revolucionario es bailar. O por lo menos así lo relata un cónsul de E.E.U.U. que deja testimonio en sus crónicas sobre la afición del Presidente venezolano por el alcohol, las féminas y el baile.

El funcionario diplomático del Gobierno Norteamericano escribe, altamente impresionado por el comportamiento del General Castro en un sarao que ambos atendieron en la casa de un notable personaje de Puerto Cabello, que éste llevaba un guardarropa de hasta doce camisas para cambiarse por lo mucho que sudaba, que bailó cualquier ritmo que tocaron los músicos saltando de una dama a otra hasta que había bailado con todas y terminó solo en el centro de la pista danzando con los brazos cruzados, en cuclillas y levantando las piernas como un ruso.

Todo un espectáculo nuestro Presidente beodo, payaso, faldero y bailarín.