“El fraude” por Jimeno Hernández

Finaliza el siglo XIX y todo parece indicar que la hegemonía del liberalismo amarillo concluirá junto a éste. El Partido Liberal tiene más de 45 años al poder y lo que alguna vez fue una maquinaria política poderosa, ahora no es más que un armatoste achacoso y desgastado que todos dan por inservible.

Los liberales se han ganado la fama de ser unos mentirosos y pillos deshonrados. Son expertos en el uso y abuso de la palabra, únicamente saben hacer promesas que no cumplen y la ciudadanía los aborrece. Todo parece indicar que el candidato postulado por el partido será vencido en las venideras elecciones.

El General Joaquín Crespo es llanero zamarro y se sabe jefe indiscutible de Venezuela, por ello tolera opiniones. Es dueño del poder y las armas, además sabe que las palabras o los periódicos no matan soldados ni tumban gobiernos, entonces piensa que censurar la prensa sería un gesto de debilidad. Esta pasividad ha labrado el terreno de la vida ciudadana permitiendo ciertas licencias como la libertad de prensa, oposición a su mandato y propaganda política en su contra.

Estas circunstancias esbozan el escenario perfecto para que las ideas circulen en debate abierto y nace así el Partido Nacionalista, un aparato sociopolítico concebido y dirigido por hábiles políticos caraqueños. La figura principal del partido es un tipo alto nacido en el barrio San Juan al que le faltan dos dedos de una mano, se dice que los perdió a causa de un machetazo que le encajaron durante la refriega de Los Lirios en 1870. Su nombre es José Manuel Hernández y la gente lo conoce simplemente como “El Mocho”.

Hernández irrumpe en la política venezolana de forma magistral. Se asesora con expertos norteamericanos en los métodos de las campañas electorales y en 1897 sale a recorrer el interior del país en una verdadera cruzada presidencial. “El Tigre de Santa Inés” desea mantener a los suyos en el poder, pero ahora la cosa no es tan fácil como en otros tiempos pues la Constitución de 1893, esa que aprobó el Congreso Nacional después de su “Revolución Legalista”, establece en su artículo 13 que la elección será universal, directa y secreta.

El Mocho es orador dotado y no tarda en convertirse en un fenómeno político impresionante. Por donde pasa la gente sale a su encuentro, lo aplaude, lo saluda y lo abraza. La gente se vuelve loca al verlo y hasta le regalan vivas como si fuera el mismísimo redentor. Él disfruta del momento y se divierte al darle rienda suelta a la imaginación de sus escuchas. Les cuenta que al igual que Jesús de Nazaret, él también era carpintero como su padre. Con cada pueblo que visita crece su popularidad, va saboreando las mieles de la gloria y se va embriagando al reposar sus ojos sobre otra multitud que corea su nombre: -“!Mocho…Mocho…Mocho!”

Sueña el trasquilado y con él también sueña el pueblo. La opinión pública tanto en las calles como en las tertulias de las plazas es que el mocho arrasa en las elecciones de noviembre. El país entero desea un cambio y piensa que el General postulado por Crespo “no va pal baile”. La mayoría de los electores parece estar de acuerdo que su voto por el candidato del Partido Nacional traerá el cambio político que anhelan y ven a Hernández como el próximo Presidente de la República.

Los resultados oficiales de los comicios se convierten en el alba amarga de los sueños rotos. El gobierno a pesar de enclenque sigue siendo gobierno y sin dientes aún muerde con la encía. Crespo tiene un naipe bajo la manga para ganar la mano y llevarse las apuestas. Siendo la elección directa y pública, funcionarios del gobierno forman turbas que siembran el miedo por las calles de las principales ciudades para que la gente se abstenga de votar. Se presentan armados con machetes y fusiles para intimidar a los electores en las mesas de votación. Además corren la voz entre la masa votante que para que el voto no sea nulo, hay que acompañarlo con el apellido del candidato. Que deben escribir o decir que su voto es para respaldar al mocho Andrade.

El General Ignacio Andrade resulta vencedor en las elecciones por un margen aplastante y nadie se cree el cuento. Hernández apegándose a la legalidad formula una denuncia alegando fraude electoral ante las juntas seccionales, pero el gobierno nacional desatiende la causa y lo manda a encarcelar junto a varios de sus partidarios.

En aquella ocasión se hizo popular un refrán que decía: “En las elecciones venezolanas unos se quedan con las masas mientras los otros se quedan con las mesas”.