“Entrevista imaginaria con El Libertador VI” por Jimeno Hernández.

¿Y fue por eso que decidió marcharse de Venezuela y regresar a Bogotá?

Si… Al romper el alba del jueves 5 de julio de 1827 bajé de Caracas a La Guaira… Llegué a la ciudad porteña a eso del mediodía y el fuerte disparó un cañonazo en gesto de saludo… El buque que había de abordar, un bergantín comercial de la casa “Ackers & Co. y Quil & Mc Whirter” que enarbolaba el pabellón amarillo, azul y rojo de Colombia, respondió con 19.

Le mandé a comunicar al Capitán de aquel navío, a través del cónsul británico, Sir Robert Ker Porter, que a las cuatro de la tarde estaría listo para que vinieran a buscarme al malecón… Así tuve tiempo suficiente para atender al bautizo de la criatura de una de mis sobrinas y luego a un fastuoso almuerzo que ofreció en mi honor el Coronel Ayala, Gobernador de La Guaira.

A las cuatro de la tarde, tal como se lo había solicitado a Sir Robert Porter, el Capitán Chambers, máxima autoridad de la embarcación de “Ackers & Co. y Quil & Mc Whirter”, me esperaba con una pequeña barca para trasladarme personalmente desde el embarcadero hasta el navío… Acompañado de mi Estado Mayor, las autoridades del puerto, algunos diplomáticos, amigos y una vasta multitud, circulé por el muelle para abordar aquella lancha… Mucha gente se reunió para despedirse de mí, las damas agitaban sus pañuelos y los hombres sus sombreros en ademán de adiós.

 A mitad del camino entre el puerto y el buque, el fuerte disparó un cañonazo de despedida… Apenas abordamos la nave y mis efectos fueron trasladados al camarote que me fue asignado, el buque disparó otros 19 para anunciar que me encontraba a salvo y estaba listo, una vez más, para zarpar con destino a Cartagena de Indias.-

¿Y que pasaba por su cabeza en aquel momento Libertador?

Muchos fueron los pensamientos que inundaron mi mente al momento de volver a despedirme una vez más de Venezuela… Permanecí en la cubierta del barco junto al Capitán y me distraje observando como trabajaba la tripulación… En menos de media hora los hombres de Chambers levaron anclas, izaron las velas y pusieron la nave en movimiento… No había en el mundo marinos tan disciplinados y eficientes como los británicos.

Durante más de dos horas me mantuve en silencio y con cara seria al lado del timón junto al Capitán Chambers y el Comodoro Mr. Cockburne… Mientras la proa de la nave subía y bajaba lentamente al ritmo de la marea, escuchaba el crujir de la madera del casco con cada embate de las olas y sentía como el salado rocío se iba acumulando con la brisa en mi rostro y manos, me sumergí en la profundidad de mis recuerdos.

Decidí que lo mejor que podía hacer era no volver la mirada… A mis espaldas dejaba el pasado… Atrás quedaban mi temprana orfandad de padre y madre… Las primeras enseñanzas de Fray Francisco de Andújar, Simón Rodríguez y Don Andrés Bello… Las pasiones de la puericia… Las tardes soleadas y los paseos a caballo entre los cañaverales de mi Hacienda San Mateo… El primer viaje a Europa y mi tiempo en Madrid bajo la tutoría del Marqués de Uztáriz… Conocer a María Teresa, cortejarla, enamorarme, pedir su mano y casarme con ella… Mi regreso a Venezuela y el sabor del amargo trago de la viudez.

Mi segundo viaje a Europa y la estancia en Paris durante la primavera de 1804, cuando tan solo era un mozo de 22 años de edad que había prometido frente al cadáver de mi esposa jamás volver a casarme… Como en la ciudad de la luz concurrí a los más lujosos salones franceses y, entre los vapores del elixir de Baco, me entregué a los deleites de largas noches en los brazos de afamadas “madames”, decenas de prostitutas y participé en juegos de naipes en los que aposté y perdí grandes sumas de dinero… Como en aquellos días podía hacer lo que me venía en gana pues era joven, huérfano, viudo, rico y frívolo.

Algo en mí cambió en París tras conocer a los señores Alexander Von Humboldt y Aimé Bonpland, escuchar las crónicas de sus viajes por el Sur de América y los relatos de los distintos lugares a los que llegaron y las gentes que conocieron en sus parajes… Aquello me hizo contemplar la idea de volver a la Patria, una reflexión que tal vez hubiera sido efímera de no haberme topado allá con mi antiguo maestro Simón Rodríguez, quien me obligó a llamarlo “Samuel Robinson”, me habló sobre las nuevas ideas de la ilustración y me convenció de regresar a Caracas… Como me dijo que antes de volver iríamos a Roma pues aquella era la verdadera cuna de la civilización… Allí subimos a una de las colinas desde la que pudimos observar la inmensidad de aquella majestuosa ciudad y, frente a él, juré por el Dios de mis padres, por ellos y por mi honor, que no daría descanso a mi brazo, ni reposo a mi alma, hasta romper las cadenas opresoras que nos ataban con la corona de España.

La tercera visita a Europa en 1810, junto a Don Andrés Bello y Luis López Méndez, como Coronel y Jefe de la misión diplomática que envió la Junta Suprema de Caracas a Londres para solicitar la colaboración de la Gran Bretaña en defensa de los derechos de “Fernando VII” contra las pretensiones del Emperador Francés… Como nos presentamos los tres en el número 58 de la calle Grafton y allí conocimos a Francisco de Miranda, “El Americano más Universal” que había peleado en la Revolución Americana y la Revolución Francesa, la primera persona que habló de unificación de las antiguas colonias de España en la República de Colombia… En como fui yo quien lo convenció de regresar Venezuela y liderar la Revolución emancipadora de su tierra natal.

La pérdida del Castillo San Felipe de Puerto Cabello… El mensaje que le escribí a Miranda en San Mateo tras contemplar la opción del suicidio y no pude encontrar al momento de hacerlo preso en La Guaira… Como entregué al “Generalísimo” a Domingo de Monteverde a cambio de un pasaporte para escaparme y por mi culpa cayó la Primera República en 1812.

A principios del año 1813 me bautizaron con el título “El Libertador” al entrar en Mérida… Y en mi “Campaña Admirable” liberé, Trujillo, Barinas y Caracas… Mientras pelo a pelo gané el control sobre la región occidental, Santiago Mariño fue tomando la región de Oriente en acción separada… Intercambiamos epístolas y ambos prometimos unir nuestras fuerzas para liberar a Venezuela… Así nació la Segunda República, proyecto político que feneció un año y medio después, al momento en que ordené la penosa emigración a Oriente por miedo a José Tomás Boves y su horda de salvajes, no pude mantener la plaza de Barcelona y decidí embarcarme al destierro junto a Mariño… Como regresé en la Expedición de los Cayos y después estuve en Guayana y en los llanos para conocer a Páez y lograr junto a él la derrota de los españoles en Carabobo en 1821… Más de mil y un vainas me cruzaron por la cabeza en aquel momento, pero todo eso se quedaba en el pasado y ya no importaba.

En el fondo de mi alma, deseaba que el panorama me brindara un cielo azul y despejado pues no existe en la vida mejor augurio que ese, pero aquella tarde el horizonte no me complació con el espectáculo que deseaba presenciar… El firmamento tenía un tono gris oscuro, el viento soplaba con fuerza, el mar estaba picado y el tamaño de las olas era impresionante… A la distancia únicamente pude vislumbrar un paisaje atiborrado de nubes negras y cargadas de centellas, terrible atmosfera y, sin duda alguna, mal presagio.

No contaba con tiempo suficiente para concentrarme en el pasado, el presente era cruel y el futuro bastante incierto… Ya no contaba con las fuerzas de Páez y en Bogotá Santander empeñaba la mayoría de su tiempo en desprestigiar mi reputación ante el público por medio de sus incendiarios artículos entre las páginas de la prensa y frente a las tribunas del Congreso Nacional con sus discursos leguleyos… En los territorios de la antigua Real Audiencia de Quito, o las provincias de Quito, Guayaquil y Cuenca, también se caldeaba la idea del separatismo de Colombia… Además las noticias provenientes de Perú eran terribles… La fuerza política que alguna vez tuve se iba debilitando rápidamente y mi cuerpo también.

Créame usted cuando le digo que al tiempo le gusta escurrirse sin avisar y los años no pasan en vano, la vitalidad del ser se va erosionando poco a poco con cada día que termina. Algo me decía que aquella sería la última vez que me despediría de mi tierra natal y jamás volvería a pisar su suelo, ver o abrazar los seres queridos que ahí dejaba.

Mientras veía el sol desaparecer a estribor y aparecían la luna y las primeras estrellas para dar luz en la oscuridad de las aguas del Caribe, dejé escapar un largo bostezo, uní mis manos y estiré los brazos sobre mi cabeza en un gesto de agotamiento… Ya cansado de tanto cavilar me despedí del Capitán y el Comodoro para bajar de cubierta y dirigirme a mi camarote. Me cambié las ropas húmedas por unas secas y abrigadas pues tenía que cuidarme la bendita tosecita esa de Pativilca que no terminaba de sanar y parecía agravarse con el paso de los años…¡Que vaina!

 Aquella noche guindé mi chinchorro y me acosté para mecerme una sola vez con uno de mis pies… Dejé que el vaivén de la barca y los rumores del mar y el viento arrullaran mis sueños para entregar mi cuerpo y mente en los brazos de Morfeo y así olvidarme de todos mis problemas… Al instante en que finalmente pude cerrar los ojos me di cuenta de lo cansado que estaba… Alguna vez pensé que los años de paz pudieran presentar dificultades, pero jamás imaginé que estos fuesen más complejos y dolorosos que la barbarie sanguinaria de la guerra… Quizás los funerales de Colombia estaban comenzando y luego seguirían los míos también.

¿Y porque pensaba usted eso Su Excelencia?

Lo lamento, pero eso es todo lo que puedo decirle por ahora, las agujas de mi reloj están a punto de marcar la medianoche de este 24 de julio y debo marcharme cuanto antes. No tengo tiempo para responder más preguntas.

Bueno Libertador, ha sido para mí un honor recibirlo en mi casa y conversar con usted el día de hoy. Permítame felicitarlo por su cumpleaños número 234 y agradecerle inmensamente por regalarnos un rato de su tiempo en tan célebre ocasión. Espero poder reencontrarme con usted en otra oportunidad y así poder continuar nuestra plática.

-Os volveré a visitar y le concederé otra entrevista el próximo 17 de diciembre, entonces hablaremos sobre los últimos tres años de mi vida y todo lo que sucedió después mi última visita a Caracas.-

Adiós Su Excelencia, hasta la próxima y espero que el buque de “Ackers & Co. y Quil & Mc Whirter” en el que ahora se marcha  a Cartagena no se le vaya a convertir en una calabaza o una de esas vainas raras.

FIN.