“Entrevista imaginaria con El Libertador III” por Jimeno Hernández.

A finales de 1826 retornaba usted a Venezuela después de cinco años de ausencia. Tuvo una revelación en la Vela de Coro. Regresaba al terruño olvidado con el propósito de evitar el derrumbe de la República y una guerra entre hermanos.

 ¿Volvía usted con la intención de someter al General Páez con las armas?

– El General José Antonio Páez no respondía mis cartas ni se atrevía a mostrar la cara… Únicamente mantenía correspondencia con el General José Laurencio Silva, valiente soldado y fiel discípulo de la causa emancipadora que siguió mis pasos hasta Lima y de regreso… Le escribía inquiriendo cuales eran los propósitos de mi retorno y cuantos hombres tenía bajo mi mando… Ambos eran llaneros y habían sido compañeros de batalla, compartían amistad de campamento y se entendían en buenos términos… Sin la colaboración de Silva no hubiera sido posible el diálogo con Páez… Fue por ello que lo recompensé obsequiándole la mano de mi sobrina Felicia Bolívar Tinoco, hija de José Vicente mi hermano mayor.

 Entonces que decidí escribir una última carta a Páez en la que le dije: “Yo creo que usted está loco cuando no quiere venir a verme, y teme que lo reciba mal. Voy a dar a usted un bofetón en la cara, yéndome ahora mismo a Valencia a abrazar a usted”… Así que, la mañana del 4 de Enero de 1827, monté sobre mi bestia y subí el cerro en dirección a Valencia… Ya estaba saciado del hedor a pescado podrido y los malos recuerdos que me traían aquel lugar… Prefería caer muerto en una emboscada camino a Valencia que permanecer un día más en Puerto Cabello.-

 ¿Y que sucedió después Libertador?

-Me encontré con Páez en el sitio de Bárbula… Al tope de una pequeña colina, como siempre sobre su palafrén y en posición de batalla, me esperaba escoltado por un escuadrón de caballería… Yo iba protegido por unos pocos jinetes y sus centinelas parecían estar dispuestos a cargar en cualquier momento contra nosotros… Así que ordené a los míos que permanecieran atrás, me quité el sombrero en un gesto de saludo y le di un cuerazo a mi caballo para desmarcarme… Si Páez realmente era un traidor y deseaba acabar conmigo, le regalé la ocasión perfecta para que lo hiciera de una vez por todas… Tuve una corazonada que no se atrevería a hacerlo… Y menos bajo semejantes circunstancias… Pero uno siempre puede estar equivocado… Lo último que vi, antes de cerrar los ojos y pegar la carrera en solitario, fue a Páez alzar el brazo derecho y sus escoltas levantar los fusiles.-

 ¿Y qué pensó usted en aquel momento?

En el murmullo del viento entre las briznas del pasto… En como aquel precioso sonido pronto sería interrumpido por las detonaciones y el impacto de los plomos en mi pecho… En como caería sin vida para finalmente reunirme en el otro mundo con María Teresa… Pensaba que allí terminaría la historia del Libertador… Que equivocado estaba… Apenas se trataba del principio del fin de mis días.-

 Por lo menos vivió usted para contarla.

Hubiera preferido que la caballería de Páez acabara con mi existencia aquel día… Así me hubiera evitado el sufrimiento del escarnio público, una muerte lenta o ser testigo de cómo se desvanecía mi sueño de Colombia.

Durante aquellos días pensaba que el peor miedo que uno podía tener era a la muerte… Aún no sabía que se podía morir en vida y eso fue lo que me sucedió… Fueron muchos quienes me acusaron de más de mil pecados y se alzaron en mi contra… Alegaban que había perdido el quicio entre la blanca niebla que poblaba las cimas del Alto Perú… Que, por pura vanidad y mero antojo, me inventé una República y decidí bautizarla con mi nombre… Que la Constitución de Bolivia, escrita por mi puño y letra, era prueba que no era más que un déspota y me había vuelto loco… Que deseaba coronarme Emperador al igual que lo hizo Napoleón Bonaparte.

 Los disparos no sonaron y cuando abrí los ojos, pude ver como sus hombres sostenían las armas en gesto de bienvenida y el llanero espueleaba su alazano… Sin sostener las riendas de su bestia y con los brazos abiertos, cabalgaba a mi encuentro… No había mejor jinete que ese hombre en toda América.

 ¿Y luego de eso que pasó?

-Correspondí aquel gesto y cabalgué a su encuentro, con una mano en la rienda y agitando el sombrero en gesto de saludo con la otra pues no era tan diestro jinete como el “Centauro de los Llanos”… Al encontrarnos cara a cara, descendimos de nuestros caballos y nos dimos un abrazo, aún más efusivo que al momento de conocernos en el Hato Cañafistola en Apure en el año 1818.

 Jamás me hubiera enfrentado contra el General José Antonio Páez… No después de ser testigo de las hazañas que era capaz… El 6 de febrero de aquel año lo vi salir victorioso de la más absurda y descabellada de las empresas militares… Ese día llegamos a la orilla sur del río Apure al mando de 4.000 hombres… Teníamos que cruzar al otro lado… Nuestro objetivo era atacar las fuerzas de Pablo Morillo, Conde de Cartagena y Marqués de La Puerta, un brillante militar y veterano de la batalla de Trafalgar que el Rey de España envió a Venezuela con el objetivo de sofocar nuestra rebelión… Al otro lado del río, a más de medio kilometro de distancia, se podían ver las flecheras, dos embarcaciones con un centenar de tripulantes cada una… Yo deseaba esperar por una embarcación de las nuestras que no tardaría en llegar al sitio, pero Páez resaltó la importancia de cruzar el Apure a la brevedad posible y caer sobre las tropas realistas de Morillo en Calabozo… Al momento de confesar que me parecía imposible alcanzar el otro lado sin el barco que esperábamos, pidió mi permiso para ejecutar un plan de su concepción.-

 ¿Y en que consistía ese plan?

-Escogió a 50 de sus mejores jinetes, o los integrantes de su “Guardia de Honor”, como solía llamar a la corte de intrépidos que lo escoltaba… A caballo y ante la mirada estupefacta del enemigo, se sumergieron en aquel río plagado de caribes y caimanes para cruzarlo, abordar aquellos pontones y ponerlos a nuestros servicios… Revise usted entre las páginas de los anales de la Historia Universal a ver si encuentra otro caso en el cual un escuadrón de caballería se haya apoderado de unos navíos.

Al momento de levantar las armas uno debe saber una cosa, la contienda se gana o se pierde la vida en el intento… Estaba dispuesto a utilizar todos los instrumentos de la política: la autoridad, la persuasión, la transacción, el halago, la amnistía, la intimidación o la clemencia, todo menos la guerra… Lo menos que deseaba era alzar las armas contra el General José Antonio Páez.-

 ¿Y cómo fue aquel encuentro?

-El General Páez parecía genuinamente feliz de reencontrarse conmigo, me di cuenta de aquello apenas lo vi a los ojos… Si usted desea conocer lo que se esconde en la mente de una persona véala a los ojos, allí encontrará todas las respuestas que busca, los ojos son los espejos del alma… Mantenga la mirada posada en los ojos al momento de hablar con una persona y piérdala en la inmensidad del horizonte a la hora de cabalgar… En el horizonte se puede ver el futuro y hacia allá debemos orientarnos, ese es el mejor consejo que os puedo dar… Así pensaba yo al momento escribir la Constitución de Bolivia en la que establecía la presidencia vitalicia y hereditaria pensando en un ciudadano cuya moral y virtudes sobresalieran del resto.

¿Quién?… ¿Usted?

No… Yo no… el General Antonio José de Sucre, “Gran Mariscal de Ayacucho”… Él era honrado, justo, perspicaz y dueño de una vasta inteligencia… No había mejor hombre que él para gobernar Bolivia… Ellos mismos lo habían escogido como Presidente de aquella República… Era el más integro de todos a quienes conocí en los años de guerra y paz, un hombre de buen corazón, genio de la logística y experto en materia de fortificaciones y artillería… Aunque era 12 años menor que yo, lo llegué a respetar y admirar… Era como un hermano para mi… Él mismo me pidió que redactara la Constitución de Bolivia y por ello escribí lo que escribí.

 ¿Deseaba usted volver a Venezuela?

-No regresé por mis anhelos, lo hice porque tuve que hacerlo… Me he podido quedar en Lima como Presidente Vitalicio del Perú, viviendo en el palacio del Virrey y gozando de más lujos que los que disfrutaban algunos de los monarcas de las casas reales de Europa… Tenía que presentarme en Bogotá y viajar a Venezuela para terminar con el asunto de Páez y el separatismo de aquel Departamento… No me quedaba otra opción que abandonar el Perú y regresar.-

continuará…