“Entrevista imaginaria con El Libertador II” por Jimeno Hernández

¿Regresaba usted a Venezuela con el objetivo de sofocar el movimiento separatista del General Páez?

SiDesde Coro le escribí al General Páez y lo hice con mano derecha e izquierda a un mismo tiempo… Mis palabras eran rigurosas y aunque le exigía respeto a mi autoridad, también respetaba la suya, lo lisonjeaba y le recordaba los insólitos logros de esa unión forjada en las llamas de la Guerra de Independencia… Aspiraba limar asperezas con él y persuadirlo a que recuperara la cordura y se apegara a la justicia… Su decisión de no comparecer ante las autoridades del Gobierno en Bogotá después de negarse a enviar tropas para las nuevas campañas forzó mi vuelta a Venezuela… Se comenzaba a hablar sobre la idea de separarse de Colombia… Tenía que evitar el derrumbe de la República y el posible estallido de una guerra entre hermanos.-

 ¿Y qué le respondió el “Héroe de Carabobo”?

-Para aquel momento el General Páez y yo manteníamos media correspondencia.-

 ¿Cómo es eso Libertador?

-Yo le escribía muchas cartas y él no me respondía ninguna… Así que me vi obligado a cabalgar hasta Puerto Cabello, ciudad que detesto y maldigo desde 1812 pues, como usted mismo me recordó hace poco, aquel año perdí el Castillo de San Felipe, la plaza más importante con la que contábamos los patriotas… Desde allí manejábamos la logística de armas, tropas y alimentos.

 ¿Cómo fue la pérdida de Puerto Cabello?

-El craso error fue enclaustrar los prisioneros realistas en la misma torre en la cual se encontraba el polvorín… En aquella época yo no era militar experimentado… Aún no había alcanzado la edad de los treinta años, ya era viudo y el “Generalísimo” Francisco de Miranda me había nombrado Coronel y puesto a cargo de la aburrida plaza de Puerto Cabello, cuando lo que realmente aspiraba era comandar el frente de batalla y recibir un balazo en la cabeza para escapar mis penas.-

 ¿Deseaba usted morir en aquella época?

-Le hablaba sobre la derrota en Puerto Cabello…Os ruego no interrumpáis mis palabras ya que afecta mi concentración… Tan solo dedíquese a tomar notas y hacer preguntas breves… He vuelto a perder el hilo de lo que os decía por su culpa.-

 Prefería estar al frente de un batallón en el campo de guerra que al mando de la aburrida plaza de Puerto Cabello.

-¡Ah si!… Francisco de Miranda había ordenado el traslado de los cautivos a otra posición, pero contábamos con pocas fuerzas capaces de controlar la movilización de tantos presos y tampoco teníamos mucho lugar donde meterlos… La mejor opción era fusilarlos a todos, pero el “Generalísimo” no estaba dispuesto a dictar semejante orden ni yo a cumplirla… La noche del 30 de junio me ausenté de la fortaleza para asistir a un baile en la ciudad… A eso de las siete y media, mientras conversaba con una preciosa señorita de alcurnia y bebía una copa de champaña, uno de mis edecanes interrumpió la música para entregarme un mensaje.

 ¿Y que decía la misiva?

-Se me informaba que el canalla de Francisco Fernández Vinoni había soltado a los cautivos de sus calabozos y entregado el fortín a manos de los realistas… Todos en el salón me veían perplejos, deseosos de saber lo mismo que usted acaba de preguntarme… Apenas había terminado de leer aquellas líneas cuando sonó el primer cañonazo, tembló el piso y pudimos escuchar como se derrumbaba una de las casas cercanas… En aquel instante comenzó la gritería y, sin tiempo para explicar a nadie lo que sucedía, abandoné el baile para defendernos del ataque… Durante más de cinco días descargaron la artillería contra los tejados de la ciudad… No hallábamos manera de acceder al Castillo… Nos encontrábamos a la merced de nuestros propios cañones… El 6 de Julio, antes del amanecer, decidí embarcarme junto a unos pocos y abandonar mis hombres a las buenas de Dios… Tenía usted razón al decir que por mi culpa sucumbió la Primera República.-

 ¿Y porqué se retiró de la plaza si lo que deseaba era estar en el frente de batalla y que una bala lo ayudara a “escapar sus penas”?

 -Me enamoré muy joven y me casé con ella… Se llamaba María Teresa del Toro y Alayza… La conocí en Madrid en 1800, durante mi estadía en casa de mi tutor el Marqués de Uztáriz… Aunque era dos años mayor que yo, me embelesé al momento de conocerla pues era bella, educada, culta y de buena familia… No demoré en declararle mi amor y, después de dos años de noviazgo, ella y su familia aceptaron que desposáramos… Nuestro matrimonio tan solo duró ocho meses… Murió en nuestro lecho del vómito negro el 22 de enero de 1803 y, frente a su cadáver, juré que jamás volvería a casarme… Fueron días difíciles y nunca superé su muerte… En el fondo de mi alma deseaba que llegara la hora del final de mis días para reencontrarme con ella.

 Aquel día en Puerto Cabello, después de tanto esperarla, cuando la sayona me sonrió a la cara, por vez primera temí perder la vida… El miedo heló la sangre en mis venas… Apenas teníamos municiones y nuestros soldados caían como moscas ante la furia de la artillería del Castillo… Me asusté y, sin ordenar la retirada, decidí abandonar el sitio.

Luego de huir me refugié en mi hacienda San Mateo en los valles de Aragua… Allí tuve largo tiempo para reflexionar sobre mis actos e incluso contemplé la idea de quitarme la vida… Una tarde llevé una pistola a mi cabeza y, cuando estaba a punto de jalar el gatillo, tomé lo que pensaba sería mi último respiro… De repente, la imagen de María Teresa se dibujó en mi mente… Aquello fue como una aparición… Pude ver su hermoso rostro y como, vestida de blanco, se llevaba el rosario que tenía en sus manos a los labios para besarlo y luego susurrar con su voz angelical: “Simón… No lo hagas… Jamás nos volveríamos a ver”… No pude hacerlo… No pude suicidarme y, al darme cuenta que hasta para eso era cobarde, estallé en llanto inconsolable.

Fue así que, entre lágrimas y sollozos, el 12 de julio de 1812, le escribí al Generalísimo Miranda una sentida carta para explicarle sobre la pérdida de Puerto Cabello… En aquella le comuniqué, entre otras cosas, lo siguiente: “Mi General, mi espíritu se halla de tal modo abatido que no me hallo en ánimo de mandar un solo soldado; pues mi presunción me hacía creer que mi deseo de acertar y el ardiente celo por la patria, suplirían en mí los talentos que carezco para mandar. Así que ruego a usted, o que me destine a obedecer al más ínfimo oficial, o bien me dé algunos días para tranquilizarme, recobrar la serenidad que he perdido al perder Puerto Cabello… A esto se añade el estado físico de mi salud, que después de trece noches de insomnio, de tareas y cuidados gravísimos, me hallo en una especie de enajenamiento mortal.”

 Además le mentí descaradamente al decirle: “Yo hice mi deber, mi General, y si un soldado me hubiese quedado, con ese habría combatido al enemigo; si me abandonaron no fue por mi culpa. Nada me quedó que hacer para contenerlos y comprometerlos a que salvasen la patria… Esta se ha perdido en mis manos”.

Fue aquel instante, en el cual se mostraban mis más profundas debilidades y me encontraba al borde de la locura, que me dio por cometer lo que sería el peor de mis errores… Jamás he debido escribir semejantes palabras… ¡Y menos dirigidas a Miranda!… ¡Maldita sea!… ¡Que estúpido fui!

Al momento de apresarlo registré personalmente sus pertenencias… Nada deseaba más que hallar esa bendita carta y reducirla a cenizas para que no fuera leída por otros ojos que los suyos, pero los archivos y pertenencias del Generalísimo ya navegaban camino a Trinidad a bordo del “Saphire”.

Pero hablábamos de otra cosa que no era esa… Continúa usted con sus preguntas desviándome de lo que le estaba contando.-

Continuará…