“La gran noticia” por Jimeno Hernández

El Coronel Antonio Martínez Sánchez publicó, en el año 1949, un interesante libro de sus memorias bajo el título “Nuestras contiendas civiles” (Tipografía Garrido, Caracas). En estas crónicas hace un recuento de sus vivencias durante la década que abarca entre la caída del Presidente Raimundo Andueza Palacio (1892) y el fracaso de la “Revolución Libertadora” (1902).

A mediados de octubre de 1899, cuando el gobierno del General Ignacio Andrade se tambaleaba después de cinco meses de guerra tras la invasión de Cipriano Castro por el Táchira, el autor se encontraba recluido en un calabozo de “La Rotunda” en Caracas.

Según su testimonio, en aquella vieja y temida prisión capitalina se juntaba casi un centenar de presos políticos, en su gran mayoría militantes del Partido Nacionalista. El reo más famoso de aquel recinto penitenciario era, sin duda alguna, el General José Manuel “El Mocho” Hernández, líder indiscutible del “Nacionalismo”.

En las elecciones presidenciales de 1897 se postuló como candidato de oposición contra el elegido de Joaquín Crespo y la regencia del Partido Liberal Amarillo. Tras el fraude electoral que dio la victoria a Andrade, decidió empuñar las armas contra el gobierno y cayó preso.

Martínez Sánchez veía como a diario iban entrando nuevos presos a “La Rotunda”, ninguno de ellos con mucha importancia política o militar. Se trataba en su mayoría de gente del interior de la República, el remanente de las turbas “mochistas” que aún quedaban en pie de guerra en suelos de Aragua, Carabobo, Cojedes, Guárico y Portuguesa.

Los nuevos convictos llegaban con ansias de comunicarse urgentemente con el General Hernández. El único problema era que en “La Rotunda” los presos estaban encerrados en solitario y tenían prohibido hablar entre ellos. Cualquier expresión, palabra o murmullo era castigado con una feroz paliza de los guardias.

La única vía de hacerle llegar las noticias al “Mocho” era a través del Dr. Bernabé Planas, quien gracias a su edad y reputación gozaba del privilegio de encontrarse recluido en la plaza central de la prisión y no en una de las celdas.

Cada noche procuraba acostarse cerca de la mazmorra de uno de los nuevos pues sabía que estos no podrían conciliar el sueño su primera noche en “La Rotunda”. Entonces, cuando todos dormían, él aprovechaba las circunstancias para interrogar en voz baja a cualquiera de los recién llegados. Así se enteraba de las noticias, formulaba preguntas y esbozaba conjeturas.

Al día siguiente se las ingeniaba para rodar la información en la cárcel con sumo disimulo y sin ser pillado por los guardias. Desde tempranas horas de la mañana hasta la puesta del sol, dedicaba la mayoría de su tiempo a dar vueltas por toda la prisión cabizbajo y con las manos atrás, como a quien las preocupaciones le anegan la mente.

Una vez cada 15 o 20 minutos pasaba el Dr. Planas frente al calabozo de Hernández, tan solo para susurrar una silaba o media palabra en el mejor de los casos. Así iba el destinatario, poco a poco, descubriendo las claves del acertijo. Cada cierto tiempo recibía una pieza del rompecabezas para ir lentamente ensamblando silabas, armando palabras y luego las oraciones.

Como siempre había algo que contar y los mensajes solían ser largos, el Dr. Planas circulaba alrededor de unas 35 veces al día frente a cada uno de los calabozos. Si el mensaje había culminado él tosía o murmuraba “punto”, y en su próximo pasaje inmediatamente abordaba el siguiente recado. Era rara la ocasión en la que no tenía algo que contar, en cuyo caso continuaba el circuito habitual en silencio hasta caída la noche.

Aquel método de comunicación, además de improvisado, precario, lento y complicado, era bastante impreciso y se prestaba a cualquier tipo de confusiones. Algunas veces pasaba el informante y decidía no expresar nada pues las circunstancias se lo impedían, otras veces el receptor no podía escuchar bien la silaba o media palabra pronunciada, o al momento de acoplarlas olvidaba alguna de las anteriores.

Todo esto sumado al hecho que al General Hernández no se le permitía acercarse a los barrotes de la puerta y se le obligaba a mantenerse en el fondo de su celda. Así que eran sus vecinos de cámara quienes recibían las noticias del Dr. Planas y se dedicaban a transmitirlas al caudillo del Nacionalismo una vez caída la noche.

Semejante contexto hacía imposible que la información no se desvirtuara y, las noticias narradas por los recién ingresados al Dr. Planas, terminasen siendo algo distintas a las llegadas a los oídos del “Mocho”.

Eso no evitó que en aquellos días llegara un mensaje clarito y sin errores: Cas…tro…ven…cio…en…to…cu…yi…to…y…mar…cha…ha…cia…ca…ra…cas…an…dra…de…ba…jó…a…la…gu…a…ira…pa…ra…ir…se…al…ex…i…lio.

-Castro venció en Tocuyito y marcha hacia Caracas, Andrade bajó a la Guaira y para irse al exilio.-

 Ahora si es verdad que el gobierno está caído.

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