“Los empavados” por Jimeno Hernández

Un rasgo folklórico y cultural que caracteriza al venezolano, donde quiera que este se encuentre, es su dogmática creencia en una misteriosa maldición que condena el alma del afectado a un destino de tragedias e infortunios.

Fueron los habitantes del valle de Caracas, durante los años de la colonia, quienes bautizaron esta abominación con el nombre de “Pavita” gracias a un ave bastante particular, la más fea y desafinada de todas las que anidan en los densos follajes del Ávila, un pequeño búho de plumaje atigrado que aparecía, con las ultimas luces del ocaso, para surcar con su vuelo los cielos de la ciudad.

Como en aquellos remotos tiempos lo único que hacía la gente era rezar el rosario e ir a misa, la parte más divertida del día y principal pasatiempo de la gente era pasearse por las esquinas de la Plaza Mayor para chismear y hablar tonterías. Y, como siempre hay alguien que inventa cuentos raros y otros que se los creen, así fue surgiendo el mito que aquel pajarraco era de mal agüero.

Se empezó a decir que la “Pavita” volaba sobre los techos de Caracas con la intención de escoger uno sobre cual posarse y entonar su horrible trino. Entonces la familia de aquel hogar quedaba “empavada”, o, mejor dicho, contagiada de una terrible enfermedad cuyos principales síntomas eran: adversidades en el acontecer diario, convertirse en víctima de la guasa pública o llevar una vida de pobreza y plagada de desgracias.

Lo peor de todo es que esta aflicción de la “pava” es contagiosa y aún no existe cura para tratarla. Ni Telmo Romero, el brujo y protegido del General Joaquín Crespo, entre sus numerosas curas, pociones y brebajes de su célebre recetario “El Bien Común”, contaba con un remedio para tratar tan terrible enfermedad.

Fue en el primer cuarto del Siglo XX, durante la Presidencia del General Juan Vicente Gómez, que se hizo famoso el nombre de Nereo Pérez, un curandero de Güigüe especializado en sanar a los “empavados”. Este carabobeño recetaba unos baños de agua bendita mezclada con extractos de sábila, polvo de cacho de venado y flor de yagrumo. Los contagiados debían bañarse con totuma en el patio, las noches de los martes y los viernes, desnudos y a la luz de la luna.

Fue mucho antes que apareciera el ritual de sanación de Nereo Pérez que la gente entendió algo, la mejor manera de impedir “empavarse” era evitar el contacto con lo “pavoso” o los “empavados”, cosa que resultaba difícil pues, con el paso del tiempo, la maldición y su concepto fueron expandiéndose.

Intelectuales de la talla de Francisco Pimentel (Job Pim), Aquiles Nazoa, Miguel Otero Silva, Andrés Eloy Blanco y Leoncio Martínez dedicaron páginas memorables a este misterioso tema y dictaron cátedra en distintos periódicos y libros. Nazoa resaltó entre los expertos al convertirse en el primero en elaborar una lista de cosas pavosas.

Hoy día, el término “Pava” goza de una amplia definición ya que se refiere a un fenómeno que puede manifestarse de múltiples formas y abarca una inmensa gama de sentidos. Lo pavoso puede ser un objeto mostrenco y antiestético que rompa con la armonía del lugar que adorna; un hábito personal poco comprensible para otros; una manera de vestir; el uso indebido de algún perol y hasta cualquier conducta que pueda atraer la mala suerte. Son muchas las cosas que tienen la propiedad de cautivar las malas sombras.

Como si todo lo anterior no fuera suficiente, también existen distintos niveles de “pavosidad”. Y el venezolano posee un instinto natural para identificar lo “pavoso” y clasificarlo en una escala según la intensidad de las malas energías que esto irradie.

Esas cosas como tener un monigote de Simón Bolívar en cualquier parte de la casa; referirse a las prostitutas como “mujeres de la vida”; usar peluquín, abrir un paragua cuando no llueve o quebrar un espejo serían ligeramente pavosas.

Medianamente pavoso sería algo así como forrar la tapa de la poceta; usar alpargatas con medias; tener un loro en el cuarto; un botuto tricolor y de ocho estrellas que diga “I Love Margarita” en la sala; agarrarle cariño a un morrocoy o una gallina; comer arepa con cubiertos y bailar reggaetón viéndose los pies.

Muy pavoso sería el “Museo vial de La Pira” o la pirámide rosada con los indígenas que hizo Juan Barreto en la “Valle-Coche”; maquillarse como Tarek William Saab; predicar sobre el socialismo vestido de “Gucci” como Pedro Carreño; recitar los poemas de Isaías Rodríguez o escuchar cualquier canción compuesta por Roque Valero.

Lo que sobrepasa todos los niveles de “pavosidad” son cosas como interrumpir el descanso eterno del Libertador para jurungarle la osamenta en cadena nacional; adornar ciudades y pueblos con los ojitos de la momia del Cuartel de la Montaña por todos lados; levantar estatuas del galáctico; proclamar que un muerto vive y la lucha sigue; o convocar una Asamblea Nacional Constituyente sin el consentimiento de la masa votante. Esa vaina si es la “pava ciriaca” y eso no se quita ni con el famoso “cariaquito morado” ni con despojos.

Aún quedan muchas páginas por ser escritas sobre este curioso padecimiento de la “pava”, los índices de “pavosidad” de las cosas y la penas de los “empavados”. Lo cierto del asunto es que cuando a uno le cae la “pavita” se convierte en protagonista de historias cuyos finales suelen ser trágicos y desbordados de sufrimiento.

Hasta las más venerables instituciones e individuos han terminado en la ruina tras caer bajo tan ominosa catalogación de “empavado”, especialmente cuando se trata de la “pava ciriaca”.

Está vez la culpa no la tuvo la “pavita”, ellos se empavaron solitos.