“El Violinista” por Jimeno Hernández.

En los primeros días de mayo llegó a Barinas la noticia de lo acontecido en Caracas el 19 de abril de 1810. Cuando la gaceta informó que el Capitán General de Venezuela, Juan Vicente Emparan, había renunciado a su cargo y el Cabildo formó la Junta Patriótica, un joven catire decidió alistarse en las filas militares de aquella Provincia.

La pasión de aquel lozano aventurero jamás fue la guerra, pero le tocó vivir en tiempos de beligerancia y no le quedó otra que enredarse en los tejemanejes de tan complicada época. Durante aquellos turbulentos años no se podía ser lo que uno quería sino lo que se debía, la única opción era escoger bando, empuñar las armas y sobrevivir al conflicto.

En los llanos aprendió a domesticar novillas, cuidar vacas, ordeñar y hacer queso; a enlazar potros cimarrones, domarlos y transformarlos en compañeros de trabajo; a criar ganado, levantarlo y cebarlo para la venta. Esas eran las cosas que mejor sabía hacer, pero su verdadero amor era la música.

Al ordeñar cantaba tonadas para tranquilizar a los animales, arreaba el rebaño silbando y, aunque no se atrevía a contrapuntear, tocaba las maracas y disfrutaba zapateando al son del cuatro, arpa y capacho. La llanura y su deleite por la melodía fueron su vida hasta que se convirtió en soldado por el bando patriota.

Para 1818 “El Libertador” Simón Bolívar necesitaba un aliado en su quijotesca aventura de la emancipación. Por ello buscó reunirse con el líder indiscutible del Ejercito del Casanare, una horda de llaneros que cabalgaba a pelo y tenía como únicas armas cabestros de cuero, machetes y largas ramas amoladas.

El 31 de enero de aquel año, en un hato apureño llamado “Cañafistola” cercano a la población de Achaguas, el camino del Libertador se cruzó con el de José Antonio Páez, el protagonista de nuestro relato. Después de la decisión de unir fuerzas bajo el comando del caraqueño, ambos celebraron con un festín de carne en vara y un baile al descampado a la luz de las piras y la melodía de un buen joropo.

El caudillo llanero era hombre sencillo y vulgar, o por lo menos así lo pensó Bolívar cuando lo conoció en persona. Aquella noche llegó el Libertador sobre un corcel blanco, emperifollado de doradas charreteras y escoltado por una brigada de la legión británica impecablemente uniformada. Páez lo recibió sin cortejo, sin discurso, sin camisa, en tucos y alpargatado pues era un tipo rústico, inculto, de vocabulario limitado y de escasos modales, casi un salvaje.

De aquel momento en adelante su estrella fue ascendiendo rápidamente. Bolívar lo condecoró con la “Orden de los Libertadores” después de la Campaña del Apure y la victoria en Las Queseras del Medio. Y en el campo de la Batalla de Carabobo lo nombró General en Jefe del Ejército y máxima autoridad militar del Departamento de Venezuela.

En 1830, una vez fracturada la Gran Colombia, se convirtió en el primer Presidente de la Republica y dirigió los destinos del país ejerciendo la más alta magistratura en tres ocasiones.

Lo que poca gente sabe del General José Antonio Páez es que para 1873, cuando murió a la edad de 82 años en la ciudad de Nueva York, era escritor, poliglota y músico talentoso.

Su verdadera hazaña personal, además de haber sido Libertador y Presidente, fue la de cultivarse como individuo. Se convirtió en ávido lector y fue enriqueciendo el léxico y sus conocimientos sobre la Historia Universal; escribió una autobiografía que es testimonio histórico único de los primeros 50 años de la historia de la República Independiente; aprendió a hablar Inglés y Francés; fue alumno de Agustín Codazzi, de quien aprendió lo suficiente de botánica para crear un tipo de rosal cuya flor hoy lleva el nombre de “Rosa Páez”; y decidió cambiar las maracas que tocaba en sus mocedades llaneras por los finos sonidos del piano y el violín hasta el punto de interpretar piezas de música clásica y componer.

También fundó en su casa de Valencia, lo que fue quizás el primer grupo de teatro de la ciudad. Inaugurándolo con una función de la tragedia “Otelo” escrita por William Shakespeare y siendo él mismo uno de los actores principales en compañía de Miguel Peña y Carlos Soublette, entre otros.

Durante los años de su madurez como político pudo dedicarse a su verdadera pasión. Aprendió teoría y solfeo, armonía, formas y estilos musicales, se le quitó el miedo a cantar y aprendió a tocar el piano y el violín.

Compuso varias piezas y en el Museo Histórico Nacional de Argentina se puede ver un cancionero de obras inéditas de su autoría en el cual figuran algunos fandangos, o joropos con múltiples voces y más de dos arpas.

El General Páez debería ser recordado, más que por sus logros en tiempos de guerra y enredos de la política nacional, por el espíritu del hombre que no celebró su ignorancia sino que se avergonzó de ella y logró superarla con esfuerzo y estudio.

Tal vez la mejor virtud del “Centauro de los llanos”, muy por encima de su valentía como guerrero y sus méritos como Libertador o Presidente, fue su empeño por mejorarse como individuo y caballero al profundizar su cultura.

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