Jimeno Hernández: El cáliz envenenado.

La fría noche del 18 de febrero del año 1906, alguien irrumpe en el Palacio Arzobispal de Caracas ubicado entre las esquinas de Gradillas y Las Monjas.

El intruso camina silencioso por el pasillo hacia la capilla y, al escuchar una voz, se esconde en uno de los confesionarios. Allí se oculta durante un par de horas hasta cerciorarse que todos en el recinto se encuentran dormidos. Entonces se aproxima al altar y se persigna ante Cristo. Luego cruza el umbral de la sacristía, ese que únicamente pueden atravesar curas y monaguillos.

Adentro de la sacristía busca la vinajera y al encontrarla procede a desparramar, en su interior, una buena dosis de nitrato de plata, una sal inorgánica que al ser ingerida causa vómitos; espasmos estomacales; corrosión del sistema intestinal y hasta la muerte. Una vez cometida la fechoría, el intruso escapa sigilosamente por una de las ventanas del Palacio y se funde entre las sombras de la Plaza Bolívar.

A primeras horas del día siguiente, el Arzobispo de Caracas, Monseñor Juan Bautista Castro, ofrece la Santa Misa y, al momento de la eucaristía, bebe del vino envenenado frente a todos. Al probarlo se percata que está contaminado, pero decide tragárselo pues el brebaje ya ha sido consagrado. No puede escupir la sangre de Cristo frente a los fieles por más emponzoñada que esta se encuentre, eso sería un sacrilegio.

Monseñor es hombre bueno y un extraordinario sacerdote, ejemplo de entrega, de amor y de virtudes. Es por ello que no le teme a la muerte, sabe que es parte natural de la vida y que todo lo que nace debe algún día perecer, esa es la voluntad de Dios Nuestro Señor.

Huérfano desde los nueve años de edad y sumido en la pobreza, creció al calor del ejemplo de los venerables que visten las ropas de la Iglesia. Una vasta educación y su tenaz hábito de trabajo sirvieron de martillo y cincel para esculpir un personaje fenomenal en cuya alma no tardaron en florecer las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad.

Dueño de espíritu cultivado y una inteligencia prodigiosa, ha resaltado como orador y escritor acumulando méritos poco comunes gracias a sus sabios sermones y los trazos de una pluma talentosa. Además de cura también es periodista pues fundó un rotativo llamado “El Ancora” cuyo lema es: –Nuestra gloria consiste en ser hijos sumisos de la Santa Sede por la fe, por el amor y en estar estrechamente unidos a ellas sin reserva ni disimulación alguna.- Y como uno no le fue suficiente, también formó el diario “La Religión”, un espacio para predicar su amor y respeto por el sacramento de la eucaristía.

Su vida podría llegar hoy a su final pues ha bebido del cáliz envenenado. Él se ha tragado el sorbo pues no le teme pasar a otra vida, a sus sesenta años ha gozado de una larga existencia y es autor de una vasta y admirable obra.

Suena la flauta del amolador y ladran los perros a las afueras del Palacio para interrumpir el silencio de la Santa Misa y los pensamientos de Monseñor. Este toma un respiro profundo y vuelve, por un efímero instante, a sus reflexiones: -Os habéis consagrado a Dios completamente y no debéis vivir sino para darle gloria en la inmolación continua-

El hombre no apura la comunión ni la oración después del sacramento. Tampoco apura la plegaria de despedida, la bendición del rebaño o los anuncios parroquiales.

Es después de terminar la Santa Misa que Monseñor procede a reposar en el lecho y esperar su inevitable fallecimiento. Entonces aprovecha, los que presiente serán los últimos momentos de su existencia, para escribir una carta al Presidente Cipriano Castro, a quien, gracias a Dios, no se encuentra atado por vínculos familiares.

En esta le cuenta que una mano misteriosa ha tratado de envenenarlo con el vino de consagrar y acusa, sin pensarlo dos veces, al presbítero Marcelo Maldonado, hombre cuyas diferencias con el Arzobispo de Caracas le acarrearon consecuencias por demás desagradables y lo llevaron a ser despojado de la sotana por orden de la Santa Sede.

Mi respetado y general y amigo:

Ha vuelto a Venezuela el padre Maldonado y está en Caracas. Usted sabe que ese sacerdote me profesa un odio mortal…Y ya que le hablo de peligro y temores, quiero participarle también que una mano enemiga puso ayer en el vino con que iba a celebrar la Santa Misa una buena cantidad de nitrato de plata con la intención de envenenarme o causarme grave daño…El autor de esta maldad no es ninguno de los que viven conmigo en el Palacio; de eso estoy seguro.

Conocí el hecho en el acto apenas probé el vino…A Dios gracias nada me ha sucedido aún. El Señor me ha librado y lo libre a usted también siempre, mi general y amigo, de las acechanzas de sus enemigos.

                                                              Juan Bautista.

                                                        Arzobispo de Caracas.