Jimeno Hernández: ¡Abajo con las estatuas del tirano!

 

El 26 de octubre del año 1889 sucedió lo inesperado en la apacible ciudad de Caracas. Después de casi dos décadas de autocracia, una masa liderada por los estudiantes universitarios decidió tumbar las estatuas del General Antonio Guzmán Blanco, episodio que marcó un hito en nuestra historia republicana y sirvió de punto y final a la era del “Guzmancismo” en Venezuela.

A continuación algunas de las palabras publicadas en los periódicos de aquella célebre e inolvidable fecha:

LA LIBERTAD, escrito por Rómulo Guardia.

La estatua del General Guzmán Blanco que se levantaba en la plaza entre la Universidad y el Capitolio, ha sido arrancada de su pedestal por los estudiantes y la juventud de Caracas.

La del Calvario cae en estos momentos tirada por los brazos de los hijos de Caracas, a los gritos de viva Rojas Paúl y muera Guzmán Blanco. Mas de dos mil ciudadanos derribaron hoy las estatuas de Guzmán Blanco y la justicia nacional se ha cumplido. Gloria al Gobierno que ha sabido respetar una vez más el sentimiento público.

 ¡Viva la Republica!…¡Viva la libertad!…!Viva Rojas Paúl

EL HERALDO LIBERAL, escrito por Isaac Salas.

Esta mañana, como a las diez horas, se reunió en la Plaza San Jacinto un pequeño grupo de ciudadanos, que fue creciendo hasta llenar todo el espacio que media entre el Capitolio y la Universidad. En este estado adoptaron la resolución de derribar la estatua del señor General Guzmán Blanco, que se hallaba en dicho lugar, y comenzó acto continuo la operación.

Al saberlo el señor Gobernador del Distrito envió inmediatamente al Prefecto de la parte oriente, General Giuseppe Monagas, con el fin de evitar aquel procedimiento. El General Monagas no pudo impedir el hecho, a pesar de grandes esfuerzos, pues reinaba en ese inmenso gentío el propósito irrevocable de verificar la demolición a todo trance.

Contenerlo por la fuerza hubiera costado desgracias inevitables; y ante esta circunstancia se sintió impotente la autoridad municipal, quien se vio ahogada por aquel concurso de ciudadanos.

La estatua vino abajo y de allí se dirigió el grupo al Calvario, en donde había otro grupo reunido, y juntos tumbaron la del mismo personaje que allí había.

Crecieron en la ciudad los grupos; bajaron aquellos, y todos se dirigieron a la plaza “El Venezolano”, echando seguidamente por tierra la estatua del señor Antonio Leocadio Guzmán.

EL ECO ANDINO, escrito por J.M Vargas Vila y Ulises Anselmi.

Un día que anunciaba ser insignificante y fue grandioso. Día de cóleras sublimes y de justicias supremas. Día en que el honor nacional acabó de alcanzar la frente y el despotismo la acabó de inclinar para no levantarla jamás. Nada anunciaba que esta fecha fuera a ser clásica. No hubo ni el presentimiento que precede a los grandes acontecimientos.

 El día amaneció sonriente, la población entregada a sus quehaceres: las estatuas, esas próximas victimas, inconmovibles en sus pedestales; una mirando al Capitolio, cual si soñara todavía con el poder; la otra deforme y severa, sobre la colina del Calvario, cual si soñara con el dominio.

Mas, he aquí que un grupo de jóvenes universitarios que se acerca a la estatua ecuestre del antiguo César, le pone un dogal al cuello y la templa. El César de cobre vaciló: un esfuerzo más y el inmenso muñeco vino a tierra, caballero y caballo cayeron produciendo un estruendo, la ciudad toda sintió aquel ruido, y al saber la causa, delirante de gozo, abandonó sus quehaceres para ver la conclusión de esta obra…Quedaba en pie aún la del Calvario.

El mismo grupo de jóvenes, aumentado con algunos más, se dirigió a aquella colina para aplicar la soga al cuello de aquel otro ajusticiado de metal.

El espíritu eminentemente nacional que había animado el movimiento, comenzó a reiterarse y empezó a alentarlo el infecundo pero ardiente espíritu del partido.

La multitud se dirigió a la plaza “El Venezolano” y osó poner la mano sobre una tercera estatua, la del fundador del Partido Liberal, Don Antonio Leocadio Guzmán. El recuerdo de su gloria y la sombra del Partido Liberal debieron estar allí para protegerlo, pero no obtuvo piedad: su estatua rodó arrastrada por el mismo torbellino que estrellaba contra las piedras de la calle los tristes monumentos de su hijo.

EL COMBATE, escrito por Eduardo O´Brien.

¡El guante está arrojado! Las estatuas han caído de sus pedestales entre los hurras del pueblo y los gritos de triunfo de la juventud. Ha sonado la hora de la Rehabilitación Nacional. Ha llegado el instante de levantar el espíritu público. Y ese espíritu público se ha levantado.

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