Jimeno Hernández: La Gran Crisis de Marzo II “La Cortada del Guayabo”

El General Joaquín Crespo ha ensillado el caballo en su hato “El Totumo” y anunciado al país que marchará hacia Caracas apoyado por las fuerzas de los generales Abreu, Baptista, Colina y Fonseca.

Ha llegado la hora de la chiquita y Raimundo Andueza Palacio no confía en ninguno de los generales que conforman las filas militares. Su mejor opción es nombrar al puertorriqueño Sebastián Casañas, Ministro de Relaciones Interiores, alguien que no tiene experiencia en batalla y cuyo único mérito es ser su mano derecha y compinche de tragos, como General en Jefe del Ejército del Gobierno.

El caudillo llanero se burla de la decisión diciendo:

-En Venezuela ya nadie pelea, hasta los gallos para que peleen hay que traerlos de Puerto Rico.-

El General Casañas sale a luchar contra Crespo y de su éxito o fracaso depende la vida del gobierno, pero su aventura militar será corta y desafortunada. Las tropas del Gobierno llegan hasta el sitio de La Puerta y se internan en los llanos sin mucha resistencia, Crespo no las enfrenta y hace que lo persigan hasta San Fernando de Apure.

El 15 de abril, viernes santo, se enfrentan en el combate de “Jobo Mocho” y el “Tigre de Santa Inés” se apunta la victoria que marcará el principio del fin para las aspiraciones continuistas de Andueza Palacio.

Una vez derrotado su hombre de confianza, Don Raimundo se ve obligado a recurrir a los Generales Domingo Monagas, dueño de una tropa de dos mil orientales, Julio Sarria, su Ministro de la Guerra, y Luciano Mendoza, líder de una tropa de mil negros barloventeños. No confía en ellos y sabe que le pueden echar una vaina, pero no le queda otra opción que colocar los destinos del gobierno en sus manos.

La maniobra política de llamar a elecciones para una Asamblea Constituyente que sustituya al disuelto Congreso le ha resultado infructuosa, Casañas ha sido vencido y las fuerzas revolucionarias marchan, con prisa y sin pausa, hacia Caracas.

El pánico se hace sentir entre los habitantes de la ciudad de los techos rojos cuando las tropas legalistas acampan en el sitio de “La Cortada del Guayabo”. Es cuando las fuerzas de Crespo amenazan con sitiar Caracas que a los generales del gobierno les cae la locha, la principal razón de la guerra estriba exclusivamente en la permanencia del Raimundo Andueza Palacio en la Presidencia de la República. Si le arrebatan el mando, se acaba la guerra.

La mañana del 15 de junio, Monagas y Sarria le plantean al Presidente Andueza la urgente necesidad de su renuncia, le señalan la puerta de su despacho y, sin derecho a réplica, le comunican que debe abandonar el país. Él acepta irse de Venezuela si se cumplen ciertas condiciones.

Al día siguiente, después de una reunión infructuosa con sus Ministros y el Consejo Federal en la que busca jueces y solo encuentra verdugos, finalmente Andueza Palacio es despojado del poder. Monagas le anuncia que será despedido, a la brevedad posible, en los muelles del puerto de La Guaria con honores presidenciales.

-¡Me rinden honores los mismos canallas que me echan!- exclama colérico.

El Consejo Federal procede a nombrar a un anciano jurista y educador como nuevo Presidente de la República. La Presidencia la desempeña Guillermo Tell Villegas y el poder lo tienen Mendoza y Monagas, un nuevo triunvirato que sustituye al de Andueza, Batalla y Casañas.

El nuevo gobierno envía un comisionado hacia “La Cortada del Guayabo” con un papelito que dice:

-Ya sacamos a Raimundo Andueza Palacio y el nuevo Presidente de la República es Guillermo Tell Villegas, ha llegado la hora de negociar.-    

Empieza entonces un ir y venir de comisiones portadoras de mensajes y propuestas entre el campamento de la “Legalista” en “La Cortada del Guayabo” y la Casa Amarilla. Los generales en Caracas ofrecen un cese a las hostilidades para que se reúna el Congreso Nacional con el propósito de nombrar a un nuevo Presidente de la República, pero Crespo rechaza cualquier autoridad que no sea la suya y se niega a reconocer poder distinto al de su Revolución.

El supersticioso llanero piensa que para lograr la consagración de Jefe Supremo del Liberalismo Amarillo y convertirse en el legítimo heredero del poder, tiene que protagonizar el horrendo episodio de la guerra y hacer su marcha triunfal a Caracas, como lo hicieron Juan Crisóstomo Falcón en 1868 y Antonio Guzmán Blanco en 1870.

El llanero quiere guerra y guerra tendrá. La ofensiva del gobierno es brutal y entre Mendoza y Monagas diezman al temido Ejército Legalista en el sitio de “La Cortada del Guayabo”. Crespo observa estupefacto como sus columnas se debandan y se dividen para correr en todas direcciones. Por vez primera, el hombre imperturbable, cuya tranquilidad de ídolo es fuente de fe para sus tropas, duda de su estrella.

Los próximos meses transcurrirán lentos y perezosos en una lucha entre débiles, un gobierno que no puede someter a una revolución y una revolución que no puede derrocar al gobierno.

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