Jimeno Hernández: La gran crisis de marzo.

El Presidente Raimundo Andueza Palacio piensa que un bienio es poco tiempo para disfrutar de las mieles del poder y disponer de la “cajita de los reales”. Su mandato se encuentra próximo al término y tanto él como su camarilla adelantan maniobras con el objetivo de perpetuarse en el poder.

Un par de años le han bastado al “Castelar Americano” para olvidar la vida humilde que alguna vez llevó y acostumbrarse a los placeres de ser cacique, manejar el Tesoro Nacional y despachar desde un lujoso salón del Club Venezuela.

Allí suele reunirse con los todopoderosos de su gobierno, los señores Sebastián Casañas, Francisco Batalla y Vicente Amengual. Alrededor de una mesa de dominó, entre copas del mejor brandy y la humareda de buenos tabacos, charlan sobre lo delicioso que sería gobernar los destinos de la República durante un rato más.

Andueza debe entregar la Presidencia el 20 de febrero de 1892, fecha pautada para la instalación del Congreso Nacional. La fórmula de la permanencia en el poder la ha sugerido Amengual en una de sus tertulias, una reforma constitucional que estire el periodo presidencial a cuatro años y le permita ser reelegido para el cargo.

Será el mismo Amengual quien se encargue de redactar el proyecto de la reforma constitucional e impulsar su aprobación en las cámaras del Legislativo. La clave del plan radica en lograr el ejecútese al proyecto de ley en la primera sesión ordinaria del Congreso Nacional.

En aras de garantizar el éxito del proyecto continuista, procede Casañas, como Ministro de Relaciones Interiores, a enviar, el día 31 de diciembre de 1891, una comunicación dirigida a los Jefes Políticos de cada uno de los Estados de la República.

Este documento dice lo siguiente:

 El 20 de febrero es el día fijado por la Constitución para la instalación del Congreso Nacional. Celoso el Presidente de la República del estricto cumplimiento de todo principio legal que merece siempre singular atención el que se contrae a la reunión de aquel Augusto Cuerpo; le es mayor su empeño en la ocasión presente, que tal acontecimiento suceda en la época que la ley lo determina, por cuanto el ministerio del mismo pacto federal y por mandato solemne y especial de los pueblos, toca al Congreso Nacional en su próxima reunión ordinaria, sellar definitivamente el proceso de la Reforma Constitucional iniciada por él mismo en sus sesiones del año que hoy termina.

 En tal virtud, el Supremo Magistrado me ha encargado llamar a la atención de usted sobre esta importante materia para encarecer le sirva de convocar a los ciudadanos Senadores y Diputados por su Estado a fin que vengan a ocupar sus puestos en los salones de la Representación Nacional.

 El país fía al patriotismo y al acierto del Congreso de 1892, la refrendación definitiva del pensamiento más trascendental que viene fijando la expectativa pública durante casi tres años, por lo cual cree el Gobierno que jamás fue más perentoria, ni más urgente, la actividad del Poder Soberano para que concurra en la Capital la fecha citada.

 Los planes del Presidente Andueza y su camarilla se desmoronan la mañana del 20 de febrero. El gobierno ha sacado cálculos y sabe que no cuenta con los votos suficientes para la aprobación del proyecto continuista, entonces las cámaras del Poder Legislativo no pueden instalarse. El Ministro de Obras Públicas clausura temporalmente la sede del Congreso Nacional argumentando que el mal estado de los techos de las salas de sesiones representan un riesgo a la integridad de los parlamentarios.

La chispa que enciende el polvorín de la crisis política se produce aquella misma tarde. El Presidente de la República no hace entrega formal del Poder Ejecutivo al Doctor Urrutia, máxima autoridad de la Alta Corte Federal, como lo establece la Constitución.

Manuel Modesto Gallegos, emisario del General Joaquín Crespo, le ha entregado personalmente un mensaje al Presidente a principios de mes en la Casa Amarilla.

-Si usted no entrega el poder el 20 de febrero yo le hago la guerra porque sería una usurpación y conmigo está el país.-

 Al día siguiente amanecen las esquinas de Caracas plagadas de pasquines y folletos firmados por el “Tigre de Santa Inés”. En estos alega que Raimundo Andueza Palacio es inquilino moroso en la Casa Amarilla y le anuncia a la ciudadanía que, en cumplimiento de sus deberes como Liberal y soldado de Venezuela, prestará su espada para defender la legalidad y no descansará hasta restablecer el hilo constitucional.

El 3 de marzo, los miembros de la oposición parlamentaria encabezada por los Generales León Colina, Gregorio Riera, Raimundo Fonseca, Ovidio Abreu, Ramón Ayala, Jacinto Regino Pachano, Carlos Rangel Garbiras y los doctores Laureano Villanueva, Jesús Muñoz Tébar, Rafael López Baralt y Francisco Eugenio Bustamante, denuncian que Andueza pretende dar la espalda al principio de alternabilidad en el ejercicio del poder público.

La mayoría del país rechaza el proyecto continuista, lo califica de escandaloso y considera que el Congreso, como poder soberano y fuente de la más genuina representación de los pueblos, no puede ni debe sancionarlo.

La mañana del 10, los comerciantes de Caracas liderados por Manuel Antonio Matos, le solicitan a Andueza Palacio que facilite una solución política con el fin de salvar a Venezuela de la ruina que la amenaza.

El usurpador le responde a Matos y le informa sobre la última fórmula que ha propuesto a la oposición, todos quienes apoyen la inmediata vigencia de la reforma constitucional y su reelección como Presidente de la República se les garantizará seguridad personal durante su gobierno, quienes no lo hagan sufrirán las consecuencias.

Semejantes imposiciones profundizan el trance, cierran las puertas del dialogo y hacen estallar una crisis institucional sin precedentes en los anales políticos de nuestra historia republicana.

La mañana del 14, con el objetivo de comprar tiempo, Andueza Palacio publica un manifiesto dirigido a los venezolanos. En este se autoproclama como “El conductor de la Revolución Liberal Rehabilitadora” y denuncia la existencia de una conspiración por parte del Poder Legislativo. Acusa a los parlamentarios de ser cómplices de la “impenitente oligarquía” que se empeña en destruir las conquistas del Partido Liberal, les niega el derecho a juzgar o contradecir la inmediata vigencia de la reforma constitucional, disuelve el Congreso y convoca a elecciones para una Asamblea Constituyente.

Presiento la más terrible catástrofe, preparada sigilosamente contra la Causa Liberal, en que ha de perecer la Federación, con sus grandes conquistas, porque un grupo de hombres en el mismo seno de la Representación Nacional, por ambiciones personales, por odio al gran Partido Liberal, promueven la tercera y más inmoral de las fusiones, que como las de 1858 y 1868, cubriría a la República de sangre, de ruinas y de desolación, grupo siniestro, engendro hibrido de la más desenfrenada ambición y del más antipático de los proyectos.

 Cuando Sebastián Casañas le comunica a la Alta Corte Federal y la Corte de Casación que Andueza Palacio planea convocar una Asamblea Constituyente para sustituir al disuelto Congreso Nacional, estas declaran lo siguiente:

El doctor Raimundo Andueza Palacio, en convivencia o complicidad con unos cuantos ciudadanos ha usurpado el poder, atropellando la constitución y violando el juramento que prestó de respetar y hacerla respetar y considerando que Raimundo Andueza Palacio y sus cómplices han atropellado la majestad de la Nación desconociendo la autoridad del Congreso y persiguiendo a los representantes del pueblo, considerando que estos hechos constituyen el más grave delito que conocen las leyes venezolanas, La Alta Corte Federal y la Corte de Casación acuerdan lo siguiente: suspender los trabajos y sesiones hasta que la Nación recobre una legitima autoridad, excitar a todos los Tribunales de la República, a que en complemento de la ley, procedan de la misma manera y protesten solemnemente ante el país por el crimen consumado.  

 Esta es la señal que esperaba el General Crespo, quien desde su hato “El Totumo”, ubicado en las planicies de Guárico, inicia su empresa bélica como defensor de la Constitución en su “Revolución Legalista”.

La mesa esta servida para la guerra en Venezuela, pero esta vez será entre dos bandos del Partido Liberal Amarillo.

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