Jimeno Hernández: Un horrendo crimen en Miraflores X “El cómplice”

La mañana que encontraron el cadáver de Don Juancho, Encarnación Mujica tenía que abandonar Caracas lo más rápido posible y así lo había planeado.

Conocía sobre los terribles maltratos que recibían los enemigos del General Gómez en la cárcel. Desde que laboraba en Palacio oía horribles leyendas sobre lo que le hacían a los presos en La Rotunda, los grillos, los colgamientos, los azotes, el tortol, la sal en las heridas para evitar las gusaneras y los pavorosos tormentos de la sed y el hambre.

Se había cansado de ver a los familiares de los presos en los alrededores de Miraflores, en su mayoría mujeres, todas protagonistas de los más tétricos relatos y en espera de audiencia para solicitar la libertad del hijo, del hermano o el marido. No deseaba que su madre tuviera que ser una de esas pobres damas y tampoco ansiaba correr la misma suerte de los cautivos.

Estaba embarrado hasta las rodillas en el asunto del asesinato del Gobernador de Caracas y Primer Vicepresidente de la República, no le quedaba otra opción que desaparecerse del mapa antes que lo cogiera la policía. Solo tenía que salir del Palacio y todo estaría bien, así se lo habían prometido.

Al momento de convencerlo para que participara en el crimen le dijeron que el plan sería de lo más sencillo. Solo tenía que mezclar el guarapo de Don Juancho con un somnífero que lo sumiría en el más profundo sueño. Eso era lo único que él tenia que hacer.

-Eso es todo lo que usted hará, le colocará dos cucharaditas del liquido de este frasquito y más nada. Después de servirle el papelón con limón se desaparece de las cercanías de la habitación de Don Juancho, del resto se encargarán otros.-

 -¿Solo dos cucharaditas y ya? ¿No tengo que hacer más nada?- preguntó a la persona que le dio las instrucciones.

-Si, dos cucharaditas nada más, no se vaya a pasar de la dosis porque después el guarapo le queda amargo y no se lo bebe.-

El día del homicidio Mujica pasó desde tempranas horas de la mañana monitoreando todos los movimientos en Miraflores. La rutina fue igual a la de todos los días, pero las celebraciones de San Pedro y San Pablo tenían a la tropa en alborozo y más pendiente en las fiesta de la Plaza Bolívar que lo que sucedía adentro de Palacio.

Fue al caer la tarde que se enteró, por boca de Doña Regina, que Don Juancho iría al Teatro Olimpia para ver la función de las 7:30 y había que enviar el carro a buscarlo a las 11:00 para regresarlo a Miraflores.

El camarero atendió a Doña Regina mientras esta jugó a las cartas con las amigas durante un par de horas. A eso de las 9:30 se terminó la partida de baraja y ella se retiró a su habitación, entonces Mujica se encargó de recoger todo y se dirigió a la cocina, allí esperó hasta que el auto saliera a buscar a Don Juancho en el Olimpia.

Antes que el reloj marcara la medianoche pudo sentir el motor del vehículo y el saludo de los centinelas, entonces sacó el frasquito de su bolsillo, le sirvió dos cucharaditas a la taza de papelón con limón, revolvió la pócima y salió apurado para esperar a Don Juancho en la puerta de su habitación.

Cuando escuchó los pasos del General en el pasillo y lo vio aproximarse sintió como si le clavaran una aguja de hielo en el pecho. Se puso nervioso, empezó a sudar y tuvo que esforzarse para evitar que le temblara la bandeja y el contenido del pocillo se rebosara.

-Buenas noches mi General, aquí está su guarapo.-

 -Gracias Encarnación.- le respondió Don Juancho antes de agarrar la taza humeante, soplarla y beber un largo sorbo.

 -Está amargo este guarapo.- dijo después de probarlo.

 La frase le congeló la sangre a Mujica y, pensando que el plan había fallado y no tardaría en ser puesto tras las rejas, respiró profundamente, tragó saliva y dijo lo primero que se le vino a la cabeza.

 -Mucho limón y poco papelón mi General.-

 Después de pronunciar aquellas palabras hubo un segundo de silencio que pareció eterno al son del murmullo de la fuente, más de mil escenarios se dibujaron en su mente mientras Don Juancho lo miraba a los ojos sin responder.

 -Debe ser eso… que pase buenas noches y gracias por el guarapo.- dijo el General para serenar los nervios del camarero y acabar con los tormentos de su conciencia.

Vio como el jefe entró a su habitación con la taza en la mano y dejó la puerta entreabierta. Entonces dio media vuelta y se dirigió a la cocina para dejar la bandeja e irse directo a su cuarto a dormir. Su parte ya estaba hecha y no había dejado ni un cabo suelto, tan solo le quedaba encerrarse en su recámara, apagar la luz y esperar hasta el día siguiente.

Aquella noche le fue imposible conciliar el sueño, pero evitó moverse en la cama o hacer cualquier tipo de ruido para que nadie pudiera decir que había estado despierto mientras asesinaban a Don Juancho.

Los segundos parecieron minutos y los minutos horas mientras esperaba que en cualquier momento sonara un pito, empezaran los gritos de los guardias y se formara un despelote, pero no sucedió absolutamente nada.

A las 5:15, con las primeras luces del alba, se apareció en la cocina y allí estaba Cecilia Peraza, una de las cocineras, colando café.

-Buenos días Encarnación.-

 -Buenos días Doña Cecilia, vine a buscar el café del General.-

 -Aquí está, tinto y dulce como a él le gusta.-

 Entonces Mujica se enfiló por el pasillo hacia el cuarto de Don Juancho y se paró en la puerta a esperar que este saliera, allí estuvo con la taza de café durante una hora sabiendo que el General no saldría caminando de su habitación pues ya estaba muerto.

De todo esto se recordaba el moribundo Encarnación Mujica segundos antes de confesarle sus pecados al Prefecto Carvallo en La Rotunda.

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