Jimeno Hernández: Un horrendo crimen en Miraflores IX “La varita mágica.”

Más de ocho horas, guindado por las muñecas, con los grillos remachados en sus pies y violentamente azotado, pasó Encarnación Mujica la noche del sábado 30 de junio. A eso de las tres de la mañana, cuando ya estaba inconsciente y la banda marcial de La Rotunda se cansó de interpretar el Himno Nacional, decidieron bajarlo y llevárselo arrastrado de vuelta al calabozo.

En una húmeda y pestilente mazmorra pasó el domingo 1ro de julio sin poder moverse a causa de los hierros y el dolor de las heridas en su espalda, torso, brazos y piernas. Con el cuerpo desgarrado y la cara irreconocible por los golpes y moretones, el reo se echó en el gélido piso y rezó para que la muerte se lo llevara antes que lo guindaran otra vez en la sala de interrogatorios.

A las seis y media de la tarde pudo escuchar los pasos de los guardias de La Rotunda, estos venían a buscar otra tanda de reclusos para ser cuestionados. Él conocía el terrible destino que sufriría el próximo en ser sacado de su celda y se compadecía de quien le tocara ser guindado aquella noche en su lugar. Aún no podía creer que había sobrevivido a semejante paliza y se consolaba pensando en que ya lo peor había pasado.

-Pobre diablo, no sabe lo que le viene.- pensaba Encarnación mientras escuchaba los pasos de los guardias, pero su imaginación se congeló cuando estos se detuvieron frente a su celda y uno de ellos sacó el manojo de llaves de su bolsillo y abrió la reja de su calabozo.

Te toca otra vez Mujica, el Prefecto Carvallo sabe que hay algo que no le has contado y te está esperando donde mismo-.

El preso estalló en llanto y súplicas al darse cuenta que Dios no había escuchado sus plegarias. -Yo no sé nada… juro que no sé nada…por favor…prefiero que me maten ahora mismo a que me vuelvan a torturar…yo no sé nada…yo no sé nada…lo juro.- gritaba el hombre mientras lo conducían, una vez más, hacia la sala de interrogatorios.

Allí lo esperaba Carvallo, quien apenas al verlo le dijo: -Ay Mujica… Tú sabes algo que no me has contado y ya me lo vas a contar. Una de las cocineras me dijo que fuiste el camarero que le sirvió el guarapo a Don Juancho antes que se acostara a dormir.-

-Si, si, yo le serví el guarapo antes que se acostara a dormir, pero así lo he venido haciendo desde que trabajo en Miraflores, todos los días a las seis de la mañana el café y su guarapo de papelón con limón a la hora que llegara a Palacio…pero yo no sé nada…se lo juro que yo no sé nada.-

Carvallo lo vio a los ojos por un breve instante, se afiló las puntas del bigote y dejó escapar una carcajada.

-¿Y porque no dijiste eso anoche cuando estabas aquí colgado? Encarnación, tu estas escondiendo algo y ya vas a cantar.-

Entonces se volteó y le dio la orden a sus esbirros para que lo guindaran.

Le colocaron el gancho en las ataduras y jalaron la soga para suspenderlo, una vez más, por las muñecas con el peso de los grillos en los pies. Durante dos horas le dieron fuetazos sin hacer muchas preguntas y Mujica no dijo nada.

A Carvallo se le agotó la paciencia cuando los guardias se cansaron de darle azotes y tuvieron que detenerse a tomar un respiro.

-¡Muérgano! Como tu no dices ni pío con los cueros ahora te vamos a dar con una vaina que llamamos el tortol.-

Este instrumento era uno de los métodos más efectivos que manejaba el Prefecto para extraer información, un garrote dotado de un anillo metálico en uno de sus extremos que utilizaba para torcerle los testículos a los reclusos.

-¿Ves esto? Esta es mi varita mágica y con ella hago que los pajaritos canten cuando me dé la maldita gana.-

-No…Por favor…le juro que no sé nada…le juro que no sé nada.- apenas pudo murmurar Mujica.

Mientras rogaba por piedad, los guardias le bajaron los pantalones y lo dejaron como el Señor lo trajo al mundo. Luego uno de ellos procedió a introducir el saco adentro del aro y comenzó a darle vueltas a la caña.

El primer vuelco, firme y rápido, hizo que Mujica dejara escapar un aullido espeluznante y perdiera la conciencia durante varios minutos. El mismo Carvallo tuvo que pegarle un hierro al rojo vivo en el abdomen para que despertara y así poder continuar con el interrogatorio.

-Habla Encarnación, si nos cuentas lo que sabes el General Gómez te perdonará la vida, así lo ha prometido, pero si te quedas callado vamos a seguir dándole vueltas al tortol y no saldrás con vida de aquí, tu lo sabes.-

 -¡Yo no sé nada!…¡Yo no sé nada!- chillaba el preso histérico y sacudiéndose como un pescado.

 -Dele otra vueltica al tortol a ver que pasa -. Ordenó el Prefecto.

 -¡No!…¡No!…¡No más!…¡No más!-

Otro torne del aparejo hizo que el cautivo volviera a soltar un alarido espantoso.   

-Por favor…no más…no más…le voy a decir lo que sé…le voy a decir todo lo que sé…no más…no más…por favor.- balbuceó Mujica antes de  volver a desmayarse.

 

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