Jimeno Hernández: Un horrendo crimen en Miraflores VIII: “El miedo se desparrama en Caracas”.

La noche del 30 de junio de 1923 fue larga y tenebrosa. La noticia del homicidio de Don Juancho y el inevitable espectáculo de su velorio y sepelio hicieron que el miedo se desparramara en Caracas como el aceite.

Los únicos en las calles y plazas fueron los policías que montaron alcabalas en las salidas de la ciudad y requisaron hoteles, pensiones y hogares. El más mínimo recelo era suficiente para que el Gobernador Hidalgo ordenara detención y traslado a la cárcel de cualquier sospechoso. Más de un centenar de aprehendidos terminó en los calabozos de La Rotunda aquella noche.

La brutal represión del Gobierno no pudo evitar que el plato más apetitoso a la hora de la cena, en todos los hogares de la ciudad, fuese el horrendo crimen acontecido en Miraflores. Pocos pudieron impedir conversar, entre susurros, sobre el siniestro hecho y formular sus propias conjeturas. Mucha gente quería ver muerto al General Juan Vicente Gómez y deseaba que toda la tribu andina lo acompañara al sepulcro, pero resultaba difícil creer que alguien hubiera podido colarse a un Palacio con tantos centinelas y rondines, matar a uno de sus familiares en el lecho y escapar sin ser detectado.

Ya se sabía que los primeros detenidos habían sido los guardias y criados de Miraflores. Mientras el “Benemérito” y los suyos enterraban a Juan Crisóstomo, los caraqueños presenciaron en estupor como estos fueron arrestados por el Indio Tarazona y trasladados hasta la prisión para ser interrogados. Tal escena no tardó en desencadenar todo tipo de rumores. Nadie podía entrar a Miraflores a menos que trabajara ahí o fuese un Gómez, y mucho menos en horas nocturnas. El asesino lo tenían adentro, de eso no cabía la menor duda.

A eso de las ocho, el eco de un salvaje alarido interrumpió las conversaciones en la intimidad de los hogares caraqueños. El pavor se apoderó de todo el mundo cuando, tan solo unos segundos después, la banda marcial de La Rotunda comenzó a interpretar el Himno Nacional. El retumbar de sus notas, al son de trompetas y redoblantes, les puso la piel de gallina y los hizo levantarse de la silla para trancar las ventanas y apagar las luces en el acto.

El pánico empezó al compás del Himno Nacional y los habitantes de la ciudad de los techos rojos entendieron que la música no tenía por objeto conmemorar la memoria de Don Juancho, esta sonaba para sofocar los gritos de los torturados en la prisión. Eternas parecieron las horas de miedo e intrigas al son del “Gloria al bravo pueblo”.

El domingo 1ro de julio Caracas amaneció distinta, casi en silencio. Antes de las seis de la mañana no había gente en la calle y únicamente pudo escucharse el cantar de los gallos y las guacharacas. Al igual que todos los días, las campanas de la Catedral sonaron a las seis en punto para llamar a la Santa Misa. Fue a esa hora que los fieles, vestidos de negro, salieron de sus hogares y se enfilaron en dirección a la casa de Dios.

Una vez realizadas las peticiones por el alma del difunto y concluido el servicio eclesiástico, abandonaron la iglesia y se devolvieron apurados hacia sus casas. La inquietud y el temor eran fenómenos palpables, bastaba mirar a cualquier persona a los ojos para ser testigo de la huella de sobresalto.

Pocos se atrevieron a abandonar el hogar tras regresar de la misa matutina. Aquel domingo las mujeres no salieron a tomar café o chismear, los niños no jugaron con trompos ni volaron papagayos, no hubo tertulia en las esquinas y ninguna taberna abrió sus puertas. “Hipólito” y “El Niño” no pudieron vestir el traje de luces pues la corrida de toros que organizó Don Juancho en honor a su hermano mayor en el Nuevo Circo fue cancelada, suficiente arte de sangre y muerte por un fin de semana.

La reprimenda se convirtió en una peste peor que la “gripe española”. Pocas fueron las familias eximidas de las pesquisas y los desagravios de los sabuesos de García e Hidalgo. Las residencias que no se allanaron fueron visitadas por los chácharos de “La Sagrada” disfrazados de inspectores del Departamento de Sanidad. Estos, con el falso pretexto de combatir plagas y enfermedades, registraron las casas, habitación por habitación, en búsqueda de la más mínima pista que los ayudara a resolver el misterio del asesinato en Miraflores.

Al caer la noche y asomarse la luna llena al este del valle, volvieron a escucharse las prácticas musicales de la banda marcial de La Rotunda. Primero el Himno Nacional y después el “Gari Gari”, otra pieza de guerra que anunciaba el inicio de otra larga jornada de violentas torturas en cárcel.

Los días del terror apenas comenzaban.

 

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