Jimeno Hernández: Un horrendo crimen en Miraflores VII: “Piensa el General”

El General Juan Vicente Gómez no pudo conciliar el sueño la noche de aquel sábado. Al regresar del camposanto se enclaustró en el Palacio de Miraflores, escoltado por un numeroso contingente de “La Sagrada”, y únicamente se dejó acompañar por el primo Eustoquio, el tío José Rosario García y el Indio Tarazona.

Ninguno de ellos se atrevió a brindarle palabras de consolación en su momento de duelo, sabían perfectamente cuando el Jefe no tenía ganas de hablar y necesitaba un rato de silencio. Él se mantuvo callado pues había poco que decir y mucho en que cavilar. En un sillón, con la mano en la frente y la mirada clavada en la pared, el General Gómez se dejó arrastrar por la marea de sus pensamientos.

Juanchito siempre fue muy confiado y predecible. Todos los viernes a las cinco, al finalizar sus quehaceres en el despacho de la Gobernación, salía de la Casa Amarilla directo a una taberna de La Francia para charlar con los amigos y beber unas copas de brandy. Allí pasaba un par de horas y luego se marchaba a ver una función en el teatro o a jugar una partida de naipes.

 Solía llegar a Miraflores un poco antes de la medianoche, se tomaba su guarapo de papelón con limón y se iba directo a la cama. Le gustaba dormir con la puerta entreabierta y jamás la trancaba o le pasaba llave. Además era contrario a la idea de tener guardias custodiando los alrededores de su habitación.

 Yo me cansé de advertirle sobre los peligros de la rutina y eso de andar con tanto descuido. General usted es muy confiado y debe tener más cuidado. El enemigo está en todos lados y nos sigue los pasos de cerca, son muchos quienes desearían vernos muertos a los dos y al resto de nuestra familia. En estos tiempos no podemos regalar la papaya y tenemos que andar con el ojo pelado. No se puede confiar en nadie, ni siquiera en los amigos o edecanes, son incontables nuestros adversarios y podrían estar metidos en la misma casa de uno. Si señor, yo le repetía lo mismo cada vez que lo veía y ahora mire lo que le pasó.

 ¿Cómo es posible cometer tan horrendo crimen en Miraflores, en medio de una muralla de centinelas, guardias y piquetes? ¿Cómo es eso que llegaron derechito a su cuarto sin equivocarse? ¿Como es que nadie escuchó el ataque, el cerrojo de la puerta o los pasos presurosos de los asesinos en el pasillo?

 Los homicidas estaban metidos en el Palacio como caimanes en boca de caño, esperando un descuido de su presa para enterrarle los colmillos. Se conocían el edificio de cabo a rabo y eso solo puede significar dos cosas: han hecho vida aquí o tenían un cómplice adentro que los dejó pasar y los guió directamente al cuarto de Juanchito. Si señor, fue por eso que le dije a Tarazona que los primeros presos e investigados tenían que ser los sirvientes y los guardias de Miraflores.

 Ahora el Prefecto Carvallo los tiene a toditos engrillados y tras las rejas en La Rotunda. Esos pobres diablos deben estar temblando como el conejo que se mete en el nido de la mapanare. Que se esperen a que los comiencen a interrogar para que vean lo que es bueno. El Prefecto tiene métodos efectivos para obtener información, en lo que guinden a esos muérganos y les den un par de cuerazos van a empezar a confesar lo que saben y no saben. Si señor, pronto cantará un pajarito y se sabrá toda la verdad.

 Pobre Juanchito, se fue de este mundo con el primer golpe. Solo bastó uno para que le partieran el corazón y abandonara este mundo para siempre. El resto de las puñaladas y cortes para que se desangrara como un animal fueron innecesarias y obra de la más pura maldad…Pobre Juanchito.

 Quisiera consolarme imaginando que no sintió nada y nunca despertó de su plácido sueño, pero no fue así. La expresión de terror en su rostro fue lo primero que noté al momento de levantar la sábana y observar su cadáver, jamás olvidaré esa imagen. Los últimos segundos de la vida de Juanchito fueron una terrible pesadilla, un repentino y doloroso despertar para ver la sonrisa de la muerte. Peor será el tormento de quienes le hicieron esto a mi hermano, si Señor.

 Los asesinos tuvieron que haber entrado y salido por la puerta que da hacia el barranco de Caño Amarillo, es la más cercana a la habitación y probablemente no estaba custodiada. Ellos piensan que se van a salir con la suya pero yo les tengo cogidas todas las salidas.

 Los muy condenados me las van a pagar y me las van a pagar enteritas. Ahora es que van a ver lo que le pasa a quien se mete con el General Juan Vicente Gómez.