Jimeno Hernández: Un horrendo crimen en Miraflores VI: “El cantar de los pajaritos”

Una vez enterrado Juanchito, el General Juan Vicente Gómez tenía un grave problema en sus manos, saber quien había ordenado la muerte de su hermano y porqué.

La incógnita lo atormentó durante toda la jornada. Desde que el Indio le trajo las malas nuevas en la mañana hasta que regresó al despacho presidencial, a las seis de la tarde, no pudo evitar pensar en otra cosa. En su cabeza no cabía duda que, más pronto que tarde, “La Sagrada” daría con los autores materiales del crimen y se conocería la verdad sobre lo acontecido en Miraflores.

En la puerta del despacho presidencial lo esperaba Tarazona con noticias frescas. Apenas lo dejó pasar y trancó la puerta, procedió a informarle:

-Mi General, la policía, dirigida por el Coronel Pedro García y bajo las órdenes del General Hidalgo, montó alcabalas en las salidas de Caracas y está requisando todos los hoteles y pensiones. Yo mismo me encargué de apresar a todos los sirvientes y guardias que pasaron la noche en Miraflores y los mandé toditos a La Rotunda para que los interrogue Carvallo.

 -Gracias Eloy, diles que me avisen cuando cante un pajarito- respondió Gómez, antes de pasarle el bastón y tomar asiento.

En aquel preciso instante los domésticos y centinelas de Palacio entraban por la puerta de la temida prisión. Llegaron amarrados por las muñecas y los pies e inmediatamente fueron presentados ante el Prefecto Lorenzo Carvallo, quien los esperaba con un mandador en la mano y escoltado por más de cincuenta esbirros.

¿Qué pasa pues? ¿Y esas caras tan largas? No me vean así como si yo fuera el malo. Aquí el malo es otro, entre ustedes hay un muérgano que está comprometido en lo que sucedió anoche. Si señor, aquí hay un culpable y mi trabajo es averiguar quien es, por las buenas o por las malas. Nadie pudo haber entrado a Miraflores sin hacer ruido o sin que alguien lo viera, así como si fuera un fantasma…Uno de ustedes sabe algo y me lo va a decir o no sale con vida de aquí.-

El mismo día del homicidio y sepelio de Don Juancho, en horas de la noche, comenzaron las torturas. A todos los confinaron en calabozos y les colocaron un par de grillos, allí los dejaron un par de horas para ver si intentaban comunicarse entre ellos, pero las autoridades solo pudieron escuchar lamentos y el arrastrar de los hierros en el piso.

De pronto, a eso de cuarto para las ocho, se escucharon los pasos de los guardias que venían a buscar a los primeros reos con el fin de cuestionarlos. Los presos vieron con terror como abrieron cinco celdas y trasladaron sus ocupantes, a punta de empujones, golpes y casi arrastrados, hacia el salón de interrogatorios.

A los cinco reclusos los encerraron en una recámara y les colocaron ganchos en las ataduras de las manos. Los anzuelos estaban amarrados a unos mecates que los guardias pasaron sobre una viga y jalaron entre todos para ir colgándolos, uno a uno, hasta que quedaron suspendidos con el peso de los grillos en los pies. En esa posición los dejaron durante un buen rato, hasta que les costaba respirar y se encontraban al borde del desmayo.

-Hablen malditos o se quedan ahí guindados hasta que se mueran.- Les dijo Carvallo.

 Ninguno de ellos encontró la fuerza para pronunciar palabra alguna pues el dolor se los impedía.

-¿Silencio? Si piensan que no pueden hablar por el dolor ya van a ver que si van a poder. Córtenles las camisas a estos muérganos y denles unos cuantos latigazos a ver si van a abrir la boca o no.-

 Cayeron los primeros cuerazos sobre sus espaldas desnudas y estos no pudieron evitar dejar escapar chillidos de sufrimiento. Todos los presos de La Rotunda pudieron escuchar sus gritos y quizás el resto de Caracas también si, a las ocho en punto, la banda marcial de la plaza no hubiera empezado a interpretar, una y otra vez, el Himno Nacional.

-¿Escucharon eso? Ya la banda puso la música y los pajaritos como que están listos para cantar… Si pueden gritar también pueden confesar. ¿Van a decirme lo que saben? ¿O se quedan aquí a morirse?-

 -Yo no sé nada…yo no sé nada…se lo juro por Dios que yo no sé nada de lo que pasó anoche en Miraflores.- decían todos antes de recibir latigazos en la cara, sentir la sangre correr por su piel como un rio y perder la conciencia.

 Los ensayos de la banda marcial duraron hasta pasada la medianoche y los caraqueños sabían que el único propósito de aquel escandalo de trompetas y redoblantes era sofocar los salvajes alaridos de los torturados en la cárcel.

Ningún pajarito cantó antes que cantaran los gallos el 1ro de julio de 1923.

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