Jimeno Hernández: Un horrendo crimen en Miraflores V: “Un inevitable espectáculo”

Una vez impartidas las ordenes al Dr. Urdaneta y Tarazona, con ambos ausentes del despacho, finalmente tuvo un momento de soledad el General Juan Vicente Gómez para pensar. El silencio duró casi una hora y fue interrumpido cuando alguien tocó dos veces a la puerta.

-Pase adelante.- dijo.

Entró al despacho el General Julio Hidalgo, se paró firme y llevó su mano derecha a la frente para saludar al Jefe. El General Gómez no perdió el tiempo en rodeos y fue directo al grano.

-Hidalgo, lo mandé a llamar con el Dr. Urdaneta pues anoche me mataron a Juanchito. Ahora usted es el Gobernador de Caracas y su primera tarea es averiguar quien asesinó a mi hermano. Coja las alcabalas, que nadie salga de la ciudad y revise, de arriba abajo, a cualquier persona que se haya hospedado en hoteles y pensiones anoche, les registran el equipaje y la correspondencia. Haga uso de todos los medios.-

 -Mis sentidas condolencias General, salgo de inmediato a la Gobernación para cumplir sus ordenes.- respondió Hidalgo antes de llevarse la mano otra vez a la frente y dar media vuelta para salir apurado de la oficina.

Aún esperaba reunirse con Eustoquio y Vicentico cuando se percató que en las inmediaciones de la Entrada Presidencial del Palacio de Miraflores se acumulaba una muchedumbre. Un gentío se había presentado para manifestar su pesar y ofrecerle condolencias, a él y toda la familia Gómez, por la muerte del Gobernador de Caracas. Menos de un par de horas había bastado para que la noticia del asesinato de Don Juancho se conociera en todas las calles, esquinas y plazas de la ciudad.

El espectáculo que ansiaba evitar ya había comenzado y, ante estas circunstancias, no le quedó otra opción que posponer las reuniones con Eustoquio y Vicentico para organizar el velorio que no deseaba se hiciese. Entonces dio la orden que el ataúd cerrado de Don Juancho fuese colocado en un catafalco, en medio del salón “El Sol del Perú”, para que los dolientes pagaran sus respetos.

A eso de las diez y media de la mañana se abrieron las puertas del “Sol del Perú”. Él mismo presidió la ceremonia mortuoria sentado al fondo del salón y tras el féretro. A la derecha estaba Vicentico, su hijo y Segundo Vicepresidente de la República; a la izquierda el Dr. Adolfo Bueno, su médico de confianza; y atrás de ellos, Regina y el resto de las hermanas del General, todas vestidas de negro y rígidas como estatuas.

Desde allí pudo ver, uno a uno y directamente a los ojos, a todos quienes hicieron acto de presencia en el velorio de Juanchito aquel triste sábado. Primero el primo Eustoquio y los dos hijos, el medio hermano Santos Matute, el tío José Rosario García, los compadres, los cuñados, los primos, los sobrinos, los ministros y los diplomáticos. Todos y cada uno de ellos pasaban frente a la urna, se persignaban, dirigían sus miradas hacia el General Gómez e inclinaban sus cabezas en un gesto de sentido pésame.

Él los observaba a todos y estudiaba sus rostros antes que bajaran la mirada, como si el brillo de sus ojos o el semblante pudiesen revelarle los motivos del asesinato, como si en estos se encontrara la solución al misterio de quien mató a su hermano.

-¿Por qué tan feroz ensañamiento? ¿Qué enemigos tenía Juanchito? ¿Quién sería tan osado para ordenar que se le asesinara de manera tan cruel y aquí en el Palacio de Miraflores? ¿Cómo es que nadie vio o escuchó nada?- Estas y otras interrogantes le plagaban la mente mientras observaba a la gente desfilar frente al catafalco. Solo estaba seguro de una cosa: – Los muérganos que mataron a mi hermano están ahora mismo en el Palacio, como sirvientes, centinelas o dolientes.-

Al “Benemérito” le costó mantener entereza durante todo el acto, pero fue capaz de ocultar sus emociones con una inmutable y fría expresión de seriedad. Su hijo José Vicente mostraba la otra cara de la moneda pues no paraba de llorar y a cada rato se llevaba el pañuelo al rostro para secar sus lágrimas.

La cantidad de personalidades que se acercó al Palacio de Miraflores e hizo cola para entrar al “Sol del Perú” convirtió el velorio de Don Juancho en un largo y silencioso espectáculo. El evento duró varias horas y en este no se pronunció ningún tipo de discurso. La gente lentamente llegaba frente al catafalco, hacían la señal de la cruz, inclinaba su cabeza y seguía de largo al son de los sollozos de Vicentico, quien lloraba más que las tías.

El cortejo fúnebre salió de Miraflores a eso de las tres de la tarde. En la primera carroza iba el féretro cubierto de varias coronas de flores, en la segunda el General Gómez junto a sus hijos José Vicente y Florencio, en el tercero Regina y las hermanas. A estas las seguían varios coches y una multitud a pie. La procesión cruzó en la esquina de Santa Capilla en dirección sur para dirigirse hacia el cementerio.

La inhumación fue acto breve y al cual únicamente atendieron familiares, los ministros y algunos diplomáticos, el General Juan Vicente Gómez no quería más espectáculo en Caracas.

Fue cuando el ataúd comenzó a descender lentamente hacia la fosa que las hermanas del difunto, alentadas por la sensibilidad del sobrino Vicentico, estallaron en llanto y comenzaron a lanzar rosas en el sepulcro.

En ese momento el General dejó escapar unas palabras:

-Si los que han hecho esto creen que yo me voy a acobardar, no, yo sigo adelante.-

Sending

©2017 Asunto País

Log in with your credentials

Forgot your details?