Jimeno Hernández: Un horrendo crimen en Miraflores IV: “Me mataron a Juanchito”

A eso de las 7:00 de la mañana sonó el teléfono de una casa frente a la iglesia de La Pastora. Atendió una mujer con voz de extrañada, resultaba raro que alguien llamara tan temprano a una casa de familia, especialmente un fin de semana.

-Buenos días. ¿Con quien desea usted hablar?- dijo la dama sin ocultar disgusto en su tono.

En la línea hubo un breve silencio, se escuchó un largo suspiro y luego una voz temblorosa.

-Buen día Doña Guadalupe… disculpe usted que tenga que llamar a tan tempranas horas un sábado pero necesito hablar con su esposo… es con carácter de urgencia.-

 La mujer se puso pálida tras reconocer aquella inconfundible voz, se volteó pelándole los ojos al marido y tapó el auricular para evitar ser escuchada al otro lado de la línea.

-Enrique…mi amor, es el General que quiere hablar contigo…dice que es importante.-

 El Dr. Urdaneta Maya, Ministro de la Secretaria de la Presidencia de la República, atendió el teléfono en el acto.

-Buenos días General. ¿En que puedo servirle?-

 -Necesito que venga enseguida para acá…me mataron a Juanchito…me mataron a Juanchito.-

 Urdaneta trancó el teléfono y sin darle explicaciones a su mujer, se vistió apresuradamente y salió del hogar en dirección a Miraflores. Durante el camino no pudo evitar que la frase se repitiera, una y otra vez, en su cabeza.

-Me mataron a Juanchito…me mataron a Juanchito.-

¿Asesinaron a Juan Crisóstomo?… ¿Cómo?…¿Cuándo?… ¿Dónde? … Si Guadalupe y yo lo vimos anoche en el Olimpia y tuvimos el placer de conversar con él una vez finalizado el “último vals” de Strauss. Se veía de lo más contento y no paraba de elogiar el trabajo artístico de la compañía de Manolo Puértolas. Nos despedimos de él a eso de las 11:15 y, mientras abordábamos el último tranvía en dirección a La Pastora, lo vimos pasar a bordo de un carro oficial en dirección a Miraflores.

Todo esto y mucho más pasaba por la mente del abogado antes de interrumpir su caminar y tocar dos veces a la puerta de una casa frente a la “Entrada Presidencial” del Palacio. Inmediatamente le abrió Tarazona, el fiel edecán que informó al General sobre el asesinato del hermano, solo él y Urdaneta sabían donde había pernoctado Gómez.

-Buenos días Eloy ¿Cómo está el Jefe?-

-Ni tan buenos Dr., pase adelante y véalo usted mismo.- le respondió.

El Ministro encontró a Juan Vicente Gómez sentado en la cama, con la mano en la frente, en ropa interior e inconsolable.

Enrique me mataron a Juanchito… el camarero fue a llevarle el café a la misma hora de siempre y no salía del cuarto… le tocaron la puerta y no respondía… intentaron entrar pero estaba cerrada… tuvieron que buscar al ama de llaves para que la abriera y lo encontraron semidesnudo, con casi treinta puñaladas en el pecho.-

Mientras narraba los acontecimientos y formulaba consulta legal pertinente al caso, Tarazona lo ayudaba a ponerse la indumentaria militar y le buscaba los anteojos, los guantes y el bastón. Una vez compuesto e impecablemente uniformado, escoltado por el jurisconsulto y el guardaespaldas, se dirigió hacia Miraflores para ver el cuerpo de su hermano e inspeccionar la escena del crimen.

El General no saludó a nadie y mantuvo la mirada pegada al piso durante todo el trayecto hasta llegar al cuarto de Don Juancho. Entonces le manifestó a sus acompañantes que deseaba entrar solo a la habitación, Urdaneta se quedó en el pasillo y el Indio le abrió la puerta al Jefe para que pasara adelante.

Lo primero que hizo Gómez fue inspeccionar la mesa de noche. Sobre esta se encontraba una taza con residuos de guarapo salpicada de sangre. Abrió la gaveta y allí estaba el revolver plateado y de cacha nacarada de su hermano. Sacó el arma para revisarla, las balas estaban completas y no olía a pólvora. La devolvió a su lugar poniéndola como la encontró y cerró la gaveta.

Luego paseó sus ojos sobre la cama para contemplar el bulto tapado por una sábana blanca teñida de una inmensa sombra escarlata. Agarró la manta por una esquina y la levantó para ver el cadáver, lo observó atentamente y tan solo le bastaron un par de segundos para que decidiera taparlo otra vez.

Arrimó una silla hasta la cabecera de la cama, se sentó y se quitó los guantes. Con una mano agarró la mano fría de su hermano y con la otra se quitó los lentes e intentó secar las esquinas de los ojos con la manga de la chaqueta, pero no pudo evitar el llanto y lloró amargamente durante varios minutos.

Una vez examinada la escena del crimen, derramadas las lágrimas de duelo y pasado el tiempo suficiente para recobrar la compostura, el General salió de la habitación y, en silencio, caminó hasta el Despacho Presidencial, otra vez escoltado por Urdaneta y Tarazona.

Allí le comunicó a ambos que no quería que le realizaran autopsia a Juanchito o se le organizara velorio, que no quería espectáculo.

-¡Que lo entierren ahora mismo!-.

 -Dr. Urdaneta por favor búsqueme al General Julio Hidalgo, no le explique nada, dígale que lo espero aquí a la brevedad posible, quiero darle la noticia yo mismo a ver su reacción. Después haga lo mismo con Eustoquio y Vicentico.

Apenas el Secretario abandonó el despacho, el General se dirigió al Indio Tarazona.

-Eloy, manda a arrestar a todos los sirvientes del Palacio y a todos los soldados que estaban de guardia anoche, uno de ellos tiene que saber algo-.

 

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