Jimeno Hernández: Un horrendo crimen en Miraflores III: “La muerte toca la puerta”

A las tres de la mañana del sábado 30 de junio de 1923, en Miraflores reinaban el silencio y la oscuridad. A esa hora Doña Regina, Don Juancho, las mucamas, los camareros y los guardias, todos quienes hacían vida en Palacio, se encontraban dormidos.

Solo un centinela estaba despierto y custodiaba la puerta frente al barranco de Caño Amarillo. No estaba allí por casualidad, a esa hora exacta debía abrirla, tal cual y como se le había ordenado. Así lo hizo al sentir el roce de unos dedos del otro lado de la puerta.

-Buenas noches Jefe… pase usted adelante… todo está tranquilo.-

 Eran tres personas vestidas de negro y encapuchadas, dos entraron y una se quedó vigilando afuera. El centinela acompañó a los intrusos y sus tres sombras se fundieron en la oscuridad de los jardines y corredores del Palacio. Sigilosamente pasaron frente al cuarto de Doña Regina y, unos metros más allá, se detuvieron al llegar a la habitación de Don Juancho. La puerta estaba entreabierta.

El centinela se quedó en el pasillo mientras los otros dos se internaron en el cuarto y cerraron la puerta. Una vez adentro, los asesinos permanecieron inmóviles, dándole tiempo suficiente a sus ojos para acostumbrarse a la opacidad y así poder ubicar su blanco.

No pasaron más de un par de segundos para que los ronquidos del General delataran su ubicación. Uno de ellos sustrajo la llave del cerrojo y se la metió en el bolsillo, le tocó el hombro a su acompañante y ambos avanzaron, lentamente y sin hacer ruido, en dirección a la cama.

El que tenía el cuchillo más grande se paró a lado de la cabecera y removió el mosquitero. Pudo ver que Don Juancho dormía plácidamente, boca arriba y con medio cuerpo descubierto de las sábanas. Nada podía salir mal en este plan de matar al General y salir desapercibidos del Palacio, por eso tardó casi un minuto en medir el golpe, levantar el brazo y tomar un profundo respiro antes de atestarle la primera puñalada.

Sin quitarle los ojos al pecho de la víctima dejó caer el cuchillo con todas sus fuerzas, el puntillazo cayó hondo y certero en el corazón. Don Juancho abrió los ojos e intentó gritar por socorro, pero en su boca, en vez de voz, encontró un ronco quejido y sangre por chorros. Intentó voltearse, en un último y desesperado intento por sacudirse la muerte de encima, pero el otro asesino le tapó la cara con la almohada e inmediatamente le hundió su daga, hasta la empuñadura, en el costado.

A esas dos estocadas las siguieron como treinta más, una tras otra, todas sobre el pecho y el costado de Don Juancho, quien no tardó mucho en dejar de patalear o agitar los brazos.

Una vez que paró de oponer resistencia o moverse, le quitaron la almohada del rostro para ver si estaba muerto. Tenía los ojos pelados y la boca abierta en expresión de terror, parecía estar muerto pero aún le temblaban las manos. Entonces, para asegurarse que se quedara muerto, le cortaron el cuello y las venas de los brazos desde las muñecas hasta los codos.

El poco tiempo que pasaron los asesinos en la habitación de Don Juancho le pareció una eternidad al centinela que vigilaba la puerta en el pasillo. En su cabeza los segundos corrieron como los minutos y los minutos como las horas. Si él pudo escuchar el primer golpe, el gemido de Don Juancho y todo el ajetreo, era posible que otra persona también hubiera oído aquello. En cualquier instante podía salir Doña Regina de su cuarto o aparecerse un guardia en una esquina a preguntar lo que sucedía. Muchos escenarios se dibujaron en su mente tras un largo silencio y antes que se abriera la puerta.

Finalmente, después de unos diez minutos, salieron los dos asesinos de la habitación y, antes que el centinela les preguntara algo, se llevaron el dedo a la boca implorando silencio. Uno de ellos sacó una llave del bolsillo, trancó la puerta y le pasó el cerrojo, que retumbó como un trueno para quebrar el silencio en el pasillo.

Lo más difícil estaba hecho y solo les quedaba escapar del Palacio sin ser escuchados o vistos. Sus tres sombras volvieron a deslizarse con prudencia por los oscuros corredores y jardines del Palacio hasta llegar a la puerta del barranco de Caño Amarillo.

Al llegar al sitio encontraron al hombre que habían dejado allí de guardia y este les dijo:

-No hubo ningún movimiento extraño en Palacio otro que el de ustedes, todo está tranquilo-.

Los asesinos salieron por donde entraron y el centinela trancó otra vez la puerta para dirigirse a su puesto de guardia.