Jimeno Hernández: Un horrendo crimen en Miraflores II: “El último vals de Don Juancho”

El día que lo iban a matar, el General Juan Crisóstomo Gómez se levantó antes de las cinco de la mañana como era su costumbre. Mientras se lavaba la cara y se afeitaba en el aguamanil, pudo escuchar los pasos presurosos de una sirvienta caminando a la cocina para hacerle el café.

Por la ventana de su cuarto en Miraflores se filtraron otros sonidos habituales, el cantar de las guacharacas, los cocheros hablando con los guardias mientras ajustaban los caballos a los carruajes, el relincho de las bestias y el sonar de sus cascos en la calzada.

A las seis en punto, al son de las campanadas que anunciaban el comienzo de la Santa Misa en la Catedral, salió de su habitación. En la puerta del cuarto lo esperaba un camarero con su infusión mañanera.

-Buenos días mi General, aquí está su café.-

Taza en mano se dirigió al comedor, donde lo esperaba su hermana Regina con la mesa puesta y el desayuno servido. Juan Vicente, el hermano mayor y Jefe del clan, había viajado la tarde anterior desde Maracay hasta Caracas y pasado la noche en una casa próxima al Palacio.

-¿Ya le mandaron el cafecito a Juan Vicente?- le preguntó a Regina.

Entonces ella ordenó a una de las criadas que fuera a avisarle a Tarazona para que viniera a buscar y catar el café del “Benemérito”, pero no hubo necesidad de aquello pues al instante se apareció el “Indio” en la puerta del comedor.

Tras mandarle el café al General Gómez, desayunarse con un plato de pizca y despedirse de Regina, acudió a su despacho en la Casa Amarilla. Allí dedicó la mañana a ojear la correspondencia, los periódicos y a reunirse con el Secretario Ramón Vegas, el Prefecto Lorenzo Carvallo y el Jefe de la Policía Pedro García, quienes le informaron que sus ordenes se habían cumplido al pie de la letra.

Las calles y plazas de Caracas se encontraban limpias de cualquier tipo de basura, incluyendo vagos, mendigos y alborotadores. La ciudad estaba lista y en orden para recibir al General Juan Vicente Gómez, rendirle homenaje y que este disfrutara de una visita placentera.

Al mediodía abandonó el despacho de la Gobernación para visitar al hermano mayor. Almorzó con él y le hizo compañía mientras atendía a ministros, diplomáticos y funcionarios que aprovecharon su estadía para saludarlo y agasajarlo.

Luego se marchó a la estación de Palo Grande. Allí vio llegar, a bordo del ferrocarril, los toros para la corrida del domingo en el Nuevo Circo, fiesta taurina que él mismo había planificado en honor al “Benemérito” y contaría con la participación de los toreros Hipólito y El Niño.

En la tarde volvió a su despacho con el fin de atender novedades, pero como no había ninguna y a los pies del Ávila reinaba la calma y la normalidad, libre de apremios se puso a buscar un plan divertido antes de irse a la cama aquel viernes.

En el Teatro Nacional debutaba la Compañía de Amalia de Isaura, una famosa cantautora española; En el Cine Capitol se proyectaban dos películas, el documental “La expedición al Polo Norte” y un corto de Charles Chaplin titulado “El Bombero”; y en el Teatro Olimpia la empresa de Manolo Puértolas ofrecía dos funciones, “La Mazurka Azul” a las 4:30 y “El último vals” de Strauss a las 7:30.

Ordenó al Secretario Vegas que anunciara en el Olimpia que atendería a la función nocturna, varios de sus amigos le habían recomendado que fuera a ver la opereta vienesa “El último Vals”.

Camino al teatro se detuvo en La Francia para reunirse con los amigos y tomar un par de copas de brandy. A las 7 en punto llegó al Olimpia y en la puerta lo esperaban Manolo Puértolas y todo el elenco de actores para pagarle sus respetos y darle la bienvenida al Gobernador de Caracas y Primer Vicepresidente de la República.

La función terminó a eso de las 11 de la noche. Él permaneció un rato en la antesala del teatro junto a otros asistentes y no pudo evitar mostrar su agrado por la pieza o elogiar el magnífico trabajo de la compañía de Puértolas. Se despidió pasadas las 11:30 y abordó el automóvil que lo trasladó a Miraflores.

Como Juan Vicente Gómez se encontraba en Caracas y era el día de San Pedro y San Pablo, todavía se podía ver gente en las calles a tan altas horas de la noche. Desde la Plaza Bolívar salían los últimos tranvías hacia La Candelaria y La Pastora, pero aún podían escucharse los gritos de los parranderos que abarrotaban los botiquines de San Jacinto.

A eso de la medianoche entró a Miraflores y recibió el saludo de la guardia de custodia. Los largos corredores del Palacio estaban oscuros y silentes, tan solo la tenue luz de un farol del patio central y el murmullo de la fuente le sirvieron de compañía en su camino hasta su habitación en la esquina noreste.

En la puerta del cuarto lo esperaba el mismo camarero que le entregó el café aquella mañana, esta vez con una taza humeante de papelón con limón.

-Aquí está su guarapo mi General.-

 Don Juancho sopló la taza para enfriar el brebaje y bebió un largo sorbo.

 -Está amargo este guarapo.- le dijo al camarero.

 -Mucho limón y poco papelón mi General.-

 -Debe ser eso…. que pase buenas noches mijo… y gracias por el guarapo.-

 Aquellas fueron las últimas palabras del General Juancho Gómez.

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