Jimeno Hernández: La muerte del último realista.

Ramón Páez, hijo del “Centauro de los Llanos”, relata, en su libro de memorias titulado Escenas Rústicas en Sur América o la vida en los llanos de Venezuela, sobre el episodio en que su padre recibió en Caracas al temido bandolero Dionisio Cisneros. Allí hablaron sobre su nueva relación de compadrazgo y Cisneros rindió sus armas tras la entrevista.

Narra Don Ramón Páez, entre las páginas de su obra, que cuando el Indio llegó a Caracas, acudió en grandes masas el curioso pueblo de la capital, atraído por la fama de aquel extraño huésped, quien se sintió tan cautivado por la universal cordialidad de su recepción en “La Viñeta”, que decidió quedarse y aceptar las reiteradas invitaciones que le había hecho el General José Antonio Páez.

Dionisio Cisneros decidió disolver su guardia de cuatrocientos soldados, todos indios, los cuales quedaron al servicio del Ejército Nacional, y juró renunciar a su vida de guerrillero y encomendarse a la tarea de la cría de ganado siguiendo el ejemplo de su compadre, quien no dudó en avanzarle dinero y un número de cabezas suficientes para fundar un hato el caserío indígena de Camatagua.

La cabra tira pal monte, dice el refrán, y el Indio Cisneros, después de servir tan bien a la población alrededor de sus tierras acabando con los malhechores y redimiendo así, en cierta manera, sus pasadas fechorías, se hizo al fin sospechoso en 1846 de contribuir en la escapatoria de su antiguo camarada Francisco Rangel. Entonces el General en Jefe creyó necesario quitarle todo el mando y citarlo al Cuartel General de Villa de Cura.

El General Páez emprendió su larga cabalgata hacia Villa de Cura y una noche, mientras conversaba con dos de sus oficiales en el corredor de una solitaria casa en la cual decidió hospedarse antes de entrar al pueblo, surgió entre las sombras repentinamente el Indio con trabuco y espada en las manos.

Sospechando traición, el General Páez avanzó en el acto sobre este y le preguntó: -¿Por qué está usted aquí?- A lo que el Indio respondió fríamente levantado su espada para señalarlo: -Vengo a preguntarle la causa de mi destitución-.

Sabiendo que el Indio tenía las de ganar porque él había dejado sus pistolas y la espada en la recámara, Páez solo podía retardar la muerte intentando dialogar con Cisneros mientras encontraba como salir del aprieto. Entonces le preguntó: -¿Vino usted solo?-

Cisneros le sonrió pelando sus dientes amarillentos y se volteó para señalar con su espada la oscura y silente sabana atrás de la casa.

-¡Allá afuera está mi gente y solo necesita de una señal mía para que la muerte le caiga encima!-

Antes que Dionisio hubiera terminado de pronunciar la amenaza, en aquel instante de descuido, el General le atestó un puñetazo en la sien que lo hizo caer de espalda y, en menos de un segundo, le había arrebatado las armas y se encontraba encima de él. Ahora la hoja de la espada estaba presionada contra el pescuezo de Cisneros.

-Hasta aquí te trajo el río indio de mierda- le dijo Páez antes de amarrarlo.

Luego procedió a gritar en dirección a la sabana: -¡He apresado a Dionisio Cisneros! ¡Si uno de ustedes quiere salvarlo vengan a quitármelo de las manos!- pero allá afuera no se escuchó más ruido que el de los sapos y saltamontes.

Al día siguiente se formó un consejo de guerra en Villa de Cura y, habiendo suministrado sus testimonios el General Páez y los dos oficiales que presenciaron la amenaza Cisneros y las circunstancias de su captura, se procedió a dar veredicto.

El hecho que este ingrato haya planeado asesinar al Presidente de la República y General en Jefe del Ejército, el compadre generoso que le brindó la oportunidad de ponerse del lado del bien y abandonar el camino del mal, solo prueba que se trata de un reo incorregible que representa un peligro al orden republicano. Fue por ello que el consejo de guerra dictó sentencia de pena máxima.

El día que llevaron a Cisneros esposado a la plaza para ser fusilado, este se mostró sumiso y no presentó resistencia a los centinelas, en camino no pronunció palabra y fue cuando llegó al sitio en el que iba a morir que solicitó licencia para hablar y se le concedió derecho a las últimas palabras.

El Indio se dirigió a la turba que se había congregado en la plaza para ser testigos de su ejecución y les dijo:

-Protesto pues soy inocente del cargo de traición a la patria que hoy se me imputa, pero reconozco que mi muerte es justo pago por mis antiguos crímenes.-

 Así murió el último realista que quedaba en Venezuela.