Jimeno Hernández: La Guerra como Solución

En los primeros días del año 1907, la salud del General Cipriano Castro sufre un deterioro que da paso a todo tipo de rumores en Venezuela y el exterior. Su padecimiento queda en evidencia durante el mes de febrero, cuando se ve obligado a trasladarse a la población costera de Macuto y someterse a una intervención quirúrgica con un grupo de prominentes médicos.

La noticia de la enfermedad renal del caudillo de Capacho Viejo no tarda en alborotar el avispero. Mientras él reposa convaleciente en la cama de una quinta frente al mar, entretenido con la lectura de las cartas y telegramas que le envían los amigos y aduladores, sus enemigos aprovechan el momento para mover las fichas en el tablero.

Aunque la muerte se asoma como posible fin a la dictadura del Cabito, son pocos quienes desean ver su cadáver descender al sepulcro sin que sufra un infierno en vida por todos los pecados que se le imputan. El General Castro ha causado demasiados males al país y merece ser derrocado, sometido a juicio y condenado a prisión antes que se lo lleve la pelona. Es por ello que la gente comienza a hablar, una vez más, de la guerra como solución.

En la ciudad de Nueva York, desde las páginas de un periódico llamado LA SEMANA, el escritor Cesar Zumeta, personaje sabio y sensato, utiliza el arma de la palabra para combatir la tesis de organizar otra revolución armada para tumbar al Presidente de la República.

El hombre de letras se opone rotundamente a la idea de una nueva empresa bélica pues aún está fresco en su memoria el doloroso recuerdo  de la “Revolución Libertadora” liderada por General Manuel Antonio Matos en 1902.

La postura pacifista de Zumeta despierta las pasiones de todos quienes se oponen al régimen del tirano con fama de ebrio, charlatán y bailarín. No podía ser de otra manera en tiempos en los cuales la sensibilidad literaria y valores morales de nuestra sociedad, conformada en su gran mayoría por ignaros radicales, apenas es capaz de distinguir la diferencia entre los conceptos del orden y el caos, la decadencia y el progreso, la República y la autocracia.

Una torre de cartas y mensajes cablegráficos lo espera cada mañana en su despacho. Los emisores de estas comunicaciones lo critican e insultan sin tregua por el simple hecho de oponerse al desenlace violento de una crisis política destinada a resolverse por la propia naturaleza de las circunstancias.

Entonces el día 5 de junio, en el Nº 9 de LA SEMANA, aparece publicado un artículo firmado por Cesar Zumeta. En esta nota responde, de manera brillante y con el dominio del verbo que caracteriza sus escritos, a todos aquellos quienes critican su postura pacifista.

Algo ha enseñarnos nuestra propia historia, y con solo recordarla tenemos para convencernos que todas las revoluciones habidas en el país , inclusive la de la independencia, han sido infecundas para la civilización y la libertad.

La de la emancipación nos dio un territorio empobrecido, por tres lustros de pelea, en sangre y población; reducidas a cincuenta sus quinientas millas cuadradas de terreno cultivado; disminuida a la mitad la cría de ganado; que garantían la inmanencia de nuestra soberanía en las Guayanas y eran la base de la explotación de esa inmensa comarca, más rica aún que la poblada.

Políticamente, cambiamos el régimen de las capitanías generales, por el patriarcado del General José Antonio Páez, y a través de los desórdenes llegamos a la dinastía de los hermanos Monagas y al aniquilamiento del poder de Páez para llegar tras sangriento intervalo a las dictaduras de Antonio Guzmán Blanco, Joaquín Crespo y Cipriano Castro. La República no ha existido un solo día; las Constituciones han sido desgarradas, por la pluma del caudillo que las prohijó….

La proporción entre la producción nacional y el número de habitantes es hoy menor que en 1810; los derechos civiles que gozan los venezolanos de hoy, son inferiores a los que disfrutaban nuestros ancestros bajo la colonia; los monopolios que pesan sobre el pueblo y enriquecen la pandilla gobernante jamás fueron el escandalo que hoy son. Y las virtudes públicas, fuente exclusiva y cimiento único de la Patria libre, culta y honorable, ¿En donde están?

 Esta es la obra del centenar de revoluciones hechas para “salvar la Patria de quienes la huellan y envilecen”. Creen ustedes que una revolución más, en las circunstancias presentes, antes de formar pueblo, ¿Sería más feliz?

Los caudillos vencen; son los hombres de Estado los que pacifican. El deber de la hora presente no es vencer sino pacificar.

 Cesar Zumeta.