Jimeno Hernández: La Vida del Dictador en Miraflores

El periodista Carlos Benito Figueredo era asiduo visitante del Palacio de Miraflores durante los años de la dictadura del General Cipriano Castro. “El Cabito” escuchaba con interés sus informes de investigación sobre las vidas y andanzas de distintos políticos venezolanos y solía sugerirle ideas para el inicio de campañas de prensa a favor de su gobierno.

Las memorias de aquellos tiempos que compartió con el dictador en la privacidad del despacho presidencial fueron publicadas bajo el titulo “Presidenciales” en la ciudad de Madrid a finales del año 1908, casi al mismo tiempo que el General Cipriano Castro se alejaba de las costas venezolanas a bordo del “Guadalupe” para operarse en una clínica alemana. En estas crónicas revela Figueredo ciertas intimidades del “Siempre vencedor, jamás vencido” y el manejo de su tiempo matutino mientras se desempeñaba en el oficio de la Presidencia de la República.

Cuenta el periodista, entre las páginas de su obra, que tenía por costumbre, siempre que se encontraba en la ciudad de Caracas, acercarse al Palacio de Miraflores a eso de las once y media de la mañana. Allí esperaba, departiendo con los íntimos en un salón, el regreso del General Cipriano Castro de los Baños de Duca del Calvario, establecimiento que solía visitar todos los días después del desayuno.

Cuando el Presidente regresaba a Miraflores, se bajaba del coche junto a su inseparable compañero Juan Otáñez y, sin hacer caso de la gente que lo esperaba en el portal del Palacio para saludarlo, él y Otáñez se metían por la entrada de los empleados de la Secretaria, atravesaban la oficina del telégrafo y llegaban a un salón que el General de Los Andes utilizaba como despacho privado.

En esta recámara lo esperaban, además del periodista Carlos Benito Figueredo, el señor Gumersindo Rivas y los generales J.M. García Gómez y Ramón Ayala. Era el policía personal y guarda espaldas de Castro, un tipo alto y fornido cuyo nombre brillaba por su ausencia y solo conocían como el “104”, quien les anunciaba la llegada del Magistrado y luego se retiraba para buscarle su saco de alpaca gris, el gorro bordado con hilos de oro y las pantuflas.

Mientras el dictador saludaba a los compinches, el “104” le traía el atuendo, lo ayudaba a vestirse y le acercaba un inmenso espejo para que el General pudiera admirarse a si mismo durante un par de minutos y él se iba a buscarle el refresco. Aún no había terminado el Sr. Presidente de ver su reflexión cuando el escolta retornaba al salón sosteniendo una bandeja con botellas del célebre brandy “Extra”, amargo ruso “Iwanita”, ponche de crema y soda inglesa, los cuatro ingredientes para la preparación de su coctel predilecto.

Era el mismo Castro quien preparaba su delicioso brebaje etílico y cuando la mezcla estaba lista, procedía a servirla en varias copas que repartía entre aquellos que se encontraban en su despacho, entonces levantaba la suya y les decía a todos con tono picaresco:

-Ahora le toca a los amigos colaborar con la “Restauradora”.-

Únicamente interrumpía esta rutina cuando el “104” le informaba en la oficina del telégrafo, que en su despacho, además de los amigos de siempre, lo esperaba alguien a quien el General no deseaba recibir. Entonces se iba apurado y echaba a correr por los pasillos y el patio de Miraflores hasta alcanzar su alcoba para encerrarse.

Allí permanecía mientras su espaldero le informaba a quienes lo esperaban en el despacho que el “Siempre vencedor, jamás vencido” se encontraba ocupado en Gabinete tratando temas de seguridad nacional y no podía atenderlo en ese preciso momento. Que apenas encontrara un espacio de tiempo en su apretada agenda e incansable lucha contra los imperios y enemigos de la revolución, lo mandaría a citar para darles la bienvenida que bien se merecían en el Palacio de Gobierno.

Esa era la clave para que Figueredo, Rivas, Ayala y Gómez García escoltaran al indeseado hasta las puertas del Palacio y, después de montarlo en un coche o verlo alejarse a pie por la esquina de la Plaza Bolívar, se dirigieran a la alcoba privada del General para proceder con el ritual del coctelito antes del mediodía.

Aquel dictador, fuerte y enérgico, de personalidad intimidante, jefe absoluto de Venezuela, echaba a correr como único recurso para librarse de todo aquel que le fastidiara la paciencia a la hora de beberse su pócima restauradora con los amigos. Así lo cuenta el periodista Carlos Benito Figueredo en sus memorias.

Del borracho que pretende de valiente se ríe la gente.