Jimeno Hernández: El brujo Telmo Romero

En un país estancado en el tiempo y que rehusa adentrarse por las puertas del progreso universal gracias a la torpeza de sus gobernantes y el rechazo a las ciencias modernas fomentado por la ignorancia y supersticion de su ciudadania, se hace común en la sociedad la presencia de yerbateros, ensalmadores, sobones y rezanderos que ayudan a la gente a librarse de sus congojas.

La escasez de médicos y hospitales obliga a los enfermos a tratar sus aflicciones en las iglesias, frente a la cruz y con un rosario en la mano, pero, como con la salud no se juega y los milagros no suceden todos los días, tambien solicitan la asistencia del brujo, un personaje que ha cosechado fama por sus talentos para retardar la muerte, aliviar dolores y curar mal de ojo, mal de amores, insomnio y hasta la angustia con la ayuda de extraños rituales y pócimas hediondas.

En el año 1884 entra a Caracas un sombrío y curioso personaje que dará mucho que hablar en la ciudad de los techos rojos. Es alto, flaco, de frente amplia y con bigote y perilla color cenizo. Se llama Telmo Romero, es dueño de un aire misterioso y dice ser curandero tachirense iniciado en secretos de tradición milenaria por los piaches de distintas tribus en La Goajira.

Se convierte en celebridad tras salvar de la muerte a una niña llamada Aminta,  la hija de Joaquín Crespo y Jacinta Parejo, nada más y nada menos que la pareja presidencial. Al parecer, la joven padecía de una extraña fiebre que los galenos de la Facultad de Medicina de la Universidad no supieron diagnosticar ni sanar con sus remedios. Romero, con tan solo preguntar los síntomas y examinar a la joven una vez, le recetó desayunarse con sancocho de zamuro aderezado de jengibre y beber, tres veces al día, una dosis de jarabe de aipiru con manteca de culebra de agua, anís, culantrillo y miel.

Ante la incredulidad de todos, después de tan solo una semana de seguir el régimen impuesto por el andino, la calentura desapareció y Aminta abandonó la cama para salir a jugar en los jardines de la “Villa Santa Inés”.

El Presidente de la República y su esposa, quienes ya preparaban los arreglos de la sepultura de la niña, le atribuyen un milagro y no tardan en recompensar el resultado de su intervención. Inmediatamente lo adoptan como medico de cabecera de la familia y colaboran con el financiamiento de la publicación de su obra titulada “El bien general”, un recetario medicinal de brebajes y pomadas en que el autor fusiona remedios caseros coloniales con menjurjes que denomina como “secretos indígenas de tradición ancestral de los piaches tribales”.

Todos los días se le puede ver acompañar a Don Joaquín en sus cabalgatas matutinas por distintas calles y plazas de la capital, así como también entrar por las tardes a la mansión presidencial y salir de esta en altas horas de la noche.

Los rumores indican que Telmo Romero es algo más que un curandero para los Crespo. Dicen que puede adivinar el futuro al escuchar el murmullo de la brisa cuando roza contra las hojas del samán, ver como cambian las formas de las nubes en el cielo o escuchar el canto de las guacharacas. Que ha hechizado al caudillo llanero y realiza sacrificios de animales en ceremonias satánicas para perpetuarlo en el poder.

El chisme aumenta cuando, en la esquina de Las Madrices, abre sus puertas “La Botica Indiana”, una inmensa pulpería en la que comercializa de todo un poco. En sus anaqueles se puede encontrar una gama de jarabes como el aipiru, el hemostático, el depurativo y el expectorante, así como también artículos de cualquier naturaleza para que sus clientes puedan adquirir lo necesario para preparar, en la comodidad del hogar, los remedios contenidos en “El bien común”.

Allí vende hiel de serpiente, colmillo de caimán, pechuga de zamuro, riñón de cordero, intestino de zorro guache, manteca de manatí, bosta de vaca negra, semillas de cacao y café, aceites de oliva y coco, harinas de trigo y maíz, distintos bledos, hierbas, flores y frutos. Incluso cuenta la tienda con una sección de modas en la que se exhiben sobreros “pelo e guama”, sillas de montar y chaquetas y zapatos de distintos cueros.

Su ascenso a la fama y la inauguración de su nueva empresa vienen acompañados del contrato público para tratar a los leprosos recluidos en el Lazareto de Caracas y los pacientes del asilo de enajenados en Los Teques. También se le otorga concesión de la producción y venta de   medicinas que, por orden del Presidente, deben ser elogiadas y utilizadas por los médicos caraqueños.

Cuando hay santo nuevo los viejos no hacen milagros.