Jimeno Hernández: Venezuela le cierra las puertas al dictador

En Noviembre de 1908, el Presidente Cipriano Castro se encuentra gravemente enfermo. Enfrentado a la idea de la muerte y la disyuntiva de mantener el poder o la vida, el caudillo elige la vida y decide abandonar el país para someterse a una operación renal en la famosa clínica del Dr. Israel en la ciudad de Berlín.

Ha llegado la hora de escoger quien le cuide la silla y “El Cabito” vislumbra que únicamente cuenta con un amigo fiel. Ese que lo acompañó en los años de exilio y financió el grupo de 60 hombres de la “Revolución Restauradora”. Ese que se mantuvo a su lado en la alocada marcha desde Capacho hasta Valencia que acabó con el gobierno del General Ignacio Andrade, su compadre Juan Vicente Gómez.

Un comunicado oficial se publica entre las paginas del diario “El Constitucional” la mañana del 23 de noviembre. El Presidente informa a los venezolanos que circunstancias especiales lo obligan a viajar hacia Europa por breves días y decreta: “Queda constitucionalmente encargado de la Presidencia de la República el primer Vicepresidente, General Juan Vicente Gómez. Rodeadlo y prestadle vuestra cooperación en el desempeño de su alta misión, como si fuera a mí mismo, y habréis cumplido vuestro deber.” Aquella misma tarde se dirige al puerto de La Guaira y aborda  un buque que lo aleja de las costas venezolanas.

Aún no ha transcurrido un mes de su partida ni ha finalizado el periplo  de cruzar el Atlántico cuando el compadre lo desplaza del poder con un Golpe de Estado. La madrugada del 18 de diciembre, Gómez toma el cuartel “El Mamey” en Caracas sin siquiera dar orden de fuego y luego se dirige a la Casa Amarilla, donde llama por teléfono a cada uno de los integrantes del gabinete nombrado por Castro y les dice que tiene algo importante que discutir con ellos. Estos, sin sospechar que algo raro sucede, se acercan al Palacio y son detenidos.

Corren los días de febrero de 1909 y Castro aún yace convaleciente en el lecho de la clínica. No ha terminado de recuperarse de la intervención quirúrgica a la que ha sido sometido y desde el catre maniobra sutilmente utilizando la pluma con el objetivo de regresar a Venezuela y retomar el coroto. Escribe cartas a todos aquellos que todavía considera como amigos e incluso le escribe al mismo Gómez. A todos les comunica que solo aspira regresar con el propósito de presentar su renuncia al Congreso Nacional pues ya no le interesa la política y desea retirarse para disfrutar de la vida campestre en su hacienda de Mariara. También les asegura que prefiere ser sometido a juicio público y sufrir una prisión honrosa a volver a experimentar la pena del destierro.

Nadie conoce a Castro mejor que su compadre Gómez y este último sabe que en esos asuntos de la política, al momento de encarar al enemigo, no hay precaución que no deba tomarse ni confianza o tolerancia que no resulte cara. Ese asunto de volver a Venezuela para presentar la renuncia al Congreso Nacional y la posibilidad que se le realice un juicio público que pueda terminar en condena no sería más que  un circo peor que el que montaron cuando “La Aclamación” en 1906. Semejante espectáculo se convertiría en una fuente permanente de agitación ciudadana y crearía un ambiente de desconfianza política propenso a la organización de planes subversivos. Ese desorden no puede ser.

El gobierno del General Gómez prohíbe la entrada del General Castro a territorio venezolano en 1909 y, desde ese momento en adelante, la vida del dictador caído se convierte en una perenne peregrinación sin destino. Distintos países europeos y Antillas del Caribe que lo ven ir y venir empeñando sus esfuerzos y diligencias en la infructuosa búsqueda de colaboración extranjera para organizar una conspiración contra el nuevo régimen que le ha cerrado las puertas de la República.

Durante cinco largos años transita Castro por el mundo sin hogar definido. A finales de 1909 desembarca en Martinica y las autoridades francesas lo obligan a devolverse a Europa. En su viaje pasa por Santa Cruz de Tenerife, Paris y Madrid, pero de todos lados lo corren. En 1912 intenta una vez más el retorno a América y desembarca en Nueva York para ser expulsado en febrero de 1913.

En 1916 se establece en Puerto Rico. Allí vive sus últimos años sumido en la pobreza y jamás vuelve a Venezuela. Murió la tarde del 4 de diciembre de 1924 en Santurce y sus restos mortales fueron sepultados en el cementerio Santa María Magdalena de Pazzi en San Juan.