Jimeno Hernández: La tragedia de Monseñor

En casi dos siglos de historia republicana, poco se ha mencionado en las  crónicas sobre personajes distintos a los próceres de la independencia y dictadores de Venezuela. Es por ello que no mucho se ha escrito sobre la tragedia de Monseñor Jesús Manuel Jáuregui Moreno, oriundo del pueblito trujillano de Niquitao en Los Andes.

Este hombre de Dios posee elevada moral cristiana, es culto y trabajador. Ha dedicado su vida a servir a sus hermanos y se ha encomendado a construir, en varios pueblos de la cordillera, carreteras, templos, hospitales y asilos para los necesitados. En 1884 funda el Colegio del Sagrado Corazón de La Grita en Táchira, institución en cuyas aulas se impulsa la educación de la juventud y se forman destacadas figuras que sobresalen en distintas ramas de la cultura como las artes, letras y ciencias. Monseñor es hombre bueno e importante en su región, un personaje a quien todos los andinos escuchan y respetan.   

El 23 de mayo de 1899, Cipriano Castro invade Venezuela por la frontera del Táchira y, después de dos meses de campaña, aún no ha podido tomar la ciudad de San Cristobal que defiende el General Juan Pablo Peñaloza. Entonces, solicita la ayuda de Monseñor Jáuregui, su amigo personal, para que este interceda como negociador. El caudillo andino desea lograr un armisticio con el gobierno del General Andrade y además solicita se le envíe un vapor al puerto más cercano para trasladarlo, junto a su comitiva, hacia Caracas.

El 23 de Julio, Monseñor Jáuregui le escribe a Don Cipriano:

He meditado despacio acerca de la proposición que usted me encarga para comunicar al Jefe del Ejército Nacional, General Antonio Fernández. Debo decirle que la considero inaceptable, primero porqué un armisticio sería dispendioso para la Nación y el suelo tachirense, y segundo, porqué es imposible que el representante del Gobierno Nacional ponga un vapor a disposición de un emisario de la Revolución para un viaje a Caracas, al cual se le pueden suponer dobles fines. Es por lo anterior que he juzgado que no debo ejercer la mediación que usted solicita pues sería tiempo perdido y nada decoroso para mi persona.

Renovando las consideraciones que la religión y la caridad inspiran, en estos momentos que está por derramarse estérilmente la sangre de los hijos del Táchira y quedando de manos de usted evitarlo, le ofrezco de nuevo mi mediación, pero tan solo para negociar una rendición honrosa que ponga término a tantos males de un modo decoroso, tanto para el gobierno nacional como para usted y los suyos.

El líder de la “Revolución Liberal Restauradora” recibe la misiva mientras se encuentra en las alturas de Borotá y, al leerla, estalla en cólera y menciona la madre del hombre de la sotana. Estas palabras servirán de epitafio y sepultura a la relación de amistad que alguna vez existió entre Monseñor y el General. Ahora, la revolución, sin la ayuda de Jáuregui y las tropas del gobierno acantonadas en Colón, a pocos kilometros de San Cristobal, tambien parece contar con epitafio y sepultura.

El enfrentamiento se produce en las cumbres de Cordero y nadie sabe quien resulta victorioso en la escaramuza. Los refuerzos logran entrar a San Cristobal y Castro se retira a Capacho. Es allí que, a principios de agosto, toma una resolución digna de su locura y opta por abandonar el objetivo de controlar San Cristóbal para marchar con los suyos hacia el centro del país. A su demencia se unen la buena suerte y una serie de eventos inesperados.

Los generales del gobierno apenas le ofrecen resistencia y lo observan pasar por sus respectivas plazas. Cuando llega a Carabobo, al mando de mil seiscientos hombres, lo esperan los generales Diego Bautista Ferrer y Antonio Fernandez junto a cinco mil soldados bien armados, pero estos apenas dan batalla a los alzados y más bien les despejan el camino.

Todos saben que el General Ignacio Andrade ha llegado a la magistratura gracias a unas elecciones fraudulentas y, con Joaquín Crespo en la tumba, su gobierno está caído, no hay necesidad de derramar sangre hermana. Entonces, contra todo pronóstico, Castro entra triunfante a la Capital el 22 de octubre de 1899 y ocupa la Presidencia de la República.

En mayo de 1900, Monseñor Jaúregui se dirige a Roma, en misión del Obispo de Mérida, a celebrar el Jubileo del Año Santo, pero es apresado en Maracaibo por orden del dictador y encerrado en un calabozo del Castillo de San Carlos. Allí pasará unos meses antes de ser expulsado de Venezuela para morir en el exilio.

La desgracia de Jáuregui será la primera de las tantas que sufren los perseguidos políticos de esta dictadura.