Jimeno Hernández: Periodismo en tiempos de dictadura

Los años posteriores al Golpe de Estado que derroca el gobierno del Presidente Rómulo Gallegos, son de ingenuidad para la ciudadanía y preparación por parte del sector militar para contrarrestar la creciente popularidad de los personajes civiles y así garantizarse el control del Estado y los grandes negocios.

En distintos botiquines y cuarteles, a lo largo del país, se celebran lo que el escritor Mariano Picón Salas apoda “los tratos de la noche”, tertulias clandestinas en las cuales militares de alto rango, al son de música de banda, entre tragos de aguardiente y la compañía de meretrices, planean el dominio del negocio del oro negro en manos de pocos.

La mañana del 13 de noviembre del año 1950, el General Carlos Delgado Chalbaud, Presidente de la Junta Militar de Gobierno, es secuestrado y asesinado en la calle La Cinta de la urbanización Las Mercedes en Caracas. Los autores materiales del crimen son abatidos ese mismo día y la investigación llega hasta allí, pero se sospecha que existe un autor intelectual que goza de impunidad. Este homicidio será el preludio de la era del General Marcos Pérez Jiménez.

En la Venezuela de hoy solo existe el apetito de saborear el fruto prohibido y expresarse sobre el tema de la política, pero son pocos aquellos que se atreven a hacerlo. Es durante aquellos tiempos turbulentos que se publica por vez primera, editada por José Agustín Catalá e impresa en los talleres de “Ávila Gráfica”, una revista llamada SIGNO.

La pluma más diestra con la que cuenta este rotativo es la de un joven abogado tachirense llamado Ramón J. Velásquez. Como en la Venezuela de hoy no se puede hablar del presente y uno no puede decir lo que piensa y siente, prefiere narrar relatos del pasado en forma de parábola, utilizando un lenguaje moderado y recurriendo a la metáfora y la analogía en textos atestados de frases con doble sentido, insinuaciones y paradigmas.

El joven escritor se dedica a publicar, semana tras semana, reportajes en los cuales figura algún personaje histórico y la diatriba que marcó su destino. Estos relatos de caudillos, sus vanaglorias, pasiones y trapacerías, se convierten en el espejo a través del cual piensa debemos observarnos como sociedad.

Para él no existe labor más importante que transmitir, a través de las páginas de SIGNOS, un mensaje de repudio en contra del régimen. Es por ello que su columna revive los fantasmas de nuestro pasado y suele dejar curiosas moralejas al lector pues sus escritos ocultan claves que son bien entendidas por el público y, sin duda, por los censores de la dictadura.

Para Ramón “la historia no es futurología, ni Paleontología. Pero si brinda al investigador, al estudiante y al curioso impertinente los elementos de información y juicio para poder adivinar entre las sombras de la madrugada que es el futuro y los posibles pasos de una comunidad que vive en un escenario tradicional y tiene hábitos mentales, usos y costumbres que perduran por encima del cambio de las modas”.

A pocas semanas de su primera publicación, la columna se empieza a convertir en lectura obligatoria para muchos y aunque el hombre no firma sus escritos, se convierte en el gran artífice de la revista y es bastante la gente en la ciudad que sabe quién es el dueño de la pluma que escribe estos curiosas e interesantes crónicas.

Rápidamente empieza a estrecharse el cerco de la actividad política y las libertades ciudadanas en el país. Con el pasar de los días se encoje el campo para la labor intelectual y sus referencias indirectas. Se ha rebosado la copa de su tolerancia ante este régimen dictatorial y Velásquez decide colaborar en un proyecto osado y peligroso, la redacción de una obra titulada “Venezuela bajo el signo del terror”, también conocida como el Libro Negro de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez.

Su pluma junto a las de Simón Alberto Consalvi, Juan Liscano, Héctor Hurtado, René Domínguez, Jorge Dáger y Héctor Alcalá, dan vida al proyecto orquestado por Leonardo Ruiz Pineda y José Agustín Catalá, una elaborada crónica de los pecados cometidos por los altos funcionarios de la dictadura en la que se habla  de corrupción, persecución política, el presidio, las torturas y el fraude electoral por venir.

La reacción del gobierno no se hace esperar. El taller editorial de “Ávila Gráfica” es allanado y clausurado, Ruiz Pineda tiroteado en la calle, Catalá preso y torturado y Velásquez acusado de intento de Magnicidio.

Así son las vainas en tiempos de dictadura.