Jimeno Hernández: El complot de marzo

El 19 de marzo del año 1858, entra triunfal a la ciudad de Caracas el General Julián Castro. Ese mismo día, en horas de la tarde, se hace a cargo de la Presidencia de la República y juramenta a su Gabinete. Finaliza así la oscura década de dominación política de los hermanos Monagas.

Un retrato histórico de los hechos acontecidos aquel día lo pinta con palabras el señor Francisco Tosta García, militar, político y miembro de la Academia Nacional de la historia, en un capítulo titulado “El Complot de Marzo” de su obra “Episodios Venezolanos”. Tosta García narra los eventos en boca de un testigo ficticio llamado Antonio Castro y Calderín, este es su relato:

Que rebullicio, que movimiento, cuantos apuestos adalides, de espada al cinto y trabuco terciado, todos salen de sus casas, haciendo cabriolas en sus caballos, con la desenvoltura y pedantería propias de los fanfarrones que tienen la certeza que no correrán peligro. Saben que no habrá resistencia alguna contra el alzamiento y protagonizarán una entrada espectacular al son de música, cohetones y el repique de las campanas.

Yo me quedé atrás observando a la gente y tan solo seguí el ejemplo. Con arrogante desenfado eché pierna a mi bestia e hice sonar el clavel de la espuela. Fue así que me incorporé a las filas de la Revolución de Marzo, con aire de vencedor y sin haber luchado. Después de cuatro horas de larga y pesada cabalgata, logré colarme entre los primeros de la marcha y el grupo de jinetes que formaba el gran séquito de acompañantes del General Castro.

A eso de las diez de la mañana llegamos a Palo Grande, en donde nos encontramos el primer arco triunfal, formado con biombos y tintos bastidores, debajo de sus flotantes banderolas se podían ver letreros con cualquier clase de insultos dirigidos al General José Tadeo Monagas y elogios para el petareño Julián Castro. Sin embargo, más homenajeado que el Jefe de la Revolución resultó ser el gran ausente de los festejos, el hombre que la gente apoda “Esclarecido Ciudadano”, el General José Antonio Páez. Esa vaina da  mucho que pensar y es señal evidente que los godos tienen el trompo enrollado y ya están pensando en salir del comodín o títere que han reconocido como Jefe. Apetecen sustituirlo, en la primera ocasión que se les presente, por el suspirado caudillo de sus afecciones, el semidiós de la llanura y único personaje en quien ven cifradas sus esperanzas y aspiraciones.

El entusiasmo en la ciudad de Caracas es indescriptible. Calles colmadas de gente y cada esquina de nuestro itinerario se encuentra adornada con un arco parecido al de Palo Grande. Además de eso, las ventanas están engalanadas de cortinas con los colores de la bandera y los balcones atestados de preciosas y desatendidas señoritas que nos arrojan guiños y flores al pasar.

Entre vivas y aclamaciones llegamos a la Catedral, allí se nos dio orden a  todos los del séquito del Jefe del Ejército Libertador de hacer formación en la Plaza de San Jacinto mientras el General Julián Castro asistía a una misa en la cual un inmenso coro de monaguillos le cantó el “Te-Deum”, en acción de gracias a la Providencia, por su espléndido triunfo sin librar batalla o derramar sangre hermana.

De la Catedral nos dirigimos inmediatamente hacia la Casa de Gobierno, donde fuimos recibidos por el Gobierno Provisorio, cuyo Presidente, el Doctor Pedro Gual, pronunció un discurso muy oportuno y elocuente, mediante el cual hizo entrega formal del Poder. El General Castro contestó, entre otras cosas burdas y chabacanas, una gran verdad que hizo sonreír maliciosamente a muchos de la numerosa concurrencia.

-Yo no soy más que un instrumento de la Nación que se ha levantado en masa para cimentar la verdadera República y se ha posado sobre mis débiles hombros un cargo muy superior a mis facultades. Hoy acepto la Presidencia de la República porque tengo una muleta para poder cargarla y esta es la cooperación de los venezolanos.-

El nuevo Presidente de la República finalizó su arenga predicando que la unión y la fraternidad eran la verdadera familia y que no había que ver para atrás sino para adelante, probablemente dijo aquello pues viendo hacia atrás quedaba mencionada su traición al General José Tadeo Monagas.

La última frase de su primera alocución es aplaudida con fervor por todos en la sala y es presagio de los tiempos turbulentos están por venir.

-¡Aquí no hay más partidos que el de los buenos contra los malos!-

En Venezuela no tardará en estallar otra gran guerra.