Jimeno Hernández: Periodismo político

En la historia del periodismo político las páginas de EL VENEZOLANO, medio de comunicación fundado el 24 de Agosto del año 1840, ocupan un espacio singular y digno de admiración. Este periódico posee un nuevo estilo de escribir y sus textos se encuentran aderezados con comentarios irreverentes, frases de doble sentido y, a veces, con una óptica casi humorística. Todos estos elementos lo convierten en un importante instrumento para interesar al pueblo en su propio destino político.

A tan solo dos años de la publicación de su primer número los subscriptores ascienden a más de mil y pico, se comienza a distribuir en las principales ciudades del país y llega hasta remotas aldeas por las cuales no parece ni pasar el tiempo. En horas de la tarde, la gente que no sabe leer se congrega en callejones y plazas donde alguien, que si sabe hacerlo, lee las noticias para todos. Allí escuchan en voz alta, palabras de genio popular, coloquialismos y fabula criolla que esbozan las mismas ideas, inquietudes y aspiraciones que merodean dentro de sus cabezas y aún no han aprendido a expresar.

Una de las principales columnas del periódico se titula “Daguerrotipo”, en honor a un sistema inventado en Francia de retratos no dibujados que se imprimen en placas de plata pulida, cuya tecnología acaba de llegar a Caracas y se ha convertido en la última moda. Esta sección se dedica a realizar un retrato moral de las personas de la vida pública y da mucho de qué hablar.

Desde el primer instante de su nacimiento se le declara faccioso pues se encuentra guiado por su creencia que para transmitir sus ideas a los demás hay que decir lo que se piensa y lo que se siente. Los enemigos de la prensa libre aseguran que EL VENEZOLANO pretende trastornar la paz pública, desacreditar al país y atemorizar capitales. Se le echa en cara la memoria del padre y fundador, el Sr. Antonio Leocadio Guzmán, a quien sus enemigos dedican su propio daguerrotipo moral al llamarlo ambicioso, farsante, oportunista, ladrón y resentido. Lo describen como hombre cruel en la intimidad del hogar y hasta lo llaman momia, espectro y falso prócer.

Antonio Leocadio Guzmán es víctima de las más violentas campañas por parte de aquellos que representan los poderosos intereses económicos y políticos del Estado. Un enjambre de más de veinte periódicos pagados con el oro ministerial, y liderados por EL ANCORA, EL PROMOTOR, LA TORMENTA, EL VEJIGATORIO y EL DIARIO DE LA TARDE, le hacen la guerra a él y a su periódico, condenándolos a ambos al decir que abusan de manera escandalosa del principio de la libertad de prensa.

Con paciencia debe Guzmán soportar los amargos y crueles ataques de plumas tan diestras como las de Juan Vicente González y el Dr. Ángel Quintero. Después de todo, de eso se trata la libertad de expresión, uno no puede andar por ahí diciendo lo que le venga en gana y luego lloriquear por lo que otros digan de uno.

Las constantes arremetidas de la prensa del gobierno auspician que EL VENEZOLANO abandone un lenguaje relativamente moderado que mantuvo durante los primeros años de su existencia, suba la tónica de sus escritos y desate en Venezuela una verdadera guerra de las plumas entre dos bandos, por un lado los que apoyan al Partido del General Páez y, por el otro, aquellos que aspiran a un cambio en la manera de gobernar.

De pronto se hace el silencio y EL VENEZOLANO deja de circular en a finales de mayo de 1845. Nadie sabe lo que sucede con el periódico y sus oficinas empiezan a llenarse de cartas con preguntas que jamás serán respondidas.

Es casi un año después, el 12 de abril de 1846 que reaparece el rotativo en las calles de Caracas y en primera página figura un editorial titulado “La misión de EL VENEZOLANO está cumplida”. Entre sus líneas se lee:

“El periódico pertenece ya a la historia que ha de juzgarlo. Los altos dogmas de la de la oposición han sido aceptados. El imperio de los principios ha sucedido al predominio de los hombres. Existía ya un pueblo en posesión de su destino. Sin EL VENEZOLANO el Partido Liberal ha proseguido su marcha. Se ha demostrado que la oposición no era el empeño de un hombre, mucho menos de un hombre agraviado, sino la causa de los acontecimientos del cuarenta y cinco. No era su misión la de inflamar heridas y exacerbar el ánimo del tremendo poder en su agonía. Ha sido un nuevo sacrificio en aras de la paz pública.”

El texto finaliza con broche de oro.

¡Venezuela ha dejado de ser el patrimonio de un caudillo militar!