Jimeno Hernández: El enemigo improvisto de Linares Alcántara

Un par de ángeles malos susurran al oído del General Francisco Linares Alcántara y lo seducen con la idea de convertirse en el líder de la reacción para poner punto y final a la dominación del “Ilustre Americano”.

-Tantos años de intrigas, desvelos y luchas peligrosas no pueden compensarse con tan poco tiempo en la Presidencia. Un bienio transcurre en un santiamén y apenas hemos empezado a remover los escombros que nos ha dejado la dictadura de Guzmán Blanco. Hoy reposa sobre usted la responsabilidad de tomar las riendas del país para guiarlo por los senderos del cambio-

Es con ese alegato que Amengual y Villanueva alimentan los delirios de grandeza del aragüeño. Ambos son hombres de letras que conocen los vericuetos de las leyes y las debilidades de los poderosos. Ellos se encuentran familiarizados con la tragicomedia que vive el país y han visto en Linares Alcántara la posibilidad de acabar con el yugo guzmancista.

La reacción ha comenzado y la idea de reformas políticas se muestra tímidamente en lengua de ancianos políticos y párrafos de distintos periódicos. El Presidente se mantiene en silencio frente a los hechos y deja que la gente hable y los reporteros escriban. El correr de los días y su indiferencia hacen que se multipliquen denuncias graves sobre los atropellos del régimen de Antonio Guzmán Blanco, entonces los ataques suben de tono y hasta lo llaman “bandido” y “mazorquero”.

Guzmán Blanco decide irse para Europa. Ve la cosa muy mala en Venezuela y dice que  las gallinas están cantando como los gallos. Con él fuera del país, no tardan Amengual y Villanueva en tentar a Linares Alcántara con las mieles del poder. Le proponen una simple fórmula para continuar en la silla, convocar a una asamblea constituyente y reformar la Carta Magna para estirar el mandato. Él cede ante la tentación pues sabe que finalmente le ha llegado su turno y aspira convertirse en el nuevo dueño de Venezuela.

Existe todavía un problema, hay dos militares y un civil que están dispuestos a probar suerte en las elecciones venideras, los generales León Colina y José Ignacio Pulido y el doctor Raimundo Andueza Palacio. Entre Amengual y Villanueva convencen a Colina para que abandone sus aspiraciones presidenciales y se una a la causa continuista del aragüeno. A Pulido, dueño de un arsenal, le ofrecen cien mil pesos por el parque y dos carteras ministeriales para sus amigos a cambio que retire su candidatura. El Presidente le habla claro y raspado a Andueza Palacio:

-Usted no pinta nada aquí musiú, usted es guzmancista y lo preferimos afuera que adentro-.  Le dice.

Entonces el doctor decide retirarse de la carrera electoral, arregla sus baúles y se embarca, al igual que Guzmán Blanco, rumbo a Europa. La suerte parece sonreírle al Presidente Linares Alcántara y ofrecerle el destino soñado, pero un enemigo improvisto destruye sus planes.

La tarde del 22 de noviembre de 1878 cae enfermo. La fiebre crece con las horas y el hombre delira en una cama. Nadie sabe lo que tiene y los médicos se muestran derrotados ante el sufrimiento del Presidente. En horas de la noche del 30, tan solo una semana después, una voz anuncia en los corredores de la Casa Amarilla:

-El General Francisco Linares Alcántara acaba de morir-.

Su repentino fallecimiento deja perplejos a sus seguidores y ahora estos deben encontrar un nuevo líder para evitar que se les caiga el parapeto, entonces optan por continuar la maniobra con el fin de mantener las manos sobre los hilos del gobierno. Queda como Presidente encargado Jacinto Gutiérrez en su condición de Presidente de la Corte Federal y de Casación, pero sus ancianos hombros no pueden resistir el peso de la reacción antiguzmancista que durante años venía tejiendo el difunto. Entonces a los pocos días la Asamblea Constituyente decide nombrar para ese supremo cargo al General José Gregorio Varela.

La noticia de la muerte del General Francisco Linares Alcántara y los últimos acontecimientos de Caracas no tardan en llegar por mensajes cablegráficos a Francia, desde donde Antonio Guzmán Blanco decide escribirle directamente al General José Gregorio Varela.

En la comunicación le dice:

-Mi compadre pudo quizás  haber realizado el funesto proyecto que tenía, porque él tenía personalidad, elementos y poder, y estaba admirablemente dotado para cautivar a los hombres como a los pueblos por el engaño, pero muerto él, ninguno de sus hombres lo reemplaza. Y si se insiste en la usurpación, sucumbirán desastrosamente sus adeptos.-