Mariana Cover: De sueños a suspiros

Es normal querer pasar un fin de semana con los panas, y más aún en un país como Venezuela donde tenemos tantos destinos diferentes para disfrutar. En esta ocasión, un grupo de amigos eligieron Morrocoy; y yo, por esas vueltas que da la vida y que muchas veces no te esperas, terminé incluida en el viaje. Unos salieron a las 5 de la mañana para evitar la cola del fin de semana largo, otros más flojos salimos a las 11. Todo fluyó. A eso de las 6pm ya estábamos en la casa haciendo parrilla, bebiendo, echando broma; lo normal. Todo iba bien hasta que llegó ese momento en el que las expectativas de un viaje que prometía, son pateadas por la cruda realidad venezolana. Alrededor de la 1am, tres chamos encapuchados y con armas largas entraron en la casa. Sólo bastó eso para someter a 16 personas; pero, sinceramente, ¿quién se mete con un pana de 20 años que tiene una escopeta en las manos?

Todos estamos bien, como los creyentes dicen, “Gracias a Dios.” La verdad es que tuvimos suerte, ya que nos tocaran unos malandros decentes, dentro de todo, que no nos maltrataron muy poco físicamente y verbalmente. Al final toda la pérdida fue material. Nos quitaron gran parte de nuestras pertenencias y, a algunos, nos dejaron sólo con lo que teníamos puesto, incluyendo las medias, y un carro sin llaves. A pesar de la supuesta buena suerte dentro de todo lo malo, queda ese sabor amargo en la boca y ese sentimiento de impotencia y frustración, que juntos son una bomba atómica para el ánimo. De esas bombas que atacan esas ganas de quedarse en Venezuela. Pero ese es otro tema.

La realidad es que lo material se va y eventualmente vuelve, pero las ganas de trabajar, el ánimo, y la esperanza, son difíciles de perder y aún más difícil de recuperarlas una vez que se fueron. Esa pérdida fue lo que percibí en la mirada de uno de los dueños de la casa y del encargado de cuidarla. Dos señores morenos, altos, con pelo canoso, cara curtida, y mirada amable y cansada. Con ambos hablé un rato en la mañana antes de irnos, y no pude evitar contagiarme de esa tristeza y frustración que expresaban. Con ellos aprendí un poco de la historia de la casa, de sus sueños y metas con ella. Comentaron cómo han tenido que ir alquilando cada vez menos el lugar, sobre todo desde que invadieron unos terrenos “ahí cerquita.” También mencionaron cómo toda esta situación los afecta económicamente, y de cómo poco a poco esas ganas de tener más casas para alquilar, y hasta piscina, se han ido quedando en sólo ideas.

Muchos dirían que invertir y arriesgarse es la solución. Pero ¿para qué invertir si cada vez tienes peor reputación (y no necesariamente por tu culpa)? ¿Para qué arriesgarse a si no hay seguridad, si lo que reina es la delincuencia? ¿Para qué hacer tamaño de esfuerzo si recurrentemente te recuerdan que muy probablemente sea un esfuerzo perdido? Lo peor del caso es que se frustran las ganas de aquellos que viven en la Venezuela más rebelde, esa en la que los malandros pueden llegar a tener más control que el mismo Estado, y que terminan siendo una gran piedra de tranca para aquellos que quieren salir adelante a punta de trabajo digno.

Es muy triste sentir que Venezuela se nos escapa en suspiros. Que nos estamos convirtiendo en un país de personas que cada vez tienen menos ganas de soñar y menos ganas de trabajar por esos sueños, pero cada vez con más ganas de conformarse. Personas que podrían llegar a ser mucho más de lo que son hoy, pero se frustran ante las muy frecuentes situaciones que generan impotencia; esos momentos que hacen que el miedo sea el sentimiento que reina en ti y que al final arriesgarte a intentar tener más simplemente se reduce a un suspiro. Es que al final, lo único que queda decir es “menos mal que están bien mija, ni modo.”