Jimeno Hernández: Crisis en La Guyana

El Presidente se dirige en tono enérgico al Congreso y, en su discurso, anuncia el estallido de un conflicto internacional provocado por el empeño del Imperio Británico de querer llevar los límites de la Guayana Inglesa hasta las orillas del río Uruán. Según el Ejecutivo, se trata de otro intento por parte del imperio despiadado para arrebatarle a la República otra importante porción de su territorio, así como lo ha venido haciendo durante el transcurso de los años.

En la Plaza Bolívar de Caracas y capitales de los distintos estados del país, se leen proclamas, estallan manifestaciones populares y se organizan banquetes y desfiles en apoyo al gobierno. Corre el año 1896 y una expedición de soldados ingleses ha osado adentrarse en nuestra tierra e izado su pabellón sin temor a represalia. Las autoridades venezolanas, en el acto, repelen al invasor a punta de sangre y fuego. Toman a dos integrantes de la expedición como prisioneros de guerra y arrían el estandarte de la Gran Bretaña que estos han levantado en el sitio. Luego proceden a escupir sobre el trapo antes de arrojarlo al río.

El gobierno europeo, de manera insolente, reclama reparos por la injuria cometida contra su estandarte. El encargado de leer el mensaje al gabinete es el cónsul alemán pues el gobierno ha roto relaciones diplomáticas con la Gran Bretaña hace ya casi una década. Entonces comienzan a llegar refuerzos a las guarniciones inglesas ubicadas en Las Antillas y, desde allí, envían embarcaciones atiborradas de soldados y armamento destinados a engrosar las fuerzas inglesas que se encuentran en pie de guerra resguardando la línea del Cuyuní, límite legal de Venezuela con la Guayana inglesa.

La magnitud del lío crece con las horas y se convierte en un inmenso rollo en cuestión de días. En Caracas se propone la idea de crear una alianza conformada por las jóvenes naciones americanas con el objetivo de resguardar, con la colaboración de sus integrantes, los derechos territoriales que se ven amenazados frente a la rapacidad territorial de “La Pérfida Albión”. Entonces el Presidente Joaquín Crespo concede la libertad a los presos políticos e invita a los ciudadanos venezolanos a formar filas para defender a la República de la amenaza extranjera.

A mediados del mes de junio empiezan a circular, entre los callejones de la capital, chismes y rumores que saltan de boca en boca y generan zozobra entre la población. Al parecer, son muchas las lenguas que afirman, en distintos corrillos, que la guerra es un hecho inevitable y ya ha comenzado. Dicen que los acorazados ingleses han zarpado desde distintos puertos del Mar Caribe para fundirse en una inmensa flota que se aproxima rápidamente hacia el Puerto de La Guaira. La gente comenta que estas embarcaciones poseen modernísimas piezas de artillería cuyos proyectiles pueden bombardear la ciudad de Caracas desde las costas de La Guaira.

El temor a la posibilidad de un bombardeo genera caos y alarma en la capital. Familias enteras colman sacos y valijas con sus peroles más preciados, los encaraman sobre carretas o el lomo de sus bestias y comienzan a abandonar el valle con el objetivo de evadir el alcance de los temidos cañones de la marina inglesa. Entonces la prensa se ve obligada a sembrar calma entre sus lectores con ánimos de aplacar la locura ocasionada por semejante embuste.

Es un periodista llamado Rómulo Guardia el que trae orden al desorden cuando publica un artículo en el que se encuentra la opinión de un experto en la materia. En este explica que según Don Salustiano García, Profesor de Artillería en la Escuela de Ingeniería y el Colegio de Ingenieros, los puntos más bajos de la cordillera del Ávila alcanzan los dos mil metros de altura y la distancia directa de Caracas hasta la costa de La Guaira es de catorce kilómetros. No hay razón para tanto escándalo, resulta físicamente imposible que un disparo de los acorazados ingleses caiga sobre los techos rojos de la capital.

El conflicto internacional acaba siendo más bulla que la cabuya pues no estalla la guerra. Grover Cleveland, Presidente de los Estados Unidos, decide intervenir para frenar el expansionismo ingles en tierras americanas al proclamar la vigencia de la “Doctrina Monroe”. El Congreso Norteamericano aprueba por unanimidad la tesis presidencial y solicita los ingleses se apeguen a un “arbitraje imparcial”.

Finalmente, en febrero de 1897, se firma en Washington un tratado de arbitraje entre Venezuela y Gran Bretaña para delimitar los límites de la Guayana.

El resto es historia.