Jimeno Hernández: La última marcha del caudillo llanero

Una tarde, a mediados del año 1897, se encuentran frente a la Plaza Bolívar de Caracas el doctor Francisco González Guinan y el general Joaquín Crespo. El Presidente de la República lo ha citado frente a la estatua del Libertador para dar un paseo a caballo por los alrededores de la capital. Así lo relata el historiador en su obra titulada “Memorias Personales”.

Saludan a la gente en la plaza y bajan por una esquina hacia la Universidad. Desde allí continúan su andar en dirección al sur y, después de un par de horas, llegan al sitio donde Guzmán Blanco ha fundado los campos y capillas del Cementerio General del Sur. Los jinetes se adentran por los inmensos terrenos del camposanto hasta que avistan un sitio donde se construye una gran tumba que contrasta con la modestia de las cruces de madera sin epitafio que allí se encuentran.

-Hemos llegado-  le anuncia Don Joaquín antes de quitarse el “pelo e guama”, secarse el sudor de la frente con la manga de la zamarra y sobarse su larga barba negra. Ambos desmontan y amarran sus bestias al botalón. Entonces le dice el caudillo a González Guinan:

-En la Iglesia de la Trinidad, esa que mi compadre Guzmán Blanco ha transformado en el Panteón Nacional para los próceres de la Independencia, existe también un lugar para los héroes de la Revolución Federal. Él quiere ser enterrado allí, al lado de su pariente Simón Bolívar. Cuando yo muera no quiero que me pongan cerca de Antonio, es aquí donde deseo reposar junto a Jacinta.-

Es tan solo unos meses después de aquel paseo vespertino que la dama de sayo negro se le aparece a Crespo en las llanuras de Cojedes. El candidato perdedor de las elecciones realizadas a finales de ese año, José Manuel “El Mocho” Hernández, se levanta en armas alegando fraude electoral y “El Tigre de Santa Inés”, como Jefe de la Primera Circunscripción Militar, decide amolar el sable, ensillar un precioso alazano peruano y dirigir personalmente las operaciones en el campo de batalla para dar cacería al mocho cimarrón.

El hombre de la pampa sueña con la pompa de ser recibido, una vez más, como héroe y paladín de la legalidad, así como sucedió en 1892 cuando publicó una proclama desde su hato “El Totumo” en contra de las pretensiones continuistas de Andueza Palacio. Planea llegar a la capital, sobre su palafrén, liderando una fastuosa marcha que lleve a Hernández encadenado a la vara de una carreta y así impartir justicia pública al cabecilla de la rebelión. Aspira que Santiago de León lo reciba cómo Roma al Cesar después de la conquista de la Galia para luego jugárselas, cara a cara y mano a mano, contra el general Ignacio Andrade.

La noche antes de salir en campaña recibe una carta anónima que le aconseja cuidar sus espaldas pues, entre las tropas que comanda, existe un infiltrado que tiene por misión asesinarlo. Él hace caso omiso a la advertencia y tranquiliza a sus hombres de confianza diciéndoles que no existe motivo de alarma. El brujo le ha revelado un futuro prodigioso y garantiza la cristalización de sus ambiciones de convertirse en amo y señor de Venezuela.

-La suerte está echada- le dice a los suyos.

Es la madrugada del 16 de abril de 1898 que Crespo recibe un disparo y cae muerto en una escaramuza librada en un potrero del hato “La Mata Carmelera”. Un francotirador ubicado en la rama de un inmenso samán le propina un plomazo a una figura hercúlea con capa blanca, sombrero de panamá y botas de charol. La bala aterriza en el centro de su pecho y lo derriba del corcel. De espaldas al suelo polvoriento y con la vista perdida entre las nubes, el General tose y escupe burbujas de sangre que no le permiten pronunciar últimas palabras.

Sus compañeros de armas recogen el cuerpo y aspiran trasladarlo a la capital para darle un sepelio digno de su fama. Para ello deben prepararlo para el kilométrico viaje hacia la lejana Caracas y, al no conseguir galeno o medicamento alguno, deciden recurrir a una antigua costumbre llanera para preservar la carne y proceden a salar su cadáver.

La última marcha de Crespo hacia la ciudad de los techos rojos es larga y accidentada. Existen múltiples obstáculos de la guerrilla nacionalista que entorpecen el traslado del cuerpo, entonces son ocho los soldados escogidos para llevarlo a Caracas y estos marchan por la llanura durante la noche para no ser vistos y así evadir las patrullas enemigas.

Es después de varios días que Joaquín Crespo llega por última vez a Caracas. En el trecho final de la marcha se unen, a los ocho soldados, batallones enteros del Ejército Liberal y la gente que sale de sus casas para ser testigos de la procesión que lo conduce a la puerta sin retorno del mundo de los muertos.