Jimeno Hernández: La tormenta de los juicios de responsabilidad

El Presidente y sus secuaces han huido de la capital y se han embarcado en La Guaira para marcharse al exilio temiendo por sus vidas. Las tropas de “Revolución Legalista” avanzan lentamente hacia la conquista de una plaza abandonada y la algarabía de los caraqueños es total. No existe fuerza pública que contenga la multitud y no tarda esta en protagonizar episodios de violencia y saqueo.

Caracas es sometida al azote de las furias el 6 de octubre de 1892. Entre gritos y aplausos, la masa le prende candela a la sede del periódico “La Opinión Pública” y asalta las residencias de los expresidentes Andueza y Villegas, así como también las de varios personeros del gobierno derrocado. Sus casas son destrozadas y, afuera de estas, arden inmensas fogatas de cuadros, libros, alfombras y muebles.

A la furia del pueblo se junta la de la naturaleza en horas de la tarde. A eso de las tres empiezan a sonar truenos y se pueden ver relámpagos al este, los cielos se visten de nubarrones oscuros y estalla un diluvio. En cuestión de minutos la fuerza de la tempestad se encarga de dispersar las turbas enardecidas apagando  pasiones y lujosas piras. Después de un par de horas los arroyos se tornan en cascadas, el Guaire crece abandonando su cauce y las calles se convierten en torrentes turbios que invaden los hogares caraqueños. El agua es ahora la que saquea las casas de Santiago de León.

Los días después del aguacero son de gran agitación política y las páginas de los periódicos solo dedican las noticias a los aconteceres palaciegos. Todos los problemas nacionales y hasta el chaparrón parecen ser culpa de Andueza. Muchos de sus conocidos partidarios y colaboradores firman un documento en el que manifiestan al nuevo gobierno que únicamente se encuentran comprometidos con la Patria. Ya nadie quiere aparecer unido por nexos políticos a los continuistas.

Crespo es recibido como un ídolo y los periódicos publican las biografías de los nuevos héroes de la República. Frente a la quinta “Santa Inés” lo agasajan al son del valse y la polka. En los salones del “Club Venezuela” cuelgan su retrato junto a los de Guerra, Vegas y Velutini. Todos celebran, al aire libre y bajo la copa de los árboles, en un gran baile en el que, en honor al llanero, retumba el joropo y sobran cachapas, queso blanco y carne en vara.

Una vez finalizada la luna de miel de banquetes y serenatas empieza la borrasca. Se habla de Juicios de Responsabilidad para los funcionarios y empleados, civiles o militares, que sirvieron durante la administración de Raimundo Andueza Palacio. Un decreto firmado por Crespo los declara como reos de traición y otros delitos, al perpetrar un crimen contra la Soberanía Nacional. Declara embargados todos los bienes, muebles o inmuebles, pertenecientes a los autores y cómplices de la usurpación y ordena la prohibición de protocolizar documento de enajenación sobre estos.

No solo se pretende sancionar a altas figuras políticas, se desea repetir el castigo en cada estado con todos aquellos que colaboraron con la empresa continuista. Crespo ordena a los Jefes Civiles y Militares que procedan a elaborar una lista de los habitantes de sus respectivas entidades cuyo perfil encaje en las disposiciones del Decreto. Así empieza una cacería de brujas y la lista de los imputados se multiplica con el pasar de las horas.

Comisiones van y vienen solicitando el perdón para los condenados y algunos banqueros le advierten al caudillo que el país es muy pequeño para una medida tan grande. Dicen que el embargo de semejante cantidad de bienes podría ocasionar graves repercusiones a la economía nacional y solicitan reconsidere el alcance del acto administrativo. Como estas súplicas no surten efecto sobre la voluntad del llanero, no tarda la gente en hacerle llegar sus inquietudes a su esposa Doña Jacinta, la única persona que sabe domar al “Tigre de Santa Inés”.

Ella disfruta de la política y ha participado en los episodios de la agitada vida pública del marido. Conoce, es amiga y comadre de muchos de los enjuiciados. No entiende esas cosas de la justicia revolucionaria y según ella el amigo es amigo, el compadre es compadre y lo demás sobra. Así mismo se lo dice a Don Joaquín, con tono severo, antes de apagar las velas.

El 14 de marzo de 1893 Crespo y su gabinete firman un Decreto indultando a la mayoría de los acusados y reduce la lista de Juicios de Responsabilidad a un selecto y diminuto grupo de funcionarios.

Años después alguien le preguntó por qué había desistido en su persecución contra los continuistas. Este respondió:

-El día de la entrada, el aguacero borró todas las consignas.-