Jimeno Hernández: El día que tumbaron a Castro

La noche del 18 de diciembre de 1908, el coronel Ramón Párraga, militar coriano y castrista, entra al hotel donde reside y el dueño del establecimiento le dice:

-Coronel, por aquí lo estuvo buscando el General Graciliano Jaime y, al no encontrarlo, le dejó esta tarjeta. Me encomendó entregársela personalmente.-

La nota dice:

-Al leer esta, sal enseguida a verme. Tenemos algo muy importante que tratar.-

Párraga se marcha inmediatamente con rumbo a la morada del General Jaime y este lo recibe en la puerta y le informa:

-Las cosas como que no están muy buenas. El General Gómez ha pasado este domingo de conferencias y me dijo que mañana debes presentarte en su residencia en la madrugada. También me ordenó que te entregara un revolver y dos cajas de capsulas. Ten un coche listo para estar allí a las cinco, antes que canten los gallos, mira que a Gómez no le gusta la impuntualidad.-

Al día siguiente, a la hora acordada, Párraga toca la puerta de la residencia del hombre de “La Mulera”. Allí lo recibe personalmente el General Gómez.

-Bienvenido. Pase usted adelante, siéntese y tómese un cafecito. Todavía hay que esperar.-

En el salón se encuentran varios militares y políticos, todos con una taza de guarapo en la mano. Entonces, a eso de las seis y media, suena el teléfono. El General Leopoldo Batista se apresura a atender y Gómez le dice:

-Permítame doctor, esa es la llamada que he estado esperando.-

El Tachirense agarra la bocina y solo se le escucha decir:

-Ajá, muy bueno, perfectamente. Así lo esperaba.-

Al colgar se levanta del sillón y se dirige a los congregados en el salón:

-Señores, ha llegado la hora, todos a los coches. Pancho Alcántara, Román Delgado Chalbaud y Galavís se vienen conmigo.-

A los pocos minutos llegan al cuartel de “El Mamey” y ninguno de los carros de la caravana toca la bocina. Las puertas del recinto se abren de par en par y entran todos los vehículos. Párraga, al bajarse del coche, se da cuenta que no se encuentran ni el primero ni el segundo jefe del batallón del cuartel, caso rarísimo. En menos de un instante se da cuenta que por eso es que había que esperar el telefonazo.

Juan Vicente Gómez está bien informado y se encuentra al tanto de la más mínima irregularidad en los cuarteles. Sabe aprovechar ventajas y nada se le pasa por alto, entonces aprovecha la oportunidad de oro para arrebatarle el coroto al compadre Castro.

Así lo entiende Párraga en el acto y, antes de poder reaccionar ante los hechos, el General Gómez se le aproxima y le dice en voz calmada:

-Aquí, en este batallón, hay dos compañías del Batallón Carabobo, ese que tú mandabas antes que Castro te lo quitara y lo incorporara a este que ahora es su guardia personal. Yo hoy te lo devuelvo y eres el nuevo jefe aquí.-

No se trata de una propuesta, Gómez le ha dado una orden y, sin tomar pausa alguna para pensar, le responde:

-Mi General, aquí están a mi lado los dos capitanes, le presento al Capitán Manuel Olivares y el Capitán Pedro Araujo-.

Gómez los observa a los tres y sonríe por un segundo antes de decirles:

-Así me gusta. Obedecerán las órdenes que les dé su antiguo jefe y me relevan ahora mismo a la guardia de prevención con su gente y, ya lo saben, aquí no entra nadie.-

Una vez formado el batallón en el patio y relevada la guardia de prevención, el General Gómez procede a montarse en su automóvil y se dirige, escoltado por todos sus acompañantes, hacia la “Casa Amarilla”. Allí proceden a detener al doctor Rafael López Baralt, ministro de Relaciones Interiores y al resto del gabinete que ha dejado Cipriano Castro. El General Pedro María Cárdenas desenfunda e intenta abalanzarse sobre Gómez, pero se le interponen Delgado Chalbaud y Galavís con revolver en mano y también lo prenden. Una vez asegurados el cuartel “El Mamey” y la Casa Amarilla la mitad del trabajo está hecho.

El mismo Gómez llama personalmente por teléfono al primer Jefe del Cuartel San Carlos, el General Maximiliano Casanova y le dice que debe presentarse en la Casa Amarilla inmediatamente pues debe discutir un asunto muy importante y solamente puede confiar en él. Casanova cae en la trampa sin sospechar lo que sucede, se presenta en la Casa Amarilla y, al llegar, lo hacen preso.

Uno a uno van cayendo desprevenidamente los jefes militares ajenos a su confianza. Así derroca Juan Vicente Gómez al Cabito Castro, con un plan bien concebido, calculado en los detalles y ejecutado por su autor intelectual en persona.