Jimeno Hernández: Principio y fin de una corta dictadura

En estos días cada amanecer trae más miserias que el ayer y menos que el mañana, son comunes los actos de violencia en los que se derrama la sangre del inocente y el silencio de la prensa es total. El gobierno ha culpado a las libertades públicas por el caos en el que se encuentra sumergido el país y persigue y encierra, sin debido proceso, a todos aquellos que osan oponerse al régimen.

Tanto en ciudades como pueblos y caseríos el panorama parece ser el mismo. Cadáveres se amontonan a las orillas de ríos y veredas, víctimas del hambre, los bandidos, la guerrilla o las fuerzas del gobierno. Familias enteras han sido pasadas por las armas y los cielos se nublan de zamuros. La Venezuela de hoy no es más que es un edén de moscas, ratas y enfermedades.

Corre el año 1860 y solamente un periódico publica los aconteceres nacionales durante los primeros días de la Guerra Federal. Se llama “El Independiente” y es dirigido por Pedro José Rojas, partidario del “Héroe de las Queseras del Medio” y uno de los más notables políticos y periodistas del Siglo XIX. Este rotativo publica las comunicaciones oficiales en una sección especial denominada  “CORRESPONDENCIA” y su contenido revela al lector episodios que retratan las penas y miserias que pueden llegar a florecer en tiempos de contienda fratricida.

El día 24 de junio de aquel año se publica la siguiente comunicación redactada por el corresponsal de San Carlos: -“En Cojedes existen facciones tenaces y mal inclinadas que parecen tener como objetivo destruir sus tierras. En nombre de la Federación roban, asesinan y cometen cualquier cantidad de actos de pillaje. Las tropas del gobierno en este territorio son insuficientes para perseguir y cazar estas hordas de bandoleros. Apenas bastan para custodiar poblaciones y cuidar los ganados, único recurso que hay para su mantención. Las facciones no perseguidas parecen aumentar en números, se organizan y cobran bríos. Lo que sucede en Cojedes también sucede en Portuguesa y Barinas.”-

Continua narrando el corresponsal que los insurgentes han atacado la guarnición de San Rafael de Onoto y la contienda se ha desarrollado en la Plaza, en las calles y los hogares. Cuenta que no solo han peleado los soldados, también se han armado los ciudadanos que defienden la vida, sus familias e intereses. Tinaquillo ha sufrido la misma suerte al ser atacada por cinco partidas sediciosas en un crudo choque a punta de carabina y machete. En nombre de la Revolución, estos facinerosos, desvalijan cuanto pueden, incendian hogares, violan y asesinan a mujeres y niños.

Ha comenzado la temporada de lluvias copiosas y los ríos se crecen para borrar los trillos en los campos y enlodar los caminos. La orden del  Presidente Manuel Felipe Tovar es encuartelar las tropas durante el invierno. Urge combatir estas hordas de malhechores que medran y se hacen con recursos, pero Tovar piensa que la decisión correcta y oportuna, por los momentos, es resguardar a las tropas constitucionales del agua, el fango y las balas.

Sigue hablando el corresponsal de San Carlos: -“Por lo dicho se ve, que aquí está pasando lo contrario de lo que debería suceder. Los facciosos buscan y provocan a las fuerzas constitucionales en los cantones de San Carlos y Tinaco; Girardot goza de alguna tranquilidad, porque tiene bastantes, y El Pao aunque necesita más de los que obran en su territorio, hace, sin embargo, esfuerzos considerables por destruir las guerrillas que lo despedazan.”-

La sublevación se va tornando, progresivamente, en una verdadera guerra a muerte. La llama del conflicto federal se extiende por todo el territorio, la muerte se convierte en ley y nadie anda por ahí con preso amarrado. Reina una lenta anarquía, con victorias y reveses para ambos bandos, mientras el tesoro público se agota, crece la escasez y la penuria.

Esta crisis bélica, la carencia de autoridad y su incapacidad manifiesta para tomar medidas efectivas para combatir esta Revolución, se convierten en los motivos principales de la renuncia del Presidente Manuel Felipe Tovar y el arresto de su Vicepresidente, el octogenario Pedro Gual.

Entonces el día 9 de septiembre de 1861 José Antonio Páez, viejo caudillo de los tiempos de la independencia, asume la dictadura por resolución del Congreso Nacional. Según sus propias palabras, ha sido investido de poderes extraordinarios para traer “el rayo de la guerra y el olivo de la paz” a Venezuela.

Esta corta dictadura será el crepúsculo de la vida política del llanero.