Jimeno Hernández: El asesinato de Laguado Jayme

Muchas son las historias de presos políticos que han quedado sepultadas bajo las arenas del tiempo y sus nombres condenados a la penumbra del olvido. Inmensa es la lista de aquellos que han sido detenidos y encerrados sin debido proceso, forzados a pasar el resto de sus días en las inmundas cárceles del régimen tan solo por pensar distinto al dictador. Una que jamás debe ser olvidada es la de Francisco Laguado Jayme, un joven andino que alcanzó cultura a cuenta de innumerables sacrificios, defendió la libertad por medio de las ideas y fue vilmente asesinado por ello.

Su infancia transcurrió en las laderas de una finca de añil en las cordilleras del Táchira y de niño tenía pocos amigos a causa de su singular apariencia. Era un ser diminuto de cuerpo endeble, tenía el brazo derecho contraído y la mano desfigurada. Así se hizo compañero de los libros y siempre andaba sumergido entre sus páginas.

La madre de Francisco estaba emparentada con Juancho Gómez, hermano del benemérito, y cuando el niño creció, este decidió financiarle los estudios en el colegio San José de Los Teques y en la Escuela de Derecho de la Universidad Central. Juancho sabe que la incapacidad física le impide a Francisco empuñar las armas, pero eso no descarta que pueda serle útil a la causa andina en un futuro.

Laguado es fundador de la revista “Cervantino” en Caracas y a pesar de sus vínculos con la familia del autócrata, osa manifestarse abiertamente como opositor al régimen de Juan Vicente Gómez. Una mente cultivada como la suya no tolera la tiranía, así esta ponga comida sobre la mesa y le pague los estudios. Entonces, en el año 1920, renuncia a la pensión que le ha asignado Don Juancho y huye del país para radicarse en La Habana. Esta decisión se convertirá en el preludio de un fatídico destino.

Ganarse la vida dignamente en la capital antillana no es cosa fácil y sus primeros días en el nuevo hogar son de cuantiosas privaciones e incomodidades. Le cuesta emplearse, la carestía lo hace pasar hambre y se ve forzado a pernoctar en la plaza o el malecón. Son los desterrados venezolanos y estudiantes cubanos, cuyas vidas gravitan alrededor de la Universidad José Martí, quienes lo reciben con afecto y sirven de enlace para conseguirle oficio y techo. Entonces obtiene un trabajo como maestro en una escuela primaria y, después de clases, corrige pruebas para una revista universitaria. Así empieza a disfrutar del pan de cada día.

Por las noches lee incansablemente y escribe cada vez que puede. Poco es lo que le pagan por su prosa pero es lo que mejor sabe hacer y sus artículos empiezan a publicarse en “El Fígaro” y otros rotativos habaneros. Al poco tiempo, sus palabras empiezan a leerse en periódicos de Argentina, Colombia y Uruguay. Su fama se extiende rápidamente por todo el continente y no tarda convertirse en uno de los más activos voceros de la lucha en contra de la dictadura de Juan Vicente Gómez.

Entre sus párrafos se manifiesta su amor por la libertad y la preocupación por las injusticias que apadrina la dictadura en Venezuela. Parece olvidar que en Cuba también existe un régimen dictatorial, el de Gerardo Machado, un hombre que se ha cegado con las luces del poder y ha modificado la Constitución con el objetivo de permitir la reelección y así perpetuarse en la Presidencia. La preocupación de Laguado es Venezuela y él concentra toda su atención y energía en lo que allá sucede sin advertir que pertenece a un grupo de exiliados que al huir de la persecución de un tirano,  ha caído en manos de otro igualmente brutal.

Al fundar el semanario “Venezuela Libre” genera un inmenso disgusto al General Gómez y este llama la atención del dictador cubano. Cuando el semanario cambia su nombre a “América Libre” el asunto de Laguado se convierte en un verdadero dolor de cabeza para Machado. Es al publicar un panfleto titulado “Venezolano, mata a Gómez” que la gota rebosa la copa. Su contenido promueve la idea de asesinar al autócrata enemigo de las libertades públicas. Entonces a solicitud de las autoridades venezolanas, y con la anuencia de Machado, es detenido por la policía secreta cubana en marzo de 1929 y conducido a las bóvedas del Castillo “El Morro”.

Sus últimos días son de horrible sufrimiento como mártir de las más violentas torturas. Una madrugada mientras reinaba la penumbra y el pueblo de La Habana dormía al son de la brisa, Francisco Laguado Jayme fue embarcado en una fragata en estado de inconciencia y su cuerpo lanzado al mar, en un sitio denominado el Pescante del Morro, donde fue devorado por los tiburones.

Justicia a los presos políticos