Jimeno Hernández: Los presos políticos en 1859

El gobierno intenta desesperadamente sobrevivir a su accidentada realidad y los embates de lo cotidiano. Día tras día, pierde el apoyo de la gente e intenta mantenerse a flote sobre una inmensa marea de acontecimientos que amenazan con hundir la frágil barca del Partido Oficialista y desatar caos en la Republica.

Son estos días de creciente incertidumbre y a lo largo del territorio empiezan a brotar manifestaciones de la oposición. Los periódicos que aún no han sido silenciados publican fuertes críticas y solicitan cambios concretos en la forma de gobernar. En plazas y calles de las principales ciudades del país se empiezan a hacer famosos aquellos que pregonan las maldades del régimen. Todo esto mientras otros, menos sensatos, se empeñan en la lucha armada pues vivimos calendas de barbarie absoluta.

Centenares de personas son detenidas y privadas de libertad, entonces las cárceles del país empiezan a colmarse de reclusos. A este infierno de calabozos oscuros y lecho de piedra serán condenados aquellos que cometan el pecado mortal de oponerse al régimen. El número de presos políticos asciende con cada día que pasa y en las celdas de aquellos siniestros recintos se amontonan desde jovencitos hasta ancianos barbudos y achacosos de cualquier color u oficio. Allí hay militares y periodistas, artesanos y pulperos, propietarios de tierra y hasta campesinos. Ni la reputación de ser el más noble y afamado ciudadano es suficiente para salvarse de esta arremetida carcelaria.

Así son las cosas durante los últimos días de diciembre de 1859, año del estallido de la Guerra Federal en Venezuela. Ahora son tantos los presos en Caracas y La Guaira que el gobierno se ve obligado a empeñar la mayoría de sus tropas en la custodia de estos liberales encerrados. El tema de los presos políticos le suma otro problema a los muchos que ya tiene el Presidente Manuel Felipe de Tovar. Con tantos soldados asignados a la guardia de las prisiones, la fuerza de los conservadores queda mermada pues surge la incapacidad de movilizar tropas para la ejecución de operaciones militares.

La solución del gobierno es simple y, como de costumbre, mal planeada. Decreta el traslado de más de cuatrocientos presos hacia el puerto de La Guaira, donde los esperan dos buques de guerra para conducirlos al Castillo San Carlos de la Barra, una fortaleza de bloques de caliza construida por los españoles en 1623 y ubicada en un islote a la entrada del golfo hacia el Lago de Maracaibo.

Al llegar la flota a esta “Tierra del Sol Amada” la autoridad local se rehúsa a recibir el cargamento. Al parecer se suscita un malentendido por cuestiones legales, demora en la correspondencia y un asunto referente a las dudosas formulas empleadas en el proceso de movilización de tan abultado número de cautivos.

El Castillo de San Carlos, al igual que el resto de las prisiones del país, se encuentra a rebosar. Los comandantes de los barcos tienen órdenes firmadas por el Ejecutivo que los obligan a cumplir con la entrega y regresar a su puerto de origen. Es entonces que, después de una prolongada mediación, se llega a un acuerdo que beneficia a todas las partes menos los presos. Se decide desembarcar los prisioneros en el islote más cercano a la fortaleza, un banco de arena sin fuente de agua dulce, matorral que regale sombra o rancho. Un terreno que los lugareños han bautizado como “Bajo Seco” y dicen ser tumba segura para estos abandonados por la justicia.

Tan cruel y salvaje proceder no tarda en despertar consternación entre el pueblo de la Chiquinquirá y la misericordia empieza a manifestarse en pequeños gestos que siembran esperanza entre los desesperanzados. A los dos días empiezan a llegar gabarras con alimento y material de construcción a la ínsula. Entonces los prisioneros organizan por campamentos y edifican habitaciones con estantillos y hoja de palma. Hasta nombran un gobernador de la isla y así se lo participan a las autoridades de Maracaibo.

Mejor atascados aquel islote que en una de esas apestosas e insalubres celdas del San Carlos como en la que murió el expresidente José Gregorio Monagas a causa de una disentería. Allí no están confinados en un ambiente malsano, no sufren torturas y gozan de libertades y la solidaridad del pueblo zuliano.

La Guerra Federal será larga y cruenta, pero terminará con la caída definitiva de los conservadores y estos reos recuperarán su libertad. Mientras tanto, Venezuela no olvida a los abandonados por la justicia.

Libertad a los presos políticos.