Jimeno Hernández: Sectarismo político

Nada más común, durante los años turbulentos que paren dictaduras, que episodios en los cuales distintas personalidades optan por asumir una actitud nociva y disolvente. La herencia del sectarismo político jamás podrá ser otra que un país donde las estatuas del caudillo se eleven en los paseos públicos y su rostro se reconozca hasta en la imagen del San Pablo pintado en la cúpula de la Catedral de Santa Teresa.

Los días de la Revolución Federal han puesto en boga una exótica moda. Una que recuerda más a las maneras monárquicas, que a las de esa nueva democracia que prometen los revolucionarios. La fiebre estalla cuando la Legislatura de Barinas entrega a Zamora el título de “Valiente Ciudadano”. Al poco tiempo, Juan Crisóstomo Falcón nombrará a los generales Sotillo, Trías, González y Arteaga “Fieles soldados de la Democracia”. Este no es más que el preludio de un bochinche que se agudizará durante el gobierno guzmancista.

A los pocos días de haber llegado al poder, el nuevo Presidente ordena, a la Asamblea Federal, se nombre a Falcón “Gran ciudadano Mariscal” y se le haga entrega de una subvención monetaria de carácter extraordinario. Se trata del salario acumulado durante los cuatro años que ha fungido de Jefe Revolucionario durante la Guerra Federal. La historia política del “Gran ciudadano Mariscal” concluye con una bolsa de morocotas y así empieza la del General Antonio Guzmán Blanco.

El nuevo chivo condecorará a sus colaboradores de la Revolución de Abril de 1870. A Colina le dará una medalla por la batalla de Guama, a Pulido una por Guay, otra a Pulgar por el episodio del Castillo Libertador, a Linares Alcántara por su acción en Villa de Cura y a Crespo por los sucesos de Caño Amarillo.

Él no muestra pudor al recibir la crema de los honores y la gloria. Ahora es dueño de una corte desbordada de súbditos que lo ven con ojos de adoración perpetua. Se deleita con el vaivén espumoso en un mar de jalabolas y los halagos alimentan sus delirios de grandeza. La lisonja es música para sus oídos cuando, a distintas voces, lo llaman “Jefe, Centro y Director”, el “Regenerador y Pacificador” de la Republica.

Son estos los días de la Venezuela cuero seco, esa que al pisarse por un lado, se levanta por el otro. Esa en la que los alzamientos regionales de los macheteros  son el pan de cada día y cualquier militar del gobierno que logre dispersar una montonera, por insignificante que esta sea, es inmediatamente ascendido de rango. Es así como se multiplican rápidamente los generales con títulos pomposos y pechuga condecorada entre los siervos de este “Ilustre Americano”.

Entonces el Ejército se convierte en un cuerpo desorganizado. Una tropa de mucho cacique, poco indio y en la que nadie sabe a quién reportarle como superior directo. En la corte manda el rey y todos reportan directamente al trono.

Mientras tanto, el derecho revolucionario a la igualdad ciudadana y el rechazo a cualquier título distinto a las palabras “usted” o “ciudadano”, principios enarbolados por el pabellón amarillo durante el fratricidio federal, se opacan bajo la sombra del Presidente.

Este cuento del heredero de Bolívar, las glorias libertadoras, títulos revolucionarios y el sectarismo político, no durará más de 20 años. Pronto llegarán nuevos tiempos.

Así es la historia.