Jimeno Hernández: El dilema de don Feliciano

Esta revolución ha estampado su rúbrica en los campos y la agricultura del país. Venezuela no es más que una inmensa vitrina en la que se exhiben los gloriosos triunfos de la guerra en contra de la oligarquía y el latifundismo. Una tierra de horizontes devastados en los que abundan haciendas abandonadas o invadidas, terrenos sin cultivo y un rebaño vacuno enfermo y peligrosamente disminuido. Esa es la herencia de esta Revolución, tierras sin labrar, miseria y hambre.

El Convenio de Coche de 1863 ha finalizado la Guerra Federal y Don Feliciano Palacios, un caudaloso hacendado del valle de Caracas e importante figura de la vida social y económica del país, se prepara para esta nueva paz republicana. Desea producir en tiempos de necesidad y ha sembrado veinte tablones de caña de azúcar en unas tierras de su propiedad en la parroquia El Recreo. Ahora aspira optimizar su producción y ha decidido construir un sistema de riego moderno, para ello debe comprar e importar unos conductos de hierro fabricados en Inglaterra.

Los tubos llegan al país en el tiempo pactado y junto a estos,  la factura de cuarenta libras esterlinas por todo valor hasta el Puerto de La Guaira. Entonces Don Feliciano se presenta en la oficina de aduanas con el propósito de pagar los derechos de la importación y recibir la mercancía. Allí un funcionario le informa que debe cancelar la suma de 700 pesos y el hombre se espanta.

-¡Eso equivale al 200% del precio de los tubos, esta vaina es un abuso!-

Palacios no puede costear el pago del tributo y se ve forzado a dejar los tubos para que sean reembarcados al puerto de origen. Ahora no le queda otra que marcharse a Caracas con las manos vacías, pasar la rabieta en el camino y resignarse a la pérdida de su cosecha.

Al llegar a su casa escribe una carta dirigida al Presidente de la Republica, el Mariscal Juan Crisóstomo Falcón. En esta le explica lo acontecido y comenta:

“Los tubos de la naturaleza de los importados, siempre han sido libres de derecho, porque se han considerado elementos de protección de la agricultura y no solamente a esta industria acreedora de las consideraciones de todo Gobierno, que se ocupe del bienestar de los pueblos, sino que lo son como adelanto o perfección de la mecánica, así fue que estos estuvieron libres hasta que la Convención de Valencia los gravó, sin embargo siempre ha habido resoluciones justas que los han liberado, la hubo para los de gas y las ha habido para los que se importan para cañerías, que llevando el agua al centro de las ciudades mejora la calidad de vida… Si vos, Ciudadano Presidente, no remediáis este mal, no solo para mí, que me vería privado del fruto de mi trabajo, será el pueblo el agraviado por esta resolución ya que carecería del producto en ocasión que tanta escasez de este artículo se experimenta en el mercado”.

Venezuela atraviesa una crisis productiva que genera escasez de alimentos y fuentes de trabajo. En vez de ocuparse de fomentar la producción, las disposiciones del Gobierno entorpecen la ejecución de proyectos orientados al desarrollo agrícola, la creación de puestos de trabajo y mejora de la calidad de vida del ciudadano.

Cosas de la ignorancia y mentalidad de conuco.